La roja verdiana
Madrid. Teatro Real. Verdi: Il Trovatore. Celso Albelo, Manrico. Saioa Hernández, Leonora. Juan Jesús Rodríguez, Conde de Luna. Krysztof Baczyk, Ferrando. Mar Morán, Inés. Fabián Lara, Ruiz. Moisés Marín, Mensajero. Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Nicola Luisotti, director musical. Francisco Negrin, director de escena.
Reposición de la puesta en escena de Francisco Negrin para Il trovatore de Verdi, un montaje que, ante todo, debo decir que no me convence. Se trata de un montaje de una estética más bien ingrata, cuya insistencia en subrayar la acción dramática acaba jugando en su contra. Muchos de esos subrayados escénicos, lejos de iluminar el desarrollo del drama, lo enturbian, y algunos resultan tan obvios como innecesarios e incluso algo ridículos. La dirección de actores es mínima, casi inexistente, mientras que el vestuario es superficial y la iluminación repetitivamente oscura. Quizá, se me ocurre, que el quid de la cuestión para Il trovatore consista en asumir sin ambages el romanticismo extremo que impregna por igual el libreto y la partitura. Son códigos extremadamente alejados de nuestra sensibilidad y modo de hacer actuales; pero es precisamente esa distancia la que necesitaría de un marco y una propuesta escénica capaz de hacer inteligible su lógica interna, en lugar de tratar de disimularla, corregirla o actualizarla artificialmente.
Dicho todo lo anterior, la producción también presenta alguna virtud. No va realmente a la contra y pretende aclarar el entramado del enredo; y su escenografía, concebida como una gran caja cúbica, ofrece una acústica excelente y favorece de manera notable la proyección de las voces, algo nada menor en una obra como Il Trovatore, que, por encima de cualquier otra consideración, es una ópera de canto. Además, quizá haya llegado el momento de que el Teatro Real (y su público) se desprenda de cierto complejo de "nuevo rico" y empiece a amortizar de verdad sus producciones, más aún cuando hace bandera de su compromiso con la sostenibilidad ambiental. Los grandes teatros europeos reponen sus montajes con absoluta naturalidad sin complejos, sin sentir la necesidad de estrenar una nueva producción cada vez que se hace una obra.
Sería quizá deseable que el Real abandonara, de una vez por todas, la política de casi constante renovación escénica que ha mantenido desde su reapertura, con ejemplos tan llamativos como Le nozze di Figaro, título que ha conocido una sucesión difícilmente justificable de producciones apenas amortizadas. Y quizá, en un teatro obligado a equilibrar un presupuesto siempre complejo, el ahorro derivado de una política de mayor aprovechamiento de sus producciones podría destinarse a atender reivindicaciones tan razonables como las del coro, cuyos miembros repartían folletos informativos a la entrada del teatro. Demandas justas y difíciles de cuestionar si se tiene en cuenta además el extraordinario nivel artístico que demuestran función tras función y que el público reconoce invariablemente con sus aplausos.

Juan Jesús Rodríguez regresaba al Teatro Real tras una ausencia de muchos años, demasiados, si se tiene en cuenta la calidad de un cantante de su categoría. Ojalá esta relación, cuya interrupción nunca llegó a explicarse del todo, se recupere e impulse en las próximas temporadas. Bastan las primeras frases para quedar cautivado por la pasta vocal y la belleza bruñida de un timbre de barítono que bien podría calificarse de plenamente verdiano. El cantante dejó momentos para el recuerdo —ese vibrante y conmovedor «Leonora è mia!»— y afrontó con autoridad el siempre comprometido Il balen del suo sorriso, resolviéndolo con musicalidad, nobleza de línea y una técnica impecable. El resultado fue una interpretación de notable altura, sólida y plenamente comprometida con el personaje.

