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Petrenko Berliner

La tierra y el cielo

Berlín. 22/03/2017. Philharmonie. Obras de Adams, Mozart y Tchaikovsky. Berliner Philharmoniker. Georg Nigl, barítono. Dir. musical: Kirill Petrenko.

Apenas año y medio después de su designación como próximo titular de la formación para suceder a Simon Rattle y tras sólo tres programas de concierto anteriormente al frente de esta misma orquesta, Kirill Petrenko regresaba a la Philharmonie. La expectación era máxima, con sólo dos conciertos, localidades agotadas hace meses y todas las miradas puestas sobre esta ansiada cita. El éxito ha sido rotundo e incontestable: Berlín a los pies de Petrenko, Petrenko a los pies de Berlín. La Filarmónica de Berlín ha vuelto a acertar. Con Kirill Petrenko estamos sin duda ante un coloso que toca el cielo pero con los pies en la tierra. El encuentro entre ambos puede deparar uno de los episodios más felices para la música clásica en mucho tiempo.

Al lado de dos obras totémicas de Mozart y Tchaikovsky, la Sinfonía Haffner y la Patética respectivamente, no parece casual que Kirill Petrenko escogiera una singular pieza de John Adams, The Wound Dresser (algo así como "El curador de heridas”), un monólogo sobre versos de Walt Whitman donde éste revive su tiempo como voluntario en un hospital de campaña en la Guerra de Secesión. Un texto que habla de la desolación y que Adams compuso en un momento singularmente difícil de su biografía, cuando su padre padecía los estragos del Alzheimer y cuando algunas de sus amistades sufrieron el deterioro causado por el VIH. Estrenada en 1989, era la primera vez que la Filarmónica de Berlín interpretaba esta partitura de John Adams quien, por cierto, es el compositor residente invitado por la orquesta durante esta temporada. Acompañando al barítono Georg Nigl, también en su debut con esta orquesta, Kirill Petrenko desgranó una lectura de sobrecogedora quietud, de una desolada intimidad.

La pieza llenaba de pesadumbre la sala, predisponiendo los ánimos para la Sexta de Tchaikovsky y apaciguando la exaltación tras una brillante recreación de la Sinfonía no. 35 de Mozart. Compuesta en 1782, aunque estrenada en Viena un año después, siempre se ha visto en esta partitura un sesgo liberador, un punto triunfal, como si Mozart quisiera expresar aquí la libertad conquistada tras romper sus vínculos, más bien ataduras, con Salzburgo. El Mozart de Petrenko es un prodigio, pura filigrana, una virguería. Fogoso, equilibrado, marcado, sutil, vivaz, preciso, fogoso, liviano… Como siempre en su hacer, Petrenko demuestra una capacidad apabullante para conjugar un enfoque analítico y detallista con una recreación teatral y por momentos hedonista, puro disfrute, el placer mismo de hacer música, en una conexión evidente y más que bienvenida con los atriles de los filarmónicos, tocando juntos el cielo.

Ya en la segunda parte Petrenko bajaba a la tierra, mirando a sus raíces rusas, enfrentándose a una obra emblemática y tantas veces maltratada en lecturas gruesas y superficiales. La Patética de Tchaikovsky es una obra desoladora: alberga dentro tanto sufrimiento, un padecimiento tan hondo y lacerante. La interpretación de Petrenko fue estremecedora, sin paliativos. Y es que una vez más Petrenko demuestra un talento inaudito para mostrar cualquier obra como si se tratase de un estreno mundial. Verdaderamente su batuta crea, no recrea. Es algo antes nunca visto. Asoman en el hacer de Petrenko ecos de los más grandes, de Kleiber a Furtwängler, de Celibidache al mejor Karajan. Imaginación, valentía, un medido vértigo, capacidad para gestionar el riesgo, una ambición cabal. 

Su Tchaikovsky agitaba la respiración y conmovía el espíritu; una auténtica conmoción que sugería un llanto inevitable por momentos, con un permanente nudo en la garganta. La Filarmónica de Berlín respondía con un sonido virtuoso, nunca exhibicionista; tanta es en ellos la perfección como la expresividad. Petrenko frasea con enorme imaginación, descubriendo giros impensados, espoleando a la orquesta hasta sus límites, dondequiera que estén estos en un conjunto como la Berliner. Y en mitad de la honda contundencia de esta Patética, un inesperado halo de esperanza, un feliz y macabro hallazgo, los ojos encendidos de Tchaikovsky, conforme se apagaba el latir de su corazón. Contundente, sutil, un lamento que mira al cielo sin quererse separar de la tierra.

* Pueden recuperar estos conciertos en el Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín

 

 

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