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La guerra y la garra

Barcelona. 07/03/26. L’Auditori. Richard Strauss: Concierto para oboe y pequeña orquesta en re mayor, op. 144. Dvorák: Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70. Ramón Ortega Quero, oboe. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Pablo González, dirección.

Pablo González volvió al podio de la sala grande de L’Auditori el pasado viernes y sábado, para volver a dirigir a la OBC, orquesta de la cual estuvo al frente durante seis años, en un reencuentro que la audiencia supo apreciar, tal como demostró la asistencia en la segunda cita –la que ocupa la presente crítica–. Una agenda salpicada de compromisos nacionales y europeos –además de sus visitas a Tenerife y su mandato al frente de la orquesta de RTVE– ha postergado el regreso de uno de los directores más relevantes de la última etapa la orquesta. De ahí que la visita de 2022, cuando compartió cartel con Leticia Moreno, todavía se recuerde como un capítulo particularmente especial. 

Si la anterior propuesta sinfónica de L’Auditori pasó por el Concierto para la mano izquierda de Ravel, el pasado viernes y sábado lo hizo el Concierto para oboe de Richard Strauss, otro peculiar encargo nacido al final de una gran guerra –en este caso, la Segunda Guerra Mundial–. Aunque el paralelismo es limitado (si bien, en el caso de Ravel, dicho encargo ocurrió en periodo de entre guerras), vale la pena revisitar la anécdota de su nacimiento, en que un soldado oboísta le sugirió, a todo un maestro Strauss de más ochenta años, que compusiera un concierto para oboe. Evitando ensanchar la presente crítica, invitamos al lector a profundizar en la anécdota con mayor detalle.

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En cualquier amante de la música sinfónica, tras asistir a algunos conciertos, se habrá percatado ya de que el protocolo de afinación es –normalmente– siempre el mismo: el oboe da el “la” y toda la orquesta afina a partir de él, debido principalmente a una tradición fundamentada en su pureza tímbrica y, sobre todo, en la riqueza de sus armónicos. No es la intención, a estas alturas, explicar al lector qué es un oboe; sin embargo, dado que no abundan los conciertos dedicados al instrumento –el último gran capítulo al respecto lo firmó Cristina Gómez-Godoy, durante la anterior temporada, interpretando el concierto de Jörg Widmann dirigido por él mismo–, valía la pena dedicarle un breve párrafo. 

En la pieza que nos ocupa, y que abrió el díptico de viernes y sábado, el oboe adquiere casi un simbolismo redentor, quizá algo más sutil que en Cuatro últimas canciones, escritas unos años después; un halo de esperanza con envoltorio mozartiano, que parece querer sobreponerse a toda la destrucción cosechada durante el primer lustro de los turbulentos años cuarenta. Ramón Ortega Quero supo transmitir ese carácter elegíaco y luminoso con una emisión claridad a lo largo del concierto. El granadino se mostró cómodo en su regreso a L’Auditori, y encontró en la orquesta una complicidad que funcionó dentro y fuera de la partitura, volviéndose hacia ella en las contrapartes en que el oboe escucha, haciendo que el diálogo funcionara más allá de las notas y del papel.

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Ofreció un primer tiempo de gran nivel, donde una cuidadísima respiración y un elegante fraseo fueron la tónica general, más allá de algún levísimo detalle puntual en las primeras salas de la pieza. Destacó la elegancia en el Andante, que tiende a frases más largas –y por tanto, a un mayor esfuerzo del solista–, y firmó una espléndida cadencia que empastó bien con el enérgico tercer tiempo. Al igual que en los anteriores, Ortega evitó cualquier tentación de excesivo protagonismo –de cualquier tipo–, y recorrió con precisión los distintos retos técnicos, asociándose bien en los brevísimos duetos, bajo la atenta batuta de González, que se desenvolvió bien en la exuberancia de Strauss, unos de sus compositores predilectos. Ortega se despidió del público con la primera de sus Metamorfosis según Ovidio, en una evocación muy inspirada y enemiga de las prisas.

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González se adentró en la Séptima de Dvorák y, al igual que en concierto de Strauss, de nuevo su lectura incluyó una disposición orquestal antifonal entre primeros y segundos violines –es decir, a izquierda y derecha–, con los contrabajos cerca de los primeros, en lugar de detrás del chelos, como suele ser habitual en la Pau Casals. El resultado no defraudó en absoluto, y la orquesta supo encontrar sus grandes momentos en esta configuración, aunque dio la sensación de que la maquinaria necesitó un tiempo para calentar antes de desplegar todo su potencial. A pesar de algún que otro desliz en las trompas, la orquesta, y en especial la sección de metales, supo encontrar el ímpetu rugiente que pide Dvorák, en una escritura que demanda épica, aunque en los episodios más íntimos el pulso pareció por momentos algo menos orgánico.

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El Poco adagio, aun sin ser perfecto, fue más equilibrado, y una vez asentado el discurso, la interpretación ganó en amplitud y densidad expresiva, con un clímax construido con notable energía. El asturiano buscó la agilidad y elasticidad al conjunto perfilando bien los pizzicati, lo que permitió impulsar el carácter danzable con soltura y claridad rítmica. Sin apenas pausa, González enlazó el cuarto acto con apenas pausa, reforzando así la continuidad dramática de la obra. Imprimió garra al discurso y destacó el buen pulso del segundo tema, siempre con las sutilezas del metrónomo bien presentes. La batuta cortó el aire en los compases climáticos, extrayendo los últimos zarpazos de una sinfonía cuyo desenlace tiene poco que enviarle a la icónica Novena, clausurando otro reencuentro inolvidable.

Fotos: © May Zircus