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Florez Real 2017

La evolución del tenor

Madrid, Teatro Real. 13/06/2017. Obras de Cimarosa, Mozart, Rossini, Leoncavallo, Puccini y Verdi. Juan Diego Flórez, tenor; Christopher Franklin, dirección; Orquesta titular del Teatro Real.

A su derecha, la concertino solloza de la emoción y aguanta como puede las lágrimas, marcando el ritmo con el arco para no perder el control. A la izquierda, en la primera fila del patio, Núria Espert atiende fascinada su canto, con los ojos también vidriosos. Estamos en los bises de un concierto extraordinario. Es Juan Diego Flórez cantando “Solo le pido a Dios”. Una pieza popular de esas que los cantantes líricos suelen destrozar a fuerza de medios excesivos y que, en su garganta, emotiva y conmovedora, iniciaba la despedida de una noche llena de fenomenales sorpresas. 

A pesar de las buenas críticas en otras ciudades, uno no sabía bien qué esperar del atípico y variado programa que Flórez lleva paseando por medio mundo desde hace unos meses. Está claro que después de hacerse el amo incontestable del canon rossiniano, el peruano busca nuevos horizontes, un repertorio más pesado y dramático, un cambio de tenor ligero a lírico. Parece que la jugada no ha podido salirle mejor.

El pasado. La primera parte del programa representa de algún modo el mundo que Flórez está abandonando. El de un bel canto más ligero y acrobático. Las facultades siguen ahí, pero ya desde su primera intervención con “Pria che spunti…” de Cimarosa se reveló la evolución en su voz. El buen gusto en el canto, la vocalización impecable y la continuidad de los tres registros permanecen intactos, pero la emisión es ahora más carnosa, de mucho mayor cuerpo. Tras eso se adentró en un Mozart acrobático, superando las coloraturas del aria de Belmonte y exhibiendo un fiato eterno, para pasar a la bravura de los vertiginosos saltos de Mitridate. Aunque técnicamente se le pueden hacer pocos reproches -algún sobreagudo descolocado-, fue la parte de la velada donde se le notó más incómodo, hubo cierta falta de musicalidad. Una vez más, se demuestra que Mozart tiene sus propias exigencias.

El festival vocal llegó con Rossini. Su Almaviva, con “Ecco ridente”, fue sentido y bellamente cantado sobre el aliento en la parte lenta y se movió con frescura y agilidad en la zona alta de la cabaletta. Para acabar la primera parte y como anuncio de lo que estaba por venir más adelante, el “Che ascolto” de Otello; los agudos prodigiosos, llenos del brillo habitual y magistralmente colocados, estuvieron reforzados por una potencia y un profundo sentido dramático desconocidos hasta la fecha.

El futuro. El corazón de algunos críticos malvados alberga el deseo de ver cómo los grandes se estrellan al abordar un nuevo repertorio. Es la oportunidad perfecta para ese “te lo dije” que tanto nos gusta. Flórez, no dio la más mínima oportunidad para tal vileza. Tres canciones de Leoncavallo interpretadas impecablemente a lo verista, a modo de hazaña, nos dieron una buena pista de dónde están ahora sus límites.

La “Gelida manina” de La Bohème marcó seguramente la cima de la noche: dulzura en las medias voces, dicción canónica, dominio de las dinámicas y, por supuesto, exhibición de raza con el famoso do de pecho de la “esperanza”, afinado, potente y de bellísimo color. Todo ello recuperando una suavidad en la línea de canto, que se había abandonado en las piezas anteriores, y soportando el empuje de la orquestación pucciniana. Si alguna vez hemos afirmado que la voz de Flórez es bella, pero pequeña y ligera, el argumento es ahora totalmente obsoleto.

Para terminar, el bloque de Verdi, del que cabe destacar su Alfredo, que apunta a que ya está preparado para su estreno en La Traviata y, como anécdota, la naturalidad de Flórez: tras atacar malamente el do final, decidió enjuagarse la boca y, con humor, repetirlo para no manchar una sección memorable.

El delirio. Como un torero por la puerta grande, Juan Diego abandono la formalidad del programa -fuera la pajarita- para adentrarse en unos bises en comunión con el respetable, ya rendido a sus pies. Armado tan solo con una guitarra, unos acordes básicos y enormes dosis de alma, emocionó con las piezas populares latinoamericanas, respetando su sencillez, conteniendo los medios vocales y, como se ha dicho, haciendo sollozar a una buena parte de la sala. Los imprescindibles y penetrantes nueve dos sobreagudos “para mis amigos” y una “Granada” con tintes épicos cerraron uno de los mejores recitales de la temporada, abriendo las puertas a todo un nuevo universo lírico en el que queremos ver triunfar a Flórez, esperemos que muy pronto.

 

 

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