© Javier del Real | Teatro Real
Todo sobre su madre
Madrid. 11/12/2025. Teatro Real. Georges Bizet: Carmen. J’Nai Bridges (Carmen), Michael Fabiano (Don José), Miren Urbieta-Vega (Micaela), Luca Micheletti (Escamillo), Natalia Labourdette (Frasquita), Marie-Claude Chappuis (Mercédès), Lluís Calvet (Le Dancaire), Mikeldi Atxalandabaso (Le Remendado), Toni Marsol (Moralès), David Lagares (Zuñiga). Eun Sun Kim, dirección musical. Damiano Michieletto, dirección de escena. Eleonora Gravagnola, directora de escena asociada. Coproducción de la ROH, Teatro Real y Teatro alla Scala.
Producción anticlimática la de esta Carmen en el Teatro Real, en la sombra alargada de la de icónica puesta en escena de Calixto Bieito, con resultados musicales francamente irregulares. Esta nueva coproducción de Carmen, nada más y nada menos que con dos teatros de primera linea como son la ROH de Londres y el Teatro alla Scala de Milán, con la firma de Damiano Michieletto en la dirección de escena y con la musical por la directora Eun Sun Kim, se queda en un agua de borrajas para un título que merece mucho más. Sobre todo en este 2025, año en el que se celebra el 150 aniversario del estreno de esta obra maestra de la lírica, razón por la que se ha programado.
Aquello de "el orden de los factores no altera el producto" aquí se podría cambiar por la frase "la suma de los factores no mejora el producto". La dirección de Michieletto, demasiado arbitraria en su búsqueda de un personaje, la madre de Don José, o la madre de Carmen, porque realmente no queda claro. Una especie de Bernarda Alba que va apareciendo puntualmente a lo largo de la ópera casi como un espectro que preanuncia el macabro final. Un añadido que no enriquece la historia ni la clarifica, se usa y abusa como factor clave en el devenir de un destino del que todos conocemos el final. Dos iconos demasiado potentes, una Carmen y una Bernarda Alba que aquí juntas no suman.
Las elogiosas imágenes que pueden hacer pensar en la producción de Bieito, recordemos, la producción de Carmen más repuesta en el mundo y la más popular de la historia del s. XX, no dejan de quedarse en un pálido recuerdo. Una referencia que queda desdibujada en una iluminación fría y distante, que aleja a los personajes del público y los transforma en clichés, en marionetas a medio camino de no se sabe muy bien qué.

