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Verdad y entusiasmo en el Palau

Barcelona, 6 de mayo de 2026. Palau de la Musica Catalana. Obras de Shor, Saint-Saëns y Stravinski. Maximilian Hornung (cello). Franz Schubert Filharmonia. Tomàs Grau (dirección)

En las secuencia de conciertos que hemos podido disfrutar en el Palau los dias 4, 5 y 6 de mayo por cortesía del ciclo Sant Pau Festival se nos ha ofrecido tres obras del compositor vivo (y coleando, pues pudo recibir flores los tres días) Alexey Shor. El primer dia fue su Concierto para piano nº1, después fue una sonata para piano y violín basada en un concierto para violín del mismo autor (la sonata fue compuesta al alimón con Mikhail Pletnev y ya la comenté en la crítica del concierto en cuestión) y en esta ocasión se trataba de su Concierto para violoncello nº3

En el primer movimiento pudimos apreciar las buenas prestaciones de la orquesta y del cellista Maximilian Hornung, a pesar de cierta tendencia a los ataques duros. Más bella resultaba la atmósfera del segundo movimiento "en imitación barroco italiano", mucho más honesto que el primero, en el cual, además, Hornung exhibió una ejecución bella y elegante perfectamente secundado en esos términos por la orquesta, que tocó estupendamente durante toda la velada. Sobre el tercer movimiento se puede decir más o menos lo mismo que sobre el primero tanto en lo que respecta a la obra como por cuanto respecta a la interpretación, marcada por un solista muy sólido pero con un sonido unn tanto metálico.

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No hubo pausa ni entre este concierto y el de Saint-Saëns ni en ningún otro momento, lo cual no está nada mal. Y las cosas empezaron la mar de bien con el Concierto para cello nº1 de Saint-Saëns. Aparte de la eficiencia y el entusiasmo de la orquesta encontramos a un solista muy sensible (en la linea del movimiento lento del concierto de Shor). En el segundo movimiento (Allegretto con moto), de estilo galante, encontramos a un excelente cellista, de fraseo bello y preciso, con un sonido muy concreto que elevó el nivel global de un concierto que ya llevaba buena marcha. La orquesta le secundó con un sonido limpio, compacto y brillante y un excelente equilibrio entre secciones. Por otra parte tuvimos la curiosa sensación de no haber cambiado de siglo. Como bis Maximilian Hornung ofreció una versión un tanto romantizante (sin exceso ninguno, por otra parte) de la Suite para cello nº1 de Bach.

Y llegó el Pájaro de fuego de Stravinski, que fue lo más gratificante de la velada. Llegó también el momento de los vientos, tan protagonistas en la escritura orquestal de Stravinski en esta época. Elegantes y delicados en la introducción, de la cual Tomàs Grau captó perfectamente la atmósfera. Cuando todo se vuelve más abrupto (Preludio y danza y las variaciones posteriores) la dirección fue muy ordenada y la ejecución, por tanto, muy satisfactoria. Se puede decir que en este momento todo el pescado estaba vendido y solo había que disfrutar dado que la orquesta fluía estupendamente tanto en los pasajes atmosféricos como en los más rítmicos. Cuando llegó la canción de cuna (marcada como Andante) se creó en la sala un silencio de esos que demuestran (mucho más que todos los aplausos del mundo) que la cosa va bien  y encaramos un final realmente brillante que fue un autohomenaje de esta orquesta que ofrece siempre ante todo corrección técnica y entrega y no es esta la primera vez que me alegro de poder escuchar una orquesta así en un lugar como el Palau. Esta vez los turistas no pudieron irse a la media parte (una vez vista la magna sala) y tengo la inocente esperanza de que no se arrepintieran de ello. 

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