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Carmen Aix DOustrac Fabiano 

Un clásico deconstruido

Aix-en-Provence. 06/07/2017. Festival d´Aix-en-Provence. Bizet: Carmen. Stéphanie d´Oustrac, Michael Fabiano, Elsa Dreisig, Michael Tood Simpson. Dir. de escena: Dmitri Tcherniakov. Dir. musical: Pablo Heras-Casado.

Toda crítica es subjetiva. Es un principio básico que no deberíamos olvidar a la hora de leer el comentario de cualquier evento cultural, deportivo o de otro tipo. Y por supuesto a la hora de hablar de una representación operística. Y más aún en el caso que nos ocupa, la Carmen que el director de escena Dmitri Tcherniakov presenta este año en el festival de Aix-en-Provence. Porque el regista ruso no se limita a dar su versión personal de la celebérrima obra de Bizet sino que la manipula, transforma y deconstruye (término un poco demodé desde el punto de vista gastronómico, pero que se adapta perfectamente para explicar lo que pasó el pasado 6 de julio en el Gran Teatro de la Provenza) y lo hace para “parir” otra Carmen, aún diría más, no otra “Carmen”, si no un “Don José”. Intentaré explicarlo.

Todo aquello que suele rodear a Carmen (Sevilla, tipismo, testosterona, clichés) desaparece ante un escenario que representa una gran sala llena de sofás y mesas, y donde se nos presenta (todo antes de comenzar la ópera propiamente dicha) a una pareja pudiente buscando solución a la falta de pasión e interés en la relación por parte del hombre. El psiquiatra, pues se trata de una clínica, practica una innovadora terapia: a través de un personaje de ópera, de una ópera completa representada por actores contratados por el propio establecimiento, el paciente se enfrenta a sus problemas y el revolucionario desarrollo de la acción (desvinculada de su esencia y reducida a arquetipos que enfrenten al enfermo con su trastorno) desembocará en la asunción del meollo central de la personalidad del personaje operístico y el éxito del tratamiento. Realizados estudios previos, el psiquiatra determina que ante la apatía conyugal del esposo que mejor que asumir la pasional y desenfrenada personalidad de Don José, de la ópera Carmen.

Desde ese momento, