masnadieri__0018.JPG© Javier del Real | Teatro Real 

El bandido, el malvado y el ruiseñor

Madrid. Teatro Real. 10/02/2026. G. Verdi: I Masnadieri. Lisette Oropesa, soprano: Amalia. Piero Pretti, tenor: Carlo. Nicola Alaimo, barítono: Francesco. Alexander Vinogradov, bajo: Massimiliano. Alejandro del Cerro, tenor: Arminio. Albert Casals, tenor: Rolla. George Andguladze, bajo: Moser. Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Francesco Lanzillotta, dirección musical.

“Schiller es grande, pero I Masnadieri es dificilísimo de llevar al teatro musical. Hay demasiadas ideas y poca acción verdadera”. Así se expresa Verdi, en una carta a Andrea Maffei, el libretista de la ópera, dejando ver de forma clara el problema que le obsesionará toda la vida: ideas filosóficas versus teatro eficaz.

“Francesco tiene carácter y teatro; Carlo es noble, pero demasiado abstracto. Amalia canta bellísimo, pero el drama no siempre avanza” en esta otra carta, se resume de forma perfecta las características de los personajes y el problema de escribir “a medida” para el llamado “ruiseñor sueco” (Jenni Lind, soprano estrella rutilante de la época) poniendo demasiada atención en el lucimiento vocal frente al drama global. “Aquí todo gira en torno a su voz. Se quiere una ópera para cantar, no siempre para el teatro”

Musicalmente, todo esto se nota en números cerrados (aria-cabaletta-finale) sin verdadera progresión dramática, escenas que expresan estados de ánimo pero que no cambian la situación y uno de los finales más abruptos e inexplicables que yo conozca. Verdi aún no ha encontrado cómo convertir pensamiento moral en acción musical continua.

Pero hay mucho donde disfrutar: aparte de ritmos marciales, visceralidad, coros de masculinidad cruda, introducciones orquestales sombrías (esa Sinfonía de apertura en mi menor), armonías a veces en contra de la línea vocal, dinámicas extremas y súbitas, silencios violentos y ataques secos; la principal aportación de I Masnadieri es adelantar al espectador el espectro psicológico y romper en esta ópera con el tratamiento tradicional del barítono, usándolo, aquí, como el villano como eje musical. El personaje de Francesco no siente culpa, no duda; piensa, analiza y desprecia, anticipándose a ‘malvados’ nihilistas que vendrán después como el Jago del Otello. Y para él escribe una de las escenas más valiosas de toda la ópera: el recitativo “Egli è salvo” seguido del aria “La sua lampada vitale”. Con una introducción orquestal que crea más atmósfera que melodía y una armonía inestable sin sensación clara de reposo, Verdi, más que un aria, crea un ‘estado mental’. La línea vocal está compuesta de frases cortas, intervalos menos cantabile, texto por encima de legato. La voz entra casi hablando, subrayando la sequedad del pensamiento; Verdi rompe aquí con el barítono noble, este es un barítono intelectual abriendo una puerta para el futuro que llegaría -aparte del Jago antes mencionado- a los monólogos oscuros de Simon Boccanegra

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Para su interpretación en el Teatro Real, se ha ofrecido I Masnadieri (Los Bandidos) en versión de concierto, y se ha contado con un reparto que ha demostrado un gran compromiso y una muy alta prestación empezando por Lisette Oropesa que ha cantado el papel de Amalia varias veces y se nota (ya dábamos cuenta de su actuación en forma escenificada en Múnich este verano). La cantante tiene una conexión especial con Madrid y se la vio más involucrada, a pesar de que se le podría pedir un fraseo -aunque siempre en su sitio- algo mas personal, coloreado y variado que compensase la pérdida de algo de frescura y facilidad en el agudo (con arañazo final en el Do después de la escala cromática última de “Lo sguardo avea degli angeli”). Fantasticos sus trinos, y dominio absoluto de la mecánica en la agilidad como demostró en la cavaletta del aria “Carlo vive” que cantó con impecable perfección, lo que le proporcionó el suficiente éxito como para sumar otro bis más en el Teatro Real, cantándolo la segunda vez yéndose más al agudo y aportando estupendas variaciones.

El tenor Piero Pretti fue el encargado de cantar el personaje de Carlo, el bandido, de carácter apasionado, idealista y radical. La voz de Pretti ha ganado cuerpo, y actualmente se antoja ideal para el personaje. De timbre indudablemente italiano, el cantante con ello aporta una aroma meridional y de autenticidad muy disfrutable sumado a un fraseo cincelado de forma bastante lógica y con la suficiente narratividad. Lastima que ese compromiso y comunicatividad vocal no se vea reflejado con el lado visual, emanando en este sentido una cierta rigidez tan apegado a la partitura siendo el cantante, posiblemente, el único que no ha cantado el rol más veces en escena.

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Absolutamente remarcable la actuación de Nicola Alaimo, que se nota que tiene el personaje en la ‘piel’ (está cantándolo en la actualidad en Marsella). Sustituyó a Mattia Olivieri (que espero que venga pronto a cantar al Teatro Real, quizá con un rol más conveniente). Alaimo literalmente arrasó, haciendo propio al malvado Francesco con una riqueza de medios tanto vocales como expresivos nada frecuente de ver. Algún agudo pierde algo de timbre, pero en todo lo demás el barítono es absolutamente sobresaliente. Magnífica su primer aria llena de intención, acentuación esculpida y cambios de color, con estupendos ataques en consonantes clave y rebajando el tempo de la reprise de la última parte del aria cantándola de forma distinta y mas sibilina. Pero aún mejor estuvo en su última escena, dando al personaje todo el aire desfigurado, de irreal pesadillla que en ese momento tanto le conviene dando una lección de teatralidad única.

Sonoro y muy sólido vocalmente el Massimiliano de Alexander Vinogradov. El bajo ruso destacó haciendo de baqueteado padre de los hermanos rivales y tuvo su culmen en las últimas escenas que canta junto al tenor, quitándose de encima la cierta sensación de frialdad con la que había comenzado. Impecable y muy adecuado Alejandro del Cerro en el papel de Armínio; correcto Albert Casals como Rolla y más discreto George Anguladze como Moser. 

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Francesco Lanzillotta dirigió con un gesto un tanto rígido dando bastantes veces un aire ampuloso a la música no del todo estimulante como sucedió en los primeros acordes de la sinfonía. Es verdad que el maestro concertó con general corrección, pero muchas veces su dirección no tuvo el trazo fino y la flexibilidad necesaria para acompañar (los sotto voce tan importantes que emitió Alaimo por ejemplo) entrando incluso de forma precipitada después de alguna cadencia.

Capítulo aparte merece el Coro Titular del Teatro Real notándose una estupenda preparación por parte de su director José Luis Basso cantando compacto, timbradísimo, arrollador y con un nervio y una fuerza muy verdiana. A un paso inferior la orquesta aunque actuando siempre de forma profesional y efectiva.

Fotos: © Javier del Real | Teatro Real