
Renacimiento
París. 25/01/2026. Opéra Bastille. R. Wagner: Siegfried. Andreas Schager (Siegfried), Gerhard Siegel (Mime), Derek Welton (Wanderer), Brian Mulligan (Alberich), Mika Kares (Fafner), Marie-Nicole Lemieux (Erda), Tamara Wilson (Brünnhilde), Ilanah Lobel-Torres (El pájaro del bosque). Orquesta de la Ópera de París. Calixto Bieito, dirección de escena. Pablo Heras-Casado, dirección musical.
La segunda jornada de El anillo del Nibelungo que está desarrollando la Ópera de París desde hace dos temporadas confirma que el proyecto liderado por Calixto Bieito en el apartado escénico y Pablo Heras-Casado en el plano musical es uno de los más estimulantes de los últimos tiempos. Tras un Rheingold que provocó cierto desconcierto y abrió muchas preguntas, la posterior Die Walküre empezó a clarificar el discurso de Bieito centrado en el colapso de un mundo hiper tecnológico y deshumanizado marcado por una cruenta lucha por el poder. Acorde con esa lectura, tal como explicaba en sus crónicas para Platea Magazine Juan José Freijo, tanto en el prólogo como en la primera jornada predominaba una estética post industrial/tecnológica monumental y perturbadora. Si en ese caso la crítica citaba como referencia el paisaje de Chernóbil, en el de este Siegfried, y siguiendo en el mundo de las series, la referencia bien podría ser The last of us. Aquí el desastre apocalíptico ya se ha producido y se empiezan a intuir los brotes verdes de un renacimiento de la humanidad.

Este renacimiento lo simboliza Siegfried, el héroe que pondrá en jaque al viejo establishment, y su unión con Brünhilde. Bieito plasma a nivel visual esa idea llenando el enorme escenario de Bastille con un frondoso bosque invertido, con los troncos de los árboles arriba y las copas abajo o surgiendo de los laterales, que simboliza el renacer voluptuoso de la naturaleza libre de cualquier atadura. Una imagen de gran potencia evocadora creada por Rebecca Ringst y reforzada por la espectacular y sutil iluminación diseñada por Michael Bauer. En este contexto, la escena del dragón/Fafner encaja a la perfección gracias a una grúa gigante que surge desde el fondo del escenario a través de la vegetación. La inspiradísima propuesta del director burgalés, que firma con esta una de sus producciones más bellas y redondas, culmina con una escena final, la del gigantesco dúo entre Brünhilde y Siegfried, de gran calado simbólico. La valquiria no está rodeada por llamas sino en un cubículo elevado membranoso que sugiere (al menos a este crítico) la idea de una placenta. Una placenta que, primero Siegfrid y luego Brünhilde, irán rasgando para un nuevo renacer basado en el amor.

Si la concepción escénica y dramatúrgica de Bieito funciona y convence, lo mismo se puede decir de la dirección musical de Pablo Heras-Casado. El director granadino se muestra cada vez más sólido y familiarizado con el lenguaje wagneriano, no en vano es ya un fijo del Festival de Bayreuth, donde liderará un nuevo Ring el verano de 2028. La de Siegfried es una partitura singular dentro de la tetralogía, en gran parte debido al gran lapso temporal entre la composición de los dos primeros actos y el tercero, Tristan und isolde mediante. En esos dos primeros actos, Heras-Casado impuso una lectura fluida, precisa en las abundantes partes dialogadas y subrayando con acierto los Leitmotiv latentes, pero fue en el tercero donde su dirección creció exponencialmente. El Preludio sonó enérgico, grandioso en sus tintes trágicos gracias a una Orquesta de la Ópera de París que en todo momento rindió a gran nivel, con unas cuerdas matizadas y flexibles, maderas expresivas y metales implacables. La culminación fue un dúo repleto de lirismo y variedad de colores que confirman a Pablo Heras-Casado como uno de los directores wagnerianos más competentes de la actualidad.

Andreas Schager fue, en el plano vocal, el gran dominador de la velada, firmando un Siegfried de altura. En un papel que requiere potencia y resistencias heroicas, el tenor austríaco brilló sobremanera gracias a una emisión que traspasa la masa orquestal como un rayo láser. Una voz de auténtico Heldentenor homogénea y timbrada en todas las franjas con un registro agudo imponente, a lo cual hay que sumar una entrega y elocuencia en los pasajes más arrebatados dignos de encomio. Quizás no sea un fraseador de gran sutileza, pero un Siegfried como el suyo no se ve todos los días. Le dio réplica Gerhard Siegel, uno de los Mime más consolidados en los últimos años, y demostró su absoluto dominio del personaje con un canto incisivo y una notable caracterización pese a percibirse por momentos cierto desgaste tímbrico. Todo lo contrario del caudaloso Alberich encarnado por Brian Mulligan. No es habitual escuchar un Alberich tan vocalmente saludable, cantado con tanta calidad y claridad. La voz, de bello color, brilla en todos los registros, lo cual le convierte a este cantante americano en un rara avis con mucho camino por recorrer. Quién sabe si un futuro Wotan podría formar parte de ese camino.

Pero en esta ocasión el encargado de interpretar al Caminante fue Derek Welton, cuya prestación fue in crescendo en todos los aspectos durante la función. Si su diálogo con Mime en el primer acto dejó algunas dudas, en el del tercero con Erda destapó el tarro de las esencias logrando transmitir todo el dramatismo y la impotencia ante la debacle inminente. Marie-Nicole Lemieux le dio réplica dibujando una Erda desencantada, que aportó juego escénico, pero que vocalmente no pasó de una correcta discreción. Tamara Wilson como Brünhilde cantó su dúo final con solidez, transmitiendo la compleja gama de matices y sentimientos encontrados con una voz sana de perfil más bien lírico y centelleantes agudos. Mika Kares fue un adecuado Fafner, de contundentes graves, y Ilanah Lobel-Torres cumplió como El pájaro del bosque. Con Siegfried, este Anillo a la española ha entrado en una nueva dimensión y las expectativas son altas. Falta ver qué nos depara el futuro Der Götterdämmerung para hacer balance y orientar definitivamente el pulgar hacia arriba o hacia abajo.
Fotos: © Herwig Prammer / OnP