Carmen, gitana y alma libre, parece un vulgar descarriada, con una sensualidad limitada y un carisma basado en una dirección de actores que parece conformarse con una femme fatale poligonera de instintos bajos, más zafia que digna, más escapista que reivindicativa.
Don José se muestra como un alma atormentada bajo la sombra de las mujeres que lo quieren controlar: su madre, Carmen, Micaela…la regié parece exculpar su inmadurez en el trato femenino como si fuera otra víctima más de las circunstancias, incidiendo en una visión infantilizada de un maltratador de mujeres además de asesino confeso.
Micaela se revienta como una activista sectaria, una ultrarreligiosa de aspecto conservador, feísta y torpe, a la que se le extirpa toda su musical dignidad convertida en un monigote teatral.
Y por último, Escamillo, un torero héroe de una sociedad suburbial que aparece como un fantoche folklórico, vestido de amarillo pollo y que cae en una caricatura superficial, una excusa amorosa como adorno teatral de una heroína de extrarradio.
Es cierto que la estética, abierta y circular de la escenografía de Paolo Fantin, puede tener su atractivo, pero ni el vestuario setentero de Carla Teti, que parece sacado de una tienda de Humana en rebajas, ni los efectos lumínicos de Alessandro Carletti, de resuelta estética cinematográfica pero distante y saturada, ayudan a una producción donde prevalece lo anecdótico frente a lo esencial.
Carmen es una ópera demasiado conocida, demasiado presente en el inconsciente colectivo del público. Aquí se quiere reinventar con una estética de cine de barrio tamizado en el universo de Torrente, pero se queda en una lectura a medio camino, donde el concepto flota en una superficie banal, y no resuelve ni revienta el icono universal femenino de la protagonista, al que quiere adornar con una estética vintage de tienda a precio de saldo.
La dirección musical de la surcoreana Eun Sun Kim, la que fue la primera mujer en dirigir una ópera al podio en la historia del Teatro Real de Madrid con Il viaggio a Reims (2010), volvía por la puerta grande con una actividad ferviente de compromisos a sus espaldas y como estelar titular de la San Francisco Opera. Su férrea lectura y concepto musical se muestra desde el inicio, con los primeros compases, en un tempo furioso, más atropellado que efectivo. El uso de las dinámicas, ora radicalmente rápidas, en un quinteto que es ya de por sí un fast & furious musical siempre complejo de cuadrar, pasando por un preludio al acto IV de letárgico preciosismo decadente.
La respuesta de la Orquesta Sinfónica de Madrid, se plega de manera admirable, donde los tutti rozan la saturación, a pesar de las perlas solistas en los momentos de mayor intimidad lírica. Pero el principal escollo es en el acompañamiento vocal a los solistas, donde el uso de un tempo más cerebral que fantasioso obliga a las voces a un canto métrico y cuadriculado, donde la respiración y la fantasía de las melodías se tornan mecánicas y faltas del aliento lírico que las caracteriza. Un tour de force que cada solista solventa como puede, luchando con un foso que tiende a taparlos. El coro Intermezzo tuvo un sorprendente y gratificante resultado, pese a las adversidades de lo abierto de la producción y una batuta más sinfónica que operística.
Con este panorama más limitante que estimulante, la Carmen de la mezzosoprano estadounidense, J’Nai Bridges, debut en el Real y su primera cigarrera gitana en España, mostró un estilo adecuado con un instrumento correcto pero falto de pulposidad. Supo aportar cierta sensualidad a su protagonista por encima de la frialdad de la regie, tuvo la química necesaria con el Don José de Fabiano y cerró una actuación de aceptable empaque en su dúo mortal final. El instrumento no es especialmente poderoso ni llamativo, pero controla con solvencia una ajustada emisión con un fraseo correcto. Una protagonista resolutiva en medio de las circunstancias.

Hay que reconocerle al tenor de Nueva Jersey, Michael Fabiano, una construcción del personaje al límite de la cordura y con una progresión hacía la locura y desesperación de efectista resultado. El problema es que estilísticamente la voz tendió al grito, con efectos de verismo adulterado, confundiendo la siempre delicada linea de canto francesa con una especie de Canio en las antípodas de estilo francés de lirismo refinado. La voz es sonora, la proyección adecuada, pero el uso y abuso de los sonidos en forte y abiertos le restaron elegancia y sobre todo atractivo sonoro.
De preciosista canto, estilo y presencia la Micaela de la soprano donostiarra Miren Urbieta-Vega. El timbre dulce, la proyección y emisión homogénea, de grato fraseo y con una expresión siempre adecuada y con búsqueda de colores y matices. Fue la cantante que mejor se plegó al embrollo escénico y musical, con la dignidad de las artistas honestas que buscan siempre la emoción en el canto.

El Escamillo del barítono italiano Luca Micheletti, debut en el Real, cumplió con un instrumento más ligero y claro para la oscuridad que necesita este rol, ideal para los bajo-barítonos. El timbre es fresco y el canto extrovertido, quizás el color algo genérico, pero asumió este ingrato rol con una suficiencia más que admirable.
Entre los secundarios convenció el estilo y gracilidad vocal del Dancaire del joven barítono catalán Lluís Calvet, en su debut escénico en España. Una voz lírica, elegante en el fraseo y de expresión noble que apunta un futuro a seguir. Pizpireta, chispeante y comunicativa en un canto refrescante la Frasquita de la soprano madrileña Natalia Labourdette, bien empastada con la oscura tímbricamente Mercedes de una Marie-Claude Chappuis algo impersonal. Veteranía y seguridad en el Morales de Toni Marsol, presencia y profesionalidad en el Zuniga de David Lagares y con esa luz vocal afilada y llamativa el Remendado del siempre ilusionante tenor vasco Mikeldi Atxalandabaso.
Un reparto alternativo solvente y variopinto para una producción demasiado irregular capitaneada por una batuta a la que le faltó imaginación y fantasía.
Fotos: © Javier del Real