© Marta Mas
Múltiples lecturas
13/06/2026. Madrid. Sala Roja de los Teatros del Canal. Fernando Velázquez: Los Estunmen. Sandra Ferrández (mezzosoprano, madre), Gabriel Díaz (contratenor), Vicenç Esteve Madrid (tenor, padre), Josep Ferrer (bajo), José Ansaldi (tenor). Grupo de Especialistas. Joven Orquesta Nacional de España. Dirección de escena: Nao Albet y Marcel Borrás. Coordinador de Especialistas: Óscar Dorta. Dirección musical: Fernando Velázquez.
Perdón, pero ¿qué es lo que he visto y escuchado? ¿De qué va Los estunmen y cuál es el tema que trata? De hecho, ¿es Los estunmen una ópera? ¿Por qué se ha decidido hacer esta denominada ópera contemporánea en este recinto y no en otro más “convencional”? Y a pesar de tantas y tantas incertidumbres, ¿por qué después de más de cien minutos de espectáculo integral la inmensa mayoría de la gente ha respondido, puesta en pie, aclamando a los protagonistas? Muchas preguntas y muy pocas respuestas porque me haría falta volver a ver y escuchar en unos días este espectáculo para intentar entender la multiplicidad de mensajes que Los estunmen nos lanza a la cara, casi como si pretendiera darnos un sopapo.
Y lanzadas estas preguntas me conviene, a modo de preludio, decir que ir a ver y escuchar Los estunmen ha sido una de las decisiones más sanas que he tomado en los últimos meses. No solo no me arrepiento sino que siento mucho que, como tantas veces ocurre con la producción contemporánea, esta obra no vaya a tener un futuro recorrido por distintos teatros para que la gente conozca la multiplicidad de mensajes –y por lo tanto, de reflexiones- que se nos lanza. Y por ello, me parece conveniente tratar de presentar al lector los principales apuntes de Los estunmen de modo parcelado para tratar de llegar a reflejar lo vivido, lo que, sinceramente, no me parece nada fácil.

Los estunmen, el reflejo de una tragedia
Un adolescente madrileño de catorce años entra en su instituto y masacra a más de veinte alumnos y profesores, al modo de las desgraciadas, por habituales, matanzas estadounidenses. Los progenitores de este joven son incapaces de asumir la decisión de su hijo y comienzan un viaje a lo más profundo de la culpa, de la impotencia y la frustración. La pareja, sólida hasta entonces, se resquebraja y bucea entre los sentimientos de culpa e incomprensión. ¿Por qué un joven, nuestro hijo, ha creído conveniente provocar semejante matanza? ¿Qué le empuja a un chaval de catorce años aparentemente normal a ello? ¿Qué se ha hecho mal?
Y se nos da una respuesta: este joven solo ha tratado de replicar lo que a través de los videojuegos se ha normalizado, a saber, el uso de la violencia extrema y gratuita, la relatividad de la muerte y la consideración de que se puede estar llamado a ser un héroe con actos así. Y nadie me negará que esta reflexión sea tan profunda como necesaria teniendo en cuenta el ascenso en nuestro mundo de mentalidades reaccionarias y la banalización histórica que se está haciendo conscientemente de pasados violentos. Así pues, esta ópera puede entenderse como un alegato contra la violencia gratuita.
Los estunmen y la mentalidad masculina
En un momento dado se nos da un dato estadístico poderoso: las mujeres solo han protagonizado siete tiroteos masivos mientras que ellos lo han realizado en varias miles de ocasiones. ¿Y por qué esta manifiesta y cruda diferencia entre sexos? ¿Qué empuja al hombre a matar así y qué es lo que empuja a la mujer a tomar otras alternativas ante la frustración? Durante la ópera se repite una pregunta cuya respuesta no es fácil: ¿qué es ser un hombre? O dicho de otra manera, ¿ser un hombre implica ser violento? ¿Es el uso de la violencia algo intrínseco o significativo del ser masculino? Convendremos en que el tema es peliagudo y que esta ópera nos coloca al borde mismo del precipicio cuando nos recuerda la apología de la violencia entre los adolescentes desde tierna edad, la trivialización de la misma en su vida cotidiana y la glorificación del uso de la fuerza como si ser hombre supusiera, automáticamente, ser violento.
Los estunmen, la dignificación de la mujer
Una madre desesperada acaba imitando lo peor de lo masculino y mata a las personas a las que considera culpables de la degradación personal de su hijo. Los estunmen parece que es una obra profundamente masculina, entiéndase esto en el peor sentido de la palabra, hasta que se plantea el tema de la dignificación de la mujer a través de un comando de hombres disfrazados de mujer que, sacudiendo desde la raíz a través del inteligente uso de la ridiculización, todo el lenguaje woke tan de moda, mientras apuntan líneas de debate muy interesantes. Por ejemplo, el dilema entre sexo y género, la pregunta básica sobre qué es ser un hombre y qué una mujer, preguntas que hoy parecen navegar entre aguas turbulentas