Por su parte, Saioa Hernández volvió a demostrar su solidez y fiabilidad incluso en un papel que quizá no se ajuste por completo a las características de su instrumento. Con todo, resulta muy de agradecer escuchar los siempre comprometidos graves de Leonora resueltos con la autoridad y naturalidad que exhibió la soprano madrileña. Afrontó la escritura con valentía, incluso coronando Di geloso amor disprezzato con un re bemol sobreagudo, y firmó un D’amor sull’ali rosee de notable factura, resolviendo con solvencia los siempre espinosos saltos interválicos de la página. Es cierto, no obstante, que una voz de semejante entidad agradecería un mayor margen para respirar y expandir el fraseo, algo que la dirección de Luisotti, especialmente apremiante, no favoreció. Cabe esperar que en las próximas funciones la soprano pueda recrearse con mayor libertad en la línea de canto y encontrar un espacio más propicio para paladear el fraseo y desarrollar plenamente las posibilidades expresivas del personaje.

Celso Albelo regresaba al Teatro Real tras varios años de ausencia y saldó la prueba con una nota más que satisfactoria. Su prestación como Manrico -un rol que debutó en Bilbao en 2023- fue in crescendo, alcanzando su mejor nivel en un último acto cantado e interpretado con valentía, entrega y una notable intensidad dramática, compensando así una cierta forma de decir anteriormente un punto alambicada. Con anterioridad había dejado muestras de su refinado bagaje belcantista en las frases en media voz que preceden a Ah! sì, ben mio, página que resolvió con propiedad, estilo y buen gusto. En la célebre Di quella pira, además, afrontó el esperado do agudo y lo emitió con suficiente firmeza y autoridad, culminando una actuación que fue creciendo de manera constante.
Anita Rachvelishvili debutaba en el Teatro Real y lo hacía con la fiereza y el temperamento que caracterizan su presencia escénica. Es cierto que su Stride la vampa acusó una cierta falta de homogeneidad entre registros, con un agudo que se mostró algo más comprometido, pero, a partir de ahí, la mezzosoprano se entregó al personaje con una intensidad arrolladora. Su Azucena estuvo marcada por una fuerza dramática incuestionable y por un registro de pecho realmente impactante, de extraordinaria sonoridad y contundencia.

Correcto el Ferrando de Krzysztof Bączyk, eficaz y solvente aunque monocorde. Cumplió igualmente con profesionalidad Mar Morán como Inés, mientras que resultó un auténtico lujo contar con Fabián Lara y Moisés Marín en los cometidos de Ruiz y el Mensajero, respectivamente, dos intervenciones breves pero resueltas con la calidad y el oficio que ambos artistas atesoran.
Nicola Luisotti ofreció una dirección claramente centrada en el pulso rítmico, elemento sin duda esencial —y en Verdi, incluso vital—, desplegando su característico nervio con solidez y justeza. Sin embargo, en el debe cabe señalar una cierta falta de flexibilidad para modular y regular con mayor finura el discurso musical, lo que en algunos momentos se tradujo en una escasa capacidad de acompañar plenamente las intenciones, siempre vivas, de los intérpretes sobre el escenario.
Los tempi, generalmente vivos y en bastantes ocasiones algo apremiantes, vinieron acompañados de una gama dinámica limitada, con una llamativa ausencia de verdaderos pianos —el primero de ellos apareció tardíamente, a cargo del coro femenino de monjas—. Esta restricción dinámica repercutió, a su vez, en un desarrollo muy plano de las progresiones, tan fundamentales en el lenguaje verdiano. Con todo, se apreciaron detalles de interés, como los pizzicati de la cuerda en 'Sì, la stanchezza m’opprime', donde se diferenciaron con claridad las dos batidas, resuelto el segundo pizzicato como un rebote acusádamente más débil y tenue, lo que generó un efecto especialmente logrado.

Impactante y sobresaliente la labor del Coro, tanto en las intervenciones masculinas —habitualmente bravías en esta ópera— como en las femeninas, especialmente en el delicuescente momento del coro de monjas ya citado. Siempre conjuntado, poderoso cuando la partitura lo exige y de una implicación escénica y musical extraordinaria. Cabe destacar asimismo la excelente dicción y la cuidada acentuación en los pasajes más susurrados, de especial dificultad. Notable también el desempeño de la orquesta.
En resumen, un Trovatore de buen nivel en líneas generales, sostenido por una prestación vocal global convincente y por la notable implicación del conjunto artístico. Como rasgo distintivo, cabe subrayar la presencia de cantantes españoles en los principales papeles protagonistas, un hecho que aporta un interés añadido a la función y refuerza el peso de las voces nacionales en un título de exigencia máxima.

Fotos: © Javier del Real | Teatro Real