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Ver y oír un musical

Pamplona-Iruña. 19/03/2026. Auditorio Baluarte. Andrew Lloyd-Weber: The Phantom of the Opera. Daniel Diges  (fantasma), Ana San Martín (Chrystine), Rubén López (Raoul de Chagny), Virginia Esteban  (Carlota), Mario Corberán (Piangi), Enrique R. del Portal (Monsieur André), Eduardo Santamaría (Monsieur Firmin), Isabel Malavia (Giry), Sofía Esteve (Meg) y otros. Diseño de escenografía: Federico Bellone. Orquesta, coro y bailarines. Producción de Letsgo.

Que alguien decida dedicarse como simple aficionado a la música clásica puede llegar a obligarle a dedicar una vida entera a ello. Es más, cuanta más música clásica conoce uno, más clara tiene la percepción de que aún más le queda por conocer. Por ello algunos terminamos dedicándonos en exclusiva al género, en la vana confianza de que podamos abarcar una cantidad significativa de lo compuesto durante la historia. Error mayúsculo; según pasen los años solo te inundará la sensación de que es tanto lo que queda fuera, sin llegar a ser conocido, tienes tan claro que la música es inabarcable que solo si lo tomas con cierta filosofía podrás quedar satisfecho. Por ello puedes llegar a creer conveniente “reducir” tu mundo musical a los mil años de la denominada música clásica occidental y abandonar otros géneros.

Y en ese caminar siempre encuentras a quien te dice que hay que abrirse a otros mundos, a otras músicas; te lo dicen, las más de las veces, con empatía y buena voluntad. Y sencillamente, no encuentras tiempo, no encuentras alicientes para hacerlo hasta que, de repente, después de que te han intentado convencer que los llamados musicales son la ópera de la actualidad o la actualización de la ópera, que pocas cosas en la vida como entrar en la londinense Shaftesbury Avenue y dejarse apabullar por la cartelera allá existente; después de decirte que millones de personas y miles de funciones han de tener alguna explicación artística, al final un loco por la ópera se acerca a un musical que trata, siquiera de forma sesgada, el mundo de la ópera. 

Así pues, me dispuse a meterme en un charco, sin prejuicios y con una referencia que, reconozco, me ha condicionado sobremanera: en julio de 2021, aprovechando unas vacaciones por Cataluña, me acerqué al Gran Teatre del Liceu para vivir en versión concertante My Fair Lady, de Carl Loewe en una versión que fue sencillamente magistral y que me tiró del caballo. Ese día aprendí porque lo viví en directo que fuera de la ópera se puede disfrutar de voces, técnica y artistas como las copas de un enorme bosque de pinos. Puedo decir sin complejo alguno que es una de las funciones del Liceu de la que mejor recuerdo guardo. Esta era mi aproximación más sincera al mundo de The Phantom of the Opera; o, al menos, así lo creía yo. Porque una vez terminado el espectáculo de Pamplona deduje que ante tal experiencia mi reacción había sido completamente distinta en lo visual y en lo auditivo, así que vamos a vivir la reseña según estas apreciaciones.

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Ver El fantasma de la ópera

Paso al título en castellano porque, por desgracia, en esta gira -y habitualmente los musicales se ofrecen así- se canta en la traducción y no en su lengua original lo que creo es un demérito para la oferta. La función transcurre casi sin aliento y las transiciones técnicas entre cada escena están hechas con una precisión milimétrica. Se nota que el musical está muy rodado y además el diseño escénico es muy funcional: una caja escénica cuadrangular que se transforma en contenedor de distintos espacios tanto en su parte larga –por ejemplo, escenario de la ópera- como en la corta –simulando una oficina, por ejemplo.

Es clave en todo esto la iluminación, diseñada por Valerio Tiberi, muy bien trabajada y que me parece lo más acertado de toda la propuesta. En ocasiones ha de recurrir al negro escénico absoluto para poder “fabricar” la sorpresa de turno pero pasar de un escenario versallesco a la simulación de un lago no es fácil y está muy bien conseguido. Técnicamente, la propuesta coordinada por Federico Bellone (según web, porque la hoja informativa del Baluarte deja bastante que desear) es muy eficiente aunque siempre ocurren algunos pequeños problemas: la barca, que se mueve sola o la imprecisa coordinación entre actores y artefactos, que son peccata minuta al lado de los efectos de luces, fuego y desapariciones de protagonistas realizados con eficacia por actores y alternantes.

