© Rafa Martín

Una velada de contrastes

Madrid. 11/04/2026. Auditorio Nacional. Obras de Manchado, Korngold y Shostakóvich. Orquesta y Coro Nacionales de España. Bomsori Kim, violín. Nuno Coelho, dirección musical.

En el Auditorio Nacional de Música, la Orquesta y Coro Nacionales de España ofreció un programa de notable coherencia interna pese a su aparente heterogeneidad: un estreno absoluto, un concierto impregnado de lirismo cinematográfico y una sinfonía atravesada por la ambigüedad política. Tres formas, en definitiva, de entender el siglo XX y sus tensiones, hoy curiosamente, tan vigentes. 

La primavera ha llegado a Madrid, pero la visión de algunas butacas vacías —o la sensación de una asistencia menor de la deseable— no debería desalentar a quienes diseñan propuestas como esta. Muy al contrario, puesto que el valor de la velada residía tanto en la entidad de las obras como en la altura de sus intérpretes. 

Bajo la dirección de Nuno Coelho y con la violinista Bomsori Kim como solista, la velada se abrió con Un mar de hielo, suite sinfónica extraída de la ópera La Regenta de Marisa Manchado Torres, obra encargada por la propia institución y presentada aquí en estreno absoluto. La partitura, heredera de una tradición que podríamos situar entre el expresionismo tardío y ciertas texturas espectrales, plantea un paisaje sonoro de gran densidad simbólica. No es casual el título: el hielo como metáfora de lo inmóvil, de lo contenido, de aquello que amenaza con quebrarse. En la obra de Manchado emergen contrastes claros, una temática sonora reconocible que rehúye el mero efectismo descriptivo para articular planos superpuestos y en tensión. ¿Hay incluso lirismo? Sí, y también una propuesta rítmica que atraviesa la escritura con personalidad. 

La interpretación mostró una atención minuciosa al color y a la respiración interna del discurso. Coelho optó por una aproximación analítica, casi quirúrgica, permitiendo que las distintas capas emergieran con nitidez, mientras la orquesta resolvía la complejidad con esmero, cuidado y una evidente implicación afectiva.
Hubo brillantez orquestal y una voluntad clara de no “explicar” la obra en exceso.

Quizá, no obstante, quedaba la impresión de desear una mayor continuidad, una ligazón más orgánica entre los fragmentos que conforman la suite. Como si la música, rica en ideas, reclamara todavía más desarrollo para desplegar plenamente su potencial discursivo. En un plano más íntimo, la presencia de la compositora evocaba también la emoción del reencuentro: reconocer en el escenario a una antigua profesora no solo despierta la memoria, sino que suscita una renovada admiración desde la perspectiva del alumno.

ONE_Bomsori_26_g.jpeg

El tránsito hacia el Concierto para violín op. 35 de Erich Wolfgang Korngold suponía, en apariencia, un cambio de universo. Sin embargo, subyacía una misma cuestión: la relación entre música y narratividad. Compuesto en 1945, ya en el exilio estadounidense del compositor, el concierto recoge materiales de sus bandas sonoras y los transforma en un discurso concertante de gran aliento lírico.

Desde el inicio del Moderato nobile, Bomsori impuso una presencia incontestable: firmeza de arco, afinación impoluta, energía y carácter, con una digitación de claridad casi sobrecogedora. El sonido, de una belleza conmovedora, se desplegaba con personalidad y exquisitez, mientras los agudos —de transparencia casi irreal— atravesaban la sala con una limpidez absoluta. Su virtuosismo, lejos de lo superficial, resultaba impactante precisamente por su sentido interno, por su coherencia expresiva. Quizá cabría haber deseado en la orquesta un mayor vuelo, una respiración más expansiva en algunos pasajes, pero ello no empañó un acompañamiento atento. Coelho sostuvo un tejido flexible que permitió al violín respirar con naturalidad. Y entonces, inevitablemente surge el llanto del violín, cómo declama, cómo atraviesa al oyente con una intensidad difícil de eludir. Su propuesta fue fogosa, atrevida, sin concesiones. Un alarde de la solista que nos dejó sin aliento.

ONE_Bomsori_26_c.jpeg

En el Romance: Andante, la emoción se volvió casi insoportable en su contención. La entrada del violín, de una delicadeza extrema, lograba que la lágrima asomara sin artificio. El director acompañó y acunó el discurso, ofreciendo soporte para que la solista pudiera elevar su canto, delineando con finura una suerte de plegaria íntima. Impresionaba especialmente la manera en que la frase nacía desde los registros graves del instrumento para abrirse hacia una dimensión sonora en la que el oyente parecía respirar con mayor amplitud. La orquesta, por su parte, creó texturas que dialogaban desde un lugar hondamente expresivo, aunque es cierto que faltó en algunos pasajes una sensación de “respiración compartida” con la solista, algo esencial en este repertorio de raíz casi vocal, donde es preciso que la orquesta no acompañe, sino que co-narre.

