El pensador 

Madrid. 18/04/2026. Teatro Real. Obras de Mozart, Rossini, Adams, Verdi y Wagner. Gerald Finley, barítono. Orquesta titular del Teatro Real. Leo Hussain, director.

El barítono canadiense Gerald Finley es uno de los cantantes líricos más respetados de su generación, conocido por su elegancia musical, inteligencia interpretativa y versatilidad tanto en ópera como en concierto. Nacido en Montreal en 1960 y formado en el Royal College of Music de Londres, su carrera despegó en los años 90 y desde entonces ha cantado en los principales teatros del mundo. Posee una voz de barítono con cuerpo y flexibilidad, capaz de adaptarse tanto al repertorio operístico como al lied y la música contemporánea. Su timbre bello, varonil, no destaca tanto por su volumen como por su claridad, elegancia y control técnico, cualidades que le permiten una proyección muy efectiva y refinada.

Uno de sus mayores puntos fuertes es su capacidad actoral. A diferencia de otros barítonos más centrados en el lucimiento vocal, Finley construye personajes complejos y psicológicamente creíbles. Su dicción y su atención al texto es sobresaliente, y su fraseo siempre llega cuidado y expresivo, además de matizar dinámicas con sutileza. Es un verdadero thinking singer, o cantante que piensa profundamente el personaje, y así lo demostró durante todo el recital.

El recital se abrió con un bloque dedicado a la ópera mozartiana iniciándose con Se vuol ballare, signor Contino de Le nozze di Fígaro precedido por el incisivo “Bravo, signor padrone”. En esta intervención, el canto de Fígaro se desplegó cargado de intención, con una acentuación ternaria nítidamente perfilada y un elegante debilitamiento de los finales de compás, subrayando así el carácter irónico y estratégico del número.

A continuación, apareció el personaje de la misma ópera que mejor define el arte de Gerald Finley: el Conde de Almaviva. Lejos de reducirlo a un aristócrata meramente libidinoso, Finley construye un retrato de mayor hondura. Desde el punto de vista vocal, su Conde se apoya en una emisión firme y perfectamente apoyada, con un timbre broncineo que le permite sostener una línea de canto noble incluso en momentos de furiahaciendo que cada inflexión revele el pensamiento del personaje.

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El recital siguió con dos personajes de Don Giovanni. Primero, el aria del catálogo de Leporello, resuelta con una intención cambiante y gran viveza expresiva, modulando incluso el color de la voz para delinear el carácter del criado. Seguidamente, se transformó en un Don Giovanni absolutamente arrebatador, ofreciendo “Deh vieni alla finestra con una delicadeza extraordinaria. Cantada casi a flor de labios, con una suavidad envolvente y una riqueza de matices admirable, esta interpretación se erigió en uno de los momentos culminantes del recital. El aria Finch’an del vino culminó el bloque y fue cantada con ligereza, precisión rítmica y sin excesos aunque con la suficiente energía febril que expresa el aria.

El aria Sois immobile de Guillaume Tell continuó el programa, desplegada con un legato amplio y sostenido que puso de relieve la nobleza de la línea rossiniana. La calidad de la interpretación fue tal que invitaba a desear que el teatro cuente con el cantante en una futura producción de esta ópera en próximas temporadas. Algo similar cabe decir de su aproximación a Doctor Atomic, donde se hace plenamente comprensible la admiración de John Adams por Gerald Finley. El compositor ha subrayado cómo el cantante confiere una dimensión profundamente humana al personaje de J. Robert Oppenheimer en la ópera, hasta el punto de considerar su interpretación como prácticamente “definitiva” y una auténtica referencia del rol. Y así lo demostró al cerrar con el número Batter My heart de Doctor Atomic la primera parte del programa.

La segunda parte del concierto se abrió con un bloque verdiano iniciado por el “Credo in un Dio crudel de Otello. En esta interpretación, Gerald Finley volvió a poner de manifiesto su inteligencia musical para delinear un Yago frío, analítico y de gran precisión dramática. Sin embargo, la escritura vocal verdiana, que quizás exige una mayor exuberancia sonora y un metal más incisivo en la proyección, no se corresponde plenamente con las características naturales de su instrumento. En determinados momentos, especialmente en el registro agudo, se percibió una cierta pérdida de densidad y proyección sonora, como ocurrió en el agudo conclusivo. Aun así, la interpretación de Finley resultó muy meritoria por su solidez expresiva y su claridad de intención. Algo que quedó aún más patente en el aria de Macbeth que siguió a continuación. En ella, Gerald Finley desplegó un legato de gran calidad, logrando uno de los momentos más destacados de la velada, en la misma línea de refinamiento y musicalidad que ya había mostrado en el “Deh vieni alla finestra” de la primera parte.

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El concierto concluyó con el regreso de Gerald Finley a su Hans Sachs, un papel que ya había abordado con magistral autoridad hace un par de temporadas en el Teatro Real. En esta ocasión volvió a dar muestras de un carisma sereno, de raíz casi filosófica, que trasciende lo meramente vocal para instalarse en una dimensión de pensamiento cantado. Su lectura del personaje en Die Meistersinger von Nürnberg se caracterizó por una extraordinaria capacidad para desentrañar los pliegues de la partitura, iluminando tanto la arquitectura musical como la evolución interior del personaje. Finley construye un Sachs profundamente humano, alejado de la solemnidad rígida o del estatismo solemne: su canto respira, reflexiona y observa. Una maravilla.

El recital terminó con la Interpretación de Some Enchanted Evening de South Pacific (el clásico musical de Broadway), y Edelweis de Sonrisas y Lágrimas dejando un poso delicioso en el ambiente y consiguiendo un triunfo clamoroso que esperemos se repita en un futuro.

El concierto contó con el acompañamiento de la orquesta titular del Teatro Real bajo la dirección de Leo Hussain, quien ofreció una lectura más bien funcional, correcta en lo esencial pero carente de especial inspiración. El bloque mozartiano resultó particularmente irregular, con una obertura de Le nozze di Figaro algo desvaída y no del todo ajustada en conjunto. Afortunadamente, tanto la dirección como la respuesta orquestal fueron ganando solidez y cohesión a medida que avanzaba el concierto, alcanzando un nivel más convincente en la segunda parte del programa.