_Les_Arts_Florissants_08_reducido.jpg© Elvira Megías

Un maestro

15/02/2026. Auditorio Nacional de Música.  Ciclo Universo Barroco CNDM 2025/2026. Les arts florissants y La descente d’Orphée aux enfers, de Marc-Antoine Charpentier, con Tanaquil Olivier, Camille Chopin, Josipa Bilic y Sarah Fleiss (sopranos), Sydney Frodsham (contralto), Bastien Rimondi, Richard Pittsinger y Attila Varga-Tóth (tenores), Olivier Bergeron (barítono) y Kevin Arboleda (bajo). Les Arts Florissants. Dirección escénica: Marie Lambert-Le Bihan y Stéphane Facco. Dirección musical: William Christie.

Hace ya unos cuantos años y tras una velada operística distintos amigos nos juntamos a cenar y a vivir una de esas maravillosas, irrepetibles y jugosas tertulias operísticas en las que unos y otros nos quitábamos la palabra, plenos de vehemencia y aparente sabiduría. Aquel día tocaba hablar de batutas y comenzamos a nombrar aquellos directores grandes que habíamos vivido cada uno de nosotros en directo; salieron nombres míticos como Riccardo Muti, Charles Mackerras, Antonio Pappano o Christian Thielemann hasta que un servidor apuntó el de William Christie y para mi asombro algunos manifestaron su discrepancia a incluirlo en la lista.

Que si William Christie está demasiado especializado en ópera barroca, que si tiene un repertorio restringido, que si muchas de sus funciones son en versión de concierto y así un interminable cúmulo de excusas mientras un servidor seguía defendiendo el nombre y su valor musical. Apelé a aquel inenarrable Guilio Cesare in Eggito, de Georg Friedrich Haendel en un PROM londinense de 2005 en el que se me cayó la venda de mis prejuicios acerca de la ópera barroca. ¡Qué función y qué alegría transmitió ese señor, por entonces en sus 60! Sí, William Christie es un maestro en lo suyo y no creo que quepa discusión. Por ello he querido vivir este concierto en el que se ofrecían dos óperas breves de Marc-Antoine Charpentier, entre ellas esa que con su título dio el nombre a su grupo, Les Arts Florissants, un grupo auténticamente referencial en la interpretación de la música barroca de las últimas décadas.

Porque Christie tiene ya una edad en la que la biología no perdona y quiero seguir disfrutando de su arte, de su pasión por la música y de la capacidad que tiene para implicar a todos los participantes en sus viajes a través del arte barroco y hacernos disfrutar a los melómanos de su magisterio. Al termino de las casi dos horas de música la ovación principal de un público entregado y que llenada de forma absoluta el Auditorio Nacional fue para este maestro que, casi oculto entre sus músicos, había pasado más que desapercibido mientras nos daba otra clase magistral.

Las dos obras que nos ocupan son pequeñas óperas de 40 y 55 minutos de duración respectivamente y han sido semiescenificadas con apenas atrezzo ocupando gran parte del centro del auditorio los diez solistas más cuatro bailarines que han interactuado con suma profesionalidad y empeño, colocándose el grupo orquestal en el tercio trasero. Es una gozada ver a cantantes implicados en coreografías sencillas pero trabajadas, asumiendo ora partes vocales solistas ora corales, relegando o dando prioridad a su protagonismo dependiendo de las circunstancias. Además de las catorce personas, apenas dos sábanas, cuatro cuerdas, un puñado de flores secas y livianos cambios de vestuario; nueva demostración de que no hace falta nada más cuando uno se cree lo que hace y cuando se siente protegido por la sombra alargada de un maestro que le dirige y le transmite confianza.

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Los diez solistas  eran los ganadores y mencionados en la XII edición Jardin des Voix, la escuela-academia de canto e interpretación que impulsa William Christie. En la primera ópera, Les arts florisants, el protagonismo recayó en la soprano croata Josipa Bilic (la paz), de voz hermosísima y muy bien emitida. Le acompañaron en el empeño las sopranos Camille Chopin (la música) y Sarah Fleiss (la música), ambas a gran nivel, pudiéndose también disfrutar de la voz densa de la contralto Sydney Frodsham (la arquitectura). A otro nivel el tenor Richard Pittsinger (la pintura) y el barítono Olivier Bergeron (la discordia). La ópera, que narra de forma figurada el valor y la necesidad de las artes cuando surge la discordia y la guerra, es agradable y aunque las menciones al rey y a la monarquía eran el peaje necesario en aquella monarquía absolutista de Luis XIV, lo cierto es que resultó muy agradable su escucha.

La descente d’Orphée aux enfers es, en su temática, una ópera más convencional aunque narra las desventuras de la lira de Orfeo en un tiempo record. Lo fundamental ya se sabe: boda, amor, serpiente y muerte en el primer acto para en un breve segundo vivir el viaje a los infiernos, el encuentro con Plutón, su inesperada misericordia y la vuelta a la mortalidad y al amor. Aquí Bastien Rimondi adquiere todo el protagonismo y enseñó, con diferencia, la voz más voluminosa y sonora de la noche. Quizás su primera intervención, al conocer la muerte de Eurídice, fue demasiada estentórea para luego saber recogerse y fusionarse con el conjunto.

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Muy bien la esposa en la voz de la ya citada Camille Chopin y gran protagonismo de Sarah Fleiss como Proserpina, ayudando a tejer la bondad de Plutón. Este fue encarnado por el bajo colombiano Kevin Arboleda, que mostró intenciones aunque su voz no tenía el empaque necesario en la zona grave. Tanaquil Olivier fue una excelente Enone y no desmerecieron Josipa Bilic (Dafne), Sydney Frodsham (Aretusa), Richard Pittsinger (Ixión), Atila Varga-Tóth (Tántalo) y Olivier Bergeron (Apolo). Estos diez cantantes asumieron las partes corales en las que pude advertir cierta falta de empaste con una voz de tenor que tendía a descollar prácticamente en todas las intervenciones.

La parte escénica dirigida por Marie Lambert-Le Bihan y Stéphane Facco ya queda dicho que era de suma sencillez pero muy efectiva, fundamentalmente porque los cantantes se implicaron en la coreografía de Martin Chaix. El escenario quedaba siempre iluminado, con las inevitables luces rojas en la escena del infierno. En la parte orquestal una leyenda como es el grupo Les Arts Florisants con una plantilla de diez componentes. Impecable el bajo continuo de violón, violoncelo y archilaúd y ejemplar participación de las dos violas de gamba en el segundo acto, siendo las almas de Orfeo, las acompañantes de su viaje, de sus súplicas, de su victoria. Y en la dirección, apenas gesticulante, como si el artefacto por él creado anduviera solo, un genio de la dirección operística: William Christie. Un genio. Y por ello uno se acercó a vivir un repertorio que este señor nos los ha hecho más familiar. William Christie, un grande de la ópera, un maestro.

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© Elvira Megías