El Finale: Allegro assai vivace irrumpió con un impulso trepidante, sostenido por una precisión admirable. El ritmo, fulgurante, no comprometió en ningún momento la afinación, y el golpe de arco de la solista arrastró a la orquesta en un movimiento de energía compartida. Aquí, Coelho dirigió con firmeza y valentía, mostrando una comprensión clara de la partitura y de su lógica interna, si bien se podría explorar mayores contrastes dinámicos. En una obra de este carácter, el riesgo expresivo no es un exceso, sino una necesidad controlada. La orquesta optó por esa contención, en cambio la solista sí asumió ese riesgo, donde los armónicos finales de Bomsori parecían suspendidos fuera del tiempo; una transparencia, una luminosidad y una pureza sonora poco frecuentes en esta sala. 

ONE_Bomsori_26_h.jpeg

El público respondió con entusiasmo, reclamando la presencia de la solista, que ofreció como bis el Capricho polaco de Grażyna Bacewicz, interpretado con una mezcla de brillantez técnica y carácter que confirmó su extraordinaria personalidad artística.

La segunda parte nos conducía a la Sinfonía núm. 6 en si menor de Dmitri Shostakovich, una de sus obras más desconcertantes. Compuesta en 1939, en un contexto político extremadamente delicado, la sinfonía rompe con las expectativas formales dado que propone un primer movimiento largo e introspectivo seguido de dos secciones más breves y aparentemente ligeras, casi sarcásticas.

En el Largo, la sombra planteada por el compositor emergió desde una cuerda densamente empastada, capaz de sostener un discurso de gran nobleza y solemnidad. Especialmente destacada fue la sección de violonchelos, cuyo timbre, hiriente cuando la partitura lo exige, adquirió aquí una presencia casi avasalladora. No se trata de una tristeza convencional: en Dmitri Shostakovich hay desesperanza, un grito interior contenido, una hondura que se aleja de la mera queja. La orquesta supo subrayar ese plano con intensidad, aunque en algunos momentos podría haberse intensificado la sensación de pulso interno, evitando cualquier atisbo de estática sonora.

ONE_Bomsori_26_e.jpeg

Aun así, Coelho construyó una atmósfera por momentos subyugante, particularmente en el diálogo entre cuerda y flautas, sostenido en un pianísimo de gran logro. Ese tránsito por una suerte de soledad sonora, inesperada y profundamente introspectiva condujo hacia un final trabajado con inteligencia, explorando los límites dinámicos sin otra pretensión que acompañar la reflexión del oyente. Esto no implica ir más rápido, sino sostener una energía subterránea constante, algo crucial en este repertorio.

En el  Allegro, la apuesta se centró en el equilibrio entre planos sonoros y discurso temático. La dirección combinó firmeza en el pulso con una mano izquierda que modulaba y atemperaba, generando un sentido dramático de notable eficacia. Hubo brillo expresivo, sí, pero nunca gratuito: los contrastes fueron respetados, y las aristas, acentuadas con sensibilidad.

El Presto final desplegó su carácter más histriónico sin perder de vista el trasfondo dramático. Una suerte de locura controlada, donde la orquesta respondió con precisión en un ritmo desbocado, pero nunca desordenado. La dificultad de articular los distintos planos quedó resuelta con solvencia, y la cuerda, en su “cabalgata”, mostró frescura y dominio técnico.

Quedaba, quizá, una última duda: ¿habría sido posible acentuar aún más la ironía, esa “mala leche” que el compositor parece insinuar, ese trasfondo casi circense, cabaretero, que convive con la tensión estructural de la obra? Tal vez, porque la obra puede admitir una lectura más incisiva en términos de sarcasmo, acidez y teatralidad grotesca. Pero la opción elegida, más contenida, no dejó de ofrecer una lectura sólida y coherente.

ONE_Bomsori_26_f.jpeg

En conjunto, la velada confirmó el buen momento de la Orquesta y Coro Nacionales de España, capaz de abordar con solvencia tanto el repertorio contemporáneo como el gran sinfonismo del siglo XX. Y dejó, suspendida en el aire, una reflexión persistente: ¿no es precisamente en esa convivencia entre lo nuevo (Manchado), lo narrativo (Korngold) y lo incierto (Shostakovich), donde la música sigue encontrando su forma más verdadera? 

Tal vez, entonces, la cuestión no sea si la música encuentra ahí su forma más auténtica, sino si nosotros, como oyentes, estamos todavía dispuestos a encontrarnos con ella en ese lugar. En ese Auditorio Nacional, al cual, por fin llegó la primavera.

© Rafa Martín