Los estunmen, una ópera alternativa
Líbreme yo de decidir a estas alturas qué es y qué no es una ópera. Una de las grandezas de este siglo XXI es que las formas más convencionales de la ópera, que ya fueron alteradas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, han sido sacudidas hasta los mismos cimientos; por ello, no me deja de resultar gracioso escuchar a buenos aficionados de este género pontificar sobre lo qué es y no es una ópera. Y en este sentido Los estunmen –y esta frase se la he escuchado, que conste- puede ser un espectáculo más o menos interesante pero en ningún caso una ópera. Una ópera es otra cosa. ¡Ay, ese don de tener siempre las cosas tan claras en torno a nuestro arte!
Fernando Velázquez ha construido de esta manera su trabajo y no soy nadie para enmendarle la plana al compositor. Es más, Velázquez se cree su trabajo y transmite su pasión a través de la interpretación que hace desde la batuta, protegiendo además un libreto que desprende mala leche desde el primer minuto y hasta el final. Éste, resultado del trabajo de Nao Albet y Marcel Borrás, es digno de leerse despacio porque guarda, además de los mensajes generales arriba mencionados, frases sueltas dignas de recordar: el Santiago Bernabéu como ejemplo de templo para el culto popular, Cristiano Ronaldo o David Bisbal como posibles personas públicas ejecutables por su inadecuada incidencia entre los jóvenes –casos de masculinidad tóxica; o que el padre, después de pedir perdón a su mujer por su inoperancia tras la muerte del hijo, también se lo pida por no bajar la tapa del váter.
Pero quizás lo más alternativo de Los estunmen es el uso de los especialistas. Los lectores más atentos habrán observado que en la ficha técnica inicial se incluye al grupo como participante principal del espectáculo, además de incluir a su coordinador general, Óscar Dorta como protagonista del espectáculo. Se lo merecen. Y es que la labor pedagógica que hacen es muy interesante y no porque nos expliquen las bondades de su profesión, que también, sino porque realizan una autocrítica de un valor incalculable cuando aceptan haber impulsado valores violentos, militaristas y reaccionarios, por haber mitificado películas en los que se fusionaba de forma casi absoluta la masculinidad con la violencia. Y en este sentido toda la escena de Quentin Tarantino es descomunal, digna de verse varias veces para llegar a entender toda la crítica descarnada, cruel, directa que se lanza a un tipo concreto de cine y sus valores.
Ya se sabe que los dobles de escenas peligrosas son personajes anónimos que, generosamente, ceden todo el protagonismo a los actores y actrices. En este caso se da un doble juego porque si los dobles realizan ante nuestros ojos su trabajo y nos muestran ejemplos muy gráficos de su forma de trabajar, estos dobles son doblados por los cantantes porque todos los personajes de la trama tienen dos caras: la del especialista y la del cantante, hasta el punto de que mientras el cantante canta el especialista simula que lo hace, en un ejercicio de coordinación que, supongo, habrá supuesto un trabajo ingente en los ensayos.

Los estunmen también se canta
Llegado a este punto habrá quien piense que esta reseña es cualquier cosa menos la de una ópera porque la ópera es, será siempre, teatro cantado. Y sí, aunque en esta ópera se habla mucho, también se canta. Y en este sentido las voces presentes, cinco, están a la altura del espectáculo. La más interesante la de Sandra Ferrández, imperial como la madre atormentada, dueña de una voz densa, de graves sólidos y bien emitida. Eso sí, tanto la suya como todas las demás, estaban amplificadas y por lo tanto hay aspectos técnico-vocales que conviene poner en barbecho.
El resto de las voces no son brillantes aunque permiten seguir el espectáculo sin dificultad alguna. El contratenor Gabriel Díaz se nos ha mostrado estridente en exceso; Vicenç Esteve Madrid, apurado en la zona aguda aunque ha actuado con mucha solvencia en su papel de padre dominado por el dolor. Rotundo y sonoro el bajo Josep Ferrer y eficiente el tenor José Ansaldi en sus papeles. Y soberbios los solistas de la Joven Orquesta Nacional de España que con una plantilla de 24 músicos y músicas ha respondido con eficacia a las demandas de la batuta.
En la parte escénica el apuntar lo llamativo nos llevaría más y más folios que la dirección de esta revista, con buen criterio,no va a permitir. Sirvan como ejemplo el tiroteo inicial, simulado el ruido de los disparos con la boca y el micrófono pegado a la misma, creando una escena sensacional; la de la carnicería, con los trabajadores musulmanes; el aria para seis pistolas, muy original; y por encima de todas, la escena final, con el especialista ardiendo mientras el negro fundía el escenario, que nos dejó sin aliento.
En cuanto se silenció el último acorde gran parte del público, como un resorte, se puso en pie y aplaudió y braveó con sinceridad. La Sala Roja estaba casi llena y el fervor era sentido. Una mujer, sentada a mi lado, solo repetía que se alegraba horrores de haber cambiado de opinión a última hora y de haberse acercado al teatro. Le entiendo.
Eso sí, lo que no entendí fue la reacción de parte del público durante la representación, especialmente sobre lo que provocaba la risa. Hay números graciosos como cuando el especialista pide al público que graben su caída y le etiqueten en las redes sociales pero reconozco que me quedé desconcertado en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando la madre se dirige de forma abrupta al director de orquesta en una ruptura de los espacios teatrales, pidiéndole que cesara con su música y respetara su dolor; el uso de un lenguaje muy de calle provoca las risas de parte del público mientras la madre llora de pura impotencia. O cuando Tarantino exige el cumplimiento de su parafilia sexual como pago por no perder la vida. Parece que el uso de lenguaje del mundo caca-culo-pedo-pis sigue teniendo predicamento entre cierta parte del público, sorprendentemente.
No sé muy bien qué vi y escuché, todavía no se qué es Los estunmen, pero lo cierto es que he disfrutado como pocas veces. Solo queda felicitar la iniciativa y a todos los participantes en la misma.

Fotos: © Marta Mas