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Trovatore Wien 

La batuta prestada

Viena. 18/02/2017. Wiener Staatsoper. Verdi: Il Trovatore. Anna Netrebko (Leonora), Ludovic Tézier (Il Conte di Luna), Luciana D’Intino (Azucena), Roberto Alagna (Manrico), Jongmin Park (Ferrando), Simina Ivan (Ines), Jinxu Xiahou (Ruiz). Dir. escena: Daniele Abbado. Dir. musical: Marco Armiliato.

Una nueva producción “moderada” y un casting de alto standing hacen casi siempre presagiar el éxito de una velada operística, y más si cuentas con un público de “abono medio”, como lo definió Gerald Mortier, que, a tenor del cartel, se lleva el aplauso puesto.

Daniele Abbado sitúa la escena en los años 30 del siglo pasado, léase, en plena guerra civil española, en una correlación que necesita pocas explicaciones y que sin duda comienza por pecar de obvia. Abbado y la Wiener Staatsoper son quizás conscientes de que el cementerio de los escenógrafos está lleno de valientes, y optaron por una solución conservadora en exceso, que partió con la premisa de “no molestar”, en aras de una prometedora rentabilidad. No hay peor premisa para el arte. Aquella que debería haber sido, casi por defecto, una serata especial se tornó en una anodina representación del soberbio drama gestado por Verdi y Cammarano. Nada prácticamente muta, salvo su caprichosa iluminación, cuya lógica escapa a la nuestra. Todo se resuelve en dos planos: un primero pétreo inmutable, abovedado –creando un espacio sonoro muy beneficioso para los cantantes, eso sí–, de insulsa inspiración neoclásica. Un segundo, alzado apenas un metro, se somete durante la función a ligeras variaciones, que alteran tímidamente la perspectiva pseudo-rafaelesca (una Escuela de Atenas de barrio venido a menos). Es en ese segundo plano donde Abbado da además rienda suelta a los tipismos españoles de la España devota, de mantilla negra y procesión diaria. Mi colega de al lado optó por cerrar los ojos durante gran parte de la función, salió con prisa pero reposado, y sin duda con una mejor impresión.

Orquesta y coro no mostraron lo mejor de sí mismos, evidenciando ciertos desajustes, a mi viso producto de una batuta que en explícitos momentos parecía más bien prestada. El tempo de Marco Armiliato mostró un desequilibrio patente, preponderando una lentitud en escenas casi inaudita, lastrado en gran medida por Anna Netrebko, de quien se dice que Armiliato es uno de sus directores preferidos. Es evidente que el director deja bailar a la diva, en su casa, a su antojo –de aquellos barros, estos lodos–. Son sus intervenciones las que se hacen especialmente difíciles de encajar dentro de una estructura rítmica que debería mostrar una cierta coherencia interna. Netrebko se preocupó en exceso de la belleza de su voz, del sonido, de su amplitud y elasticidad, exagerando sus matices, quedando lejos de la convincente Lady Macbeth muniqués de escasos meses. Por no faltar a la verdad, “D’amor sull’ali rosee” tuvo casi 5 minutos de aplausos, los turistas y sus vecinos la adoran, pero es difícil de encajar la presencia de una aislada “versión para concierto” dentro de un drama completamente desajustado. Otro momento representativo lo constituyó el Miserere, de nota complejidad, también por su ubicación. Aquello que le rodea, cabaletta incluida, hace que la gestión de la voz juegue en este punto un papel crucial y que cualquier soprano se presente en este punto “en paños menores”. Es ahí donde se pusieron de manifiesto los tropiezos Netrebko en esta representación, sus extremos se desnudaron mostrando un excesivo contraste en el que sin duda salía perdiendo su registro inferior.

Roberto Alagna no ha debido atravesar un buen momento de salud en este Trovatore vienés –de hecho, parece estuvo a punto de perderse incluso la premiere–. Son seguramente las tablas las que hacen que una voz no termine de caerse pese a estar en no pocas ocasiones en la cuerda floja, aun sin arriesgar. Correcto, pero plano, y eso con el turbado Manrico se convierte en un gran obstáculo. Es evidente que no quiso perderse ninguna función de esta sonada cita, y en cierto modo la misma se vio lastrada por su obstinación.

Ludovic Tézier fue la voz más destacada de esta última función, siendo su Conde de Luna ovacionado por poderosos motivos. Aunque su voz resulta en ocasiones demasiado áspera, enfocada quizás en exceso en esta velada a la proyección, su presencia escénica hace que sus intervenciones no tengan prácticamente vértices, pese a ser un rol que exige tanto expresión y potencia como sutileza y gestión en los legati.

Luciana D’intino se mostró como una Azucena segura en sus registros agudos, perlados, pero con un alarmante contraste en el paso al registro grave, con seguridad unos de los pasos más bruscos y artificiosos que he escuchado nunca en un teatro. Jongmin Park nos deleitó un relato bien estructurado y trabajado, con una buena dicción encajada en un timbre sonoro. 

Si hace poco más de un año asistíamos al sesenta aniversario de la reapertura del teatro, tras su fatídico bombardeo, apuestas como la presente y la elección del próximo director artístico hacen presagiar un futuro con más sombras que luces, sin que haga falta lanzar ni siquiera un simple petardo.

 

 

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