Pasticheando
Madrid. 18/01/26. Auditorio Nacional. A. Vivaldi: Bajazet. Renato Dolcini, Bajazet. Cameron Shahbazi, Tamerlano. Anthea Pichanik, Asteria. Eva Zaïcik, Andromico. Julia Lezhneva, Irene. Suzanne Jerosme, Iraspe. Les Accents. Thibault Noally, director.
Una de sus últimas obras, la ópera Bajazet es un pasticcio con arias prestadas del propio Vivaldi y otras tomadas de otros compositores; práctica muy común en la época y que hacía rememorar al público arias que se habían convertido en hightlights. En este caso hay que añadir que Thibault Noally, el violinista y director de Les Accents, al encontrarse la partitura autógrafa incompleta faltando varias números, ha reconstruido la obra -según nos cuentan las estupendas notas al programa de Pablo J. Vayón- con otras arias de Vivaldi, o bien de otros compositores adaptando el texto conservado a la música del nuevo préstamo; tomándose fragmentos de La verista in cimentó, Giustino y Moctezuma, y de L'innocenza giustificata de Orlandini o la famosa Quell' usignolo que Giacomelli compuso para la ópera Merope, con lo que el patchwork resultante se podría definir con repasticcio o pasticcio del pasticcio. No pasa nada. La ópera en aquella época era entendida como un 'duelo' de divos, y cada número era un momento cerrado en el cual los castrati hacían y desacían a su capricho, con lo que la preponderancia del intérprete sobre la supuesta unidad conceptual y estilística de la obra era un hecho. La connotación negativa hacia el concepto no tiene sitio si lo piensas como lo que es: una sucesión de bellas arias que tienen detrás, más al fondo, una historia un tanto acartonada y que -a mí, desde luego- interesa muchísimo menos.
Y para ello hay que subrayar que Vivaldi, con un orgánico orquestal solo de cuerda (excepto un par de números con dos trompas), consigue una variedad muy estimulante combinando los elementos de forma rica y variada, como en el aria La cervetta timidezza que canta Asteria y donde crea un clima íntimo y lleno de ternura prescindiendo de los violines segundos en contraste con arias donde la textura es mucho más masiva y llena. Alterna vertiginosas arias de furia y bravura, con suspendidos y evocativos momentos más íntimos; arias de estilo más popular en ritmos ternarios, con otras más elevadas y evocativas en largos compases cuaternarios; y momentos descriptivos de la naturaleza de lo más diverso, además de frecuentes y, algunas veces, bruscos cambios armónicos.
Thibault Noally y Les Accents comenzaron un tanto fríos. El primer bariolage de los violines sonó apagado y sin brillo, y hubo de esperar a la más desactivada sección central para comenzar a escuchar a la orquesta más redonda y empastada. La tercera parte de la sinfonía a modo de obertura fue tocada con más contención y elegancia que rusticidad y sabor popular.
Poco a poco, con la entregada energía de Noally liderando con su violín en las arias y marcando con precisión y carácter en los recitativos, la orquesta sonaba más llena y entregada, demostrando una notable afinación y justeza de ataques y una articulación bien resuelta y estilísticamente acertada; como mostró con el contraste de ataques afirmativos pares con los de menos peso de los impares, o la óptima realización articulatoria de las distintas figuras.
El desarrollo de las típicas progresiones vivaldianas fueron conducidas con notable sentido ascendente e hicieron notar con justeza los cambios armónicos que se iban presentando de forma lógica y orgánica. Es verdad que faltó algún instante de verdadera magia, de conjunción de elementos que hicieran elevar al máximo el nivel hasta sublimarlo, pero la verdad es que al fin y a la postre se consiguió un notable nivel global muy de agradecer. Mención especial al estupendo bajo continuo liderado por la asturiana Elisa Joglar a la perfección.
Para una ópera de divos, la cantante que más se acercó al concepto fue Julia Lezhneva, que desde su primera aria marcó un antes y un después en la velada y que, a pesar de una emisión un tanto gutural que le impide ir mas allá con un canto sul fiato, consiguió impactar con una vertiginosa agilidad, de una velocidad inusitada. Resultón también el hilo de sonido conseguido en su segundo aria (la famosísima Sposa, son disprezzata) aderezada también de bellos momentos; y brillantes y con mucha personalidad las numerosas cadencias agregadas por la cantante aunque en ocasiones traspasasen la línea de lo escolásticamente permitido, si no fuese porque en la época cada cantante haría lo que fuera por hacerse notar.
Esa personalidad demostrada por Lezhneva, que -con sus medios- hacía que deseases escuchar nuevamente a la cantante a lo largo de la ópera, se desvaneció en buena medida con el resto del equipo. El contratenor canadiense Cameron Shahbazi comenzó con unos prometedores recitativos, trabajados y dichos con intención y clase. Lastima que luego, en sus arias, aunque con bastante buen nivel, esa expectativa de personalidad se diluyese un tanto, haciéndose notar solo en intermitentes arranques que luego venían a menos. Una pena la falta de ese último despegue expresivo, porque la voz es bella y bien emitida y el cantante creo que tiene capacidad para ese plus.
Un tanto decepcionante Renato Dolcini cantando el personaje que da título a la ópera: Bajazet, por su emisión "tragada" que le hace que el sonido no tenga foco, quedando así desdibujado, y con más intención gestual que sonora. Eva Zaïcik es una mezzo de timbre claro y más bien asopranado pero de grato color. Según baja al grave hay un claro cambio de color no del todo fusionado con el resto del registro y la cantante canta con corrección, aunque sin grandes alardes fraseológicos. Destacó en su aria La sorte mia spietata.
Anthea Pichanick cantaba el personaje de Asteria, y lo hizo con pulcritud y corrección aunque con demasiada discreción musical y sin levantar el vuelo expresivo; y Suzanne Jerospe comenzó cantando con la afinación algo crecida, pero luego se fue afianzando y consiguió destacar con una notable agilidad en su intensa aria D'ira e furor armato, aquí sustituida la trompeta por el solo de violín.
Éxito generalizado y muchos aplausos al finalizar el concierto, y punto positivo para el CNDM el hacernos mostrar en buenas manos una ópera que, aunque con su innegable mezcla de estilos, contiene, no cabe duda, innegables bellezas en su interior.