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  • Foto: Peter Adamik
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El límite es uno mismo

Berlín. 09/01/2016. Philharmonie. Chausson (Poeme de l´amour et de la mer), Debussy, (Danses pour harpe et orchestre d´instruments à cordes), Fauré (Requiem). Orquesta Filarmónica de Berlín. Sophie Koch (mezzosoprano), Christiane Karg (soprano), Adrian Eröd (barítono), Marie-Pierre Langlamet (arpa). Rundfunkchor Berlín. Filarmónica de Berlín. Dirección musical: Christian Thielemann.

Mucho se ha discutido sobre la capacidad de Christian Thielemann para mostrarse diestro fuera de sus dominios más familiares, esto es, el repertorio romántico alemán, de Weber a Strauss pasando por Brahms, Wagner y Bruckner, singularmente. Thielemann ha confesado una mezcla de pereza y desidia por la obra de Mahler. Su Mozart es casi anecdótico, aun cuando podría ser referencial. Y sus incursiones fuera de estas coordenadas, ya sea en el repertorio italiano (en 2015 con Cavalleria rusticana y Pagliacci en Salzburgo, en 2014 con Simon Boccanegra en Dresde), ya sea con el repertorio francés, se cuentan a menudo como experimentos no fallidos pero sí de regusto desigual. Es por esto que me sorprendió para bien la general y no impostada adecuación de su batuta para el programa con obras de Chausson, Debussy y Fauré que presentaba con la Filarmónica de Berlín el pasado fin de semana. Es cierto que estamos ante una trilogía de autores que compuso su obra, en buena medida, mirándose en el espejo de la herencia wagneriana, que es por donde Thielemann encauza su lectura, haciendo del dinamismo y el color las claves de su abordaje. Habida cuenta del espléndido resultado, parece obvio que no hay más límite que el que uno mismo se marca y determina.

El plato fuerte de la velada fue el Requiem de Faure, en una personalísima versión de Christian Thielemann, que lo despoja de todo almibarado remedo del romanticismo francés más conspicuo para traducir su partitura en una clave mucho más germana y quizá en cierto modo también más universal. No hay en su enfoque ningún exceso de aparatosidad, aunque sí hay esporadicos acentos más monumentales y trágicos. La obra en cuestión es ciertamente sui generis, con ese final cargado de esperanza, lejos de la idea más trágica y tremendista, casi tenebrista, que otras misas de Requiem presentan. No hay aquí la inquietud de un Verdi, el recogimiento de un Brahms. Aquí la clave está en la elevación, en un ascenso vaporoso a los cielos que la batuta de Thielemann supo traducir muy bien en consonancia con unas cuerdas de la Filarmónica de Berlín (gloriosas las violas) que parecían acariciar y sostener la partitura antes que ejecutarla. 

Cabe la duda en todo caso de si el enfoque de Thielemann es fiel al espíritu de la obra, por lo antes apuntado acerca de la reluctancia que hay en Fauré hacia cualquier tremendismo al modo de la religiosidad clásica de otros Requiem. Sublime en verdad aquí la intervención de la soprano Christiane Karg, jugando con la emisión a placer, modulando una y otra vez con soltura y acentuando con transido verbo pero sin la menor afectación. Menos firme en cambio la voz de Adrian Eröd, un tanto venido a menos desde sus mejores tiempos, aunque solvente sin duda en su servicio a la partitura, más por oficio que por el margen que le dejan sus medios.

Dirigiendo tanto esta obra como la de Debussy con las manos, sin batuta, fue en verdad sobresaliente la comunicación de Thielemann con el coro de la Radio de Berlín. Tanto coro y orquesta demostraron su genialidad y virtuosismo a lo largo del concierto, habida cuenta de la limpieza y precisión de cada uno de sus ataques, concisos, equilibrados y dúctiles. En suma, un Requiem primoroso, más personal que canónico, pero apoyado por el virtuoso respaldo de una orquesta y un coro excelsos.

En la primera parte Thielemann nos había ofrecido dos piezas de indudable interés, sobre todo en el caso de la primera, el Poeme de l´amour et de la mer op. 19 de Ernest Chausson, que anteriormente se había interpretado dos veces tan sólo en la programación de la Filarmónica de Berlín: en 1988 con Ann Murray y Riccardo Muti, y en 1998 con Waltraud Meier y Mariss Jansons. Thielemann enfoca la obra como una suerte de Wessendonck Lieder a la francesa, en los que incluso a pesar de su propia batuta se dejaban escuchar de tanto en tanto sonoridades de regusto mahleriano. Sophie Koch demostró una genuina adecuación al estilo, aunque en su caso el timbre paga cada vez más el peaje del paso del tiempo, con un tercio agudo un tanto agrio y descolorido, que no resuelve ciertamente con facilidad. El centro asimismo ha perdido tersura, de modo que su hacer se sostiene sobre todo por la canónica acentuación y el limpio fraseo, si bien algo distante, demasiado introspectiva y un punto lánguida (bellísimos en todo caso algunos pasajes, como “le temps des lilas”)

Con Marie-Pierre Langlamet como solista, la primera parte se cerraba con las Danses pour harpe et orchestre d´instruments à cordes de Claude Debussy. Langlamet es a la sazón la arpista principal de la Filarmónica de Berlín, a donde llegó entre otras cosas habiendo pasado una larga temporada como arpista titular en el foso del Metropolitan de Nueva York. La pieza coquetea con resonancias orientales, en una orquestación casi miniaturista, que encontró por fortuna el buen hacer del mejor Thielemann, mimando el gesto, buscando la complicidad, atento a la sutileza y al pequeño detalle antes que al gran fresco, que aquí de hecho no cabía recrear.

 

 

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