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DonGiovanni ABAO E.Moreno.Esquibel

Un Don Giovanni de foso

Bilbao. 18/02/2017. Palacio Euskalduna. Mozart: Don Giovanni. Simon Keenlyside (Don Giovanni), Simón Orfila (Leporello), Davinia Rodríguez (Donna Anna), Serena Farnocchia (Donna Elvira), José Luis Sola (Don Ottavio), Miren Urbieta Vega (Zerlina) Giovanni Romeo (Masetto) Gianluca Buratto (Il Comendatore) . Coro de Ópera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección de escena: Jonathan Miller. Dirección musical: Keri-Lynn Wilson.

El personaje de Don Giovanni, de Don Juan, forma parte fundamental de la cultura occidental. Como Don Quijote, su figura ha trascendido más allá de la literatura o el teatro y sus características fundamentales definen una tipología masculina muy arquetípica. Bebiendo en muchas fuentes, Da Ponte y Mozart crean, quizá, la figura más definida, atrevida, cruel, pero también más elegante, del famoso burlador sevillano. El Don Giovanni mozartiano es un hombre que, sobre todo, ama la libertad, como proclama casi finalizando el primer acto. Es, claramente, una libertad egoísta y centrada en sí mismo, que le exime de convencionalismos y de morales, en busca siempre de su gusto y provecho. Él es, además, el dueño del “dramma giocoso”, manejando a todos los personajes a su antojo. Porque todos ellos, desde los nobles hasta los plebeyos, son inducidos por Don Giovanni a hacer su voluntad. Y es esta misma voluntad, esta libertad personal, la que le hace optar por no rendirse ante el Comendador, aunque eso suponga su fin. Por eso me parece acertado decantarse (como ha hecho ABAO en el estreno que comento aquí) por la versión del final del estreno de Praga en octubre de 1787. En esta versión la obra termina con el Comendador arrastrando a Don Giovanni al más allá, sin remisión ni perdón. En la posterior reposición que se hizo poco después en Viena la corte y el emperador, más moralistas, parecieron reclamar un final moralizante, menos duro, y por eso Mozart creó el final que más frecuentemente se representa con el sexteto donde los protagonistas nos cuentan el futuro que les espera y celebran que el disoluto reciba su castigo.

La programación de una obra maestra como es un Don Giovanni siempre es un acontecimiento y más cuando se cuenta con un reparto de cantantes conocidos que prometen una buena representación. Pero esta vez querría destacar en primer lugar la impecable dirección musical de la canadiense Keri-Lynn Wilson, que ya conocía el foso del Euskalduna, pero que esta vez, quizá sin desearlo pero por méritos propios, se convirtió en la protagonista de la velada, siendo muy aplaudida en sus saludos finales. Wilson nos brindó una versión plenamente clasicista, ajustada en tiempos y en dinámicas, clara en el fraseo y recalcando toda la belleza de la partitura sin gestos grandilocuentes ni espectaculares. Siempre atenta al escenario, bordó el carácter tan complicado de transmitir que define a la obra: el drama y lo que de “giocoso” a la vez tiene. Pero su éxito no sería tal si no hubiera tenido a sus órdenes a una especialmente inspirada Orquesta Sinfónica de Euskadi, precisa en todas sus partes, con un sonido mozartiano que no tiene que envidiar a conjuntos más exclusivamente dedicados a este repertorio. Especial mención y admiración a la clavinecista Itziar Barredo que realizó una brillante labor de acompañamiento en los siempre complicados recitativos de la obra.

El papel principal lo defendía un auténtico experto en este polifacético personaje que es Don Giovanni: Simon Keenlyside. El barítono inglés ha cantado este rol en escenarios de todo el mundo, siendo uno de los hitos de su carrera. Su Don Giovanni es movido, nervioso, hasta diríamos que hiperactivo, siempre imperioso, rozando lo brutal en el trato con doña Elvira o Leporello y galante pero cínico con Doña Ana, Don Octavio o Zerlina. Es indudable que domina toda la tesitura que exige la partitura y aunque no tiene un aria de especial lucimiento brilló en todas sus intervenciones y especialmente en los recitativos, una parte de la ópera a la que no se le suele atribuir tanta dificultad, pero que en Mozart, en éste y en todos los papeles protagonistas, exige una excelente línea de canto. Otro ejemplo de su clase fue la encantadora serenata, llena de matices, de medias voces perfectamente controladas. Keenlyside (que ostenta el título honorífico, concedido por Isabel II, de CBE, “por sus servicios a la Música”) posee un timbre de gran belleza, viril pero sin brusquedades que él utiliza a su placer. Olvidados los problemas pasados con su voz, su proyección es adecuada, su legato perfecto y aunque quizá le faltó en ciertos momentos un poco más de acoplamiento a las órdenes del foso, su trabajo se puede calificar de muy bueno.