Esta versión del musical está muy pensada para provocar asombro en un público acostumbrado a efectos similares, hoy en día cotidianos en conciertos pop y rock. De hecho hoy en día cantantes de renombre presentan sus giras como si de cuasi obras teatrales se tratara, entendiendo que un micrófono y la voz, por sí solos, ya no valen.

Actoralmente los cantantes no la hacen mal aunque tienen tendencia –entiendo que empujada por la dirección escénica- a lo hiperbólico: gestos grandilocuentes, gritos y exclamaciones desmesuradas y, eso sí, y es un hándicap para el futuro, parece inexcusable que sean chicos y chicas guapas de la muerte y con cuerpo de gimnasio. Vamos, que una soprano rellenita tendría un futuro nulo en este mundo; y ello no deja de ser una forma más de obligar a actores, actrices y cantantes a responder a este tipo de exigencias y, al mismo tiempo, a rechazar a aquellos que no cumplen con ciertos cánones estéticos. Eso sí, me llamó la atención el topicazo escénico acerca de los cantantes operísticos, insufribles en su actitud y divismo, de gesto ridículo al cantar y, estos sí, sin responder en este caso al canon de belleza. Curioso. En definitiva, un espectáculo visual relevante, que se disfruta y que provoca mantengas la atención sobre el continuamente. 

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Oír El fantasma de la ópera

Si en el aspecto visual las cosas fueron por buen camino, en el apartado canoro he de ser mucho más crítico. Y la razón fundamental no sería, como algunos malhadados puedan prever, la calidad del canto –de la que también podemos hacer relativos apuntes- sino el gravísimo –uso consciente del superlativo- problema de la amplificación del sonido. El canto nunca puede ser amplificado hasta hacer daño. Quizás haya personas a las que el volumen les parezca lo más importante pero en este musical hay escenas –el septeto de la oficina, por ejemplo- en el que la amplificación hace literalmente daño en los oídos.

Apenas voy a entrar en consideraciones técnicas de las voces porque dicha amplificación lo desvirtúa todo. De hecho, y a título de anécdota, hacia la mitad del primer acto hubo un problema técnico y los dos protagonistas cantaron apenas diez segundos sin ella y se nos apareció otro mundo vocal. Quizás el real, no lo sé, pero otro muy distinto. Eso sí, en prácticamente todas las culminaciones en agudo la voz salía, tanto en caso de Daniel Diges como en el Ana San Martín, entubada para expandirse solo tras varios segundos. Y en más de un caso podríamos apuntar problemas evidentes de afinación además de confundir el piano con el susurro, es decir, que renunciar a la impostación de la voz para cantar en piano. Rubén López tuvo problemas similares aunque hay que decir que los tres protagonistas tienen carisma, se saben el oficio y son capaces de dar credibilidad a sus interpretaciones.

Un placer poder encontrar a cantantes como Enrique R. del Portal y Eduardo Santamaría dando empaque a André y Firmin, respectivamente y muy eficiente Isabel Malavia en su Giry austera y rigurosa así como la pizpireta Sofía Esteve (Meg). El dúo operístico, más allá de los citados tópicos, estuvo bien encarnado por la soprano Marta Pineda y el tenor Mario Corberán.

El director musical previsto era Julio Awad pero fue sustituido y siento mucho reconocer que no pude recoger el nombre de su sustituto, anunciado a última hora por megafonía y tampoco lo he podido encontrar en la página web del Baluarte. La partitura de Andrew Lloyd-Weber es el gran aliciente de  la función y aunque tiende, como otros, a repetir en demasía a aquellas líneas que considera acertadas, la música es interesante. Comercial e interesante.

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Conclusión

Una reseña no es el lugar adecuado para trasladar una reflexión sobre lo que es y no es, en opinión de quien forma estas líneas, un musical. Ya lo he visto, lo he vivido y me hago una idea. El Baluarte estaba lleno y el público –y ello me sorprendió, a fuerza de ser sincero- no era mayoritariamente joven. Supongo que los precios también tendrán que ver en ello. Por cierto, bastante cutre que en el programa de mano se hiciera contínua referencia al Teatro Arriaga bilbaíno, como si estos ejemplares fueran los sobrantes de las funciones vizcaínas. 

El problema técnico que obligó a parar la función por unos pocos minutos, es un contrariedad que me consta se ha dado en otras ciudades y que no dice mucho bueno de la compañía. En cualquier caso, vivida la experiencia, ya podemos decir que hemos oído y visto un musical.

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