A un nivel muy alto lució también el canto de Simón Orfila como Leporello. Ya en su aria más conocida “Il catalogo”, demostró sus cualidades: buena proyección y excelente línea de canto. Supo matizar cuando fue necesario y su trabajo ganó enteros (como en casi todo el reparto) en el segundo acto. Su timbre adolece de cierta brusquedad pero estuvo excelente como actor y sus maneras se adaptaron a un papel tan importante en la trama. Serena Farnocchia fue una adecuada Doña Elvira, también perfectamente audible (siempre un mérito para un cantantante el el Palacio Euskalduna), sin mostrar ninguna problema en todas sus intervenciones y siendo la mejor  “Mi tradì quell’alma ingrata” donde demostró que conoce perfectamente este papel. Davinia Rodríguez es una buena soprano pero no consiguió que su Doña Ana tuviera la personalidad, el empaque y el nivel vocal que se espera. Sus mejores momentos fueron las coloraturas de la preciosa “Non mi dir”, perfectamente ejecutadas, pero en el resto de su trabajo, aunque fue una excelente actriz, faltó peso y redondez vocal.

José Luis Sola destacó en las dos bellísimas arias que Mozart escribió para Don Ottavio. Si elegante, bien modulada y perfectamente ejecutada fue “Dalla sua pace”, acompañada impecablemente por orquesta y directora, sorprendió el impresionante fiato demostrado en “Il mio tesoro” creando frases que no tenían fin. Menos convincente estuvo como actor pero tampoco es un papel para grandes lucimientos escénicos. Excelente la impresión que dió Miren Urbieta Vega como Zerlina, siempre muy mozartiana, la voz más destacada entre las femeninas. Encantador fue su dúo con Don Giovanni “Là ci darem la mano”, donde mostró una voz de bello timbre, bien modulada y perfectamente segura en toda la tesitura. Estupenda también fue su cariñosa “Vedrai, carino”. Con potente voz e imponente presencia se presentó en el segundo acto Il Commendatore de Gianluca Buratto que había pasado más desapercibido en la escena de su muerte al comienzo de la obra. Correcto el Masetto de Giovanni Romeo, más destacable como actor que en lo vocal. El coro no tiene un gran papel en esta ópera mozartiana y el suyo lo cumplió con profesionalidad en Coro de Ópera de Bilbao que dirige Boris Dujin.

La producción de este Don Giovanni proviene del  Palau de Les Arts de Valencia y la firma Jonathan Miller (también CBE), que así mismo se ocupa de la escenografía y la iluminación, contando con un clásico y bello vestuario responsabilidad de Clare  Mitchell. La escenografía consta en tres paneles que simulan fachadas de casas y que cierran los tres laterales del escenario, teniendo cada uno varias puertas y ventanas. Esta disposición escénica sirve para toda la trama de la ópera, sea en el interior de la casa de don Giovanni, en una plaza de Sevilla o en cualquier otra localización, y por tanto nada aporta. Queda todo en manos de una adecuada dirección de actores que parece la base del trabajo del director, y que en Bilbao ha actualizado Allex Aguilera. Efectivamente, son los cantantes los que aportan sentido a la historia con su trabajo que fue en general acertado, sobre todo en el caso de Keenlyside, Orfila y Farnocchia. La fiesta que cierra el primer acto tuvo demasiados extras en escena y haciendo demasiadas cosas a la vez, resultando un poco caótica, aunque se veía un trabajo de dirección para diferenciar los diferentes grupos. Más adecuado el impactante final que puso colofón a una velada donde volvió a triunfar el genio de Mozart servido por un excelente foso.

 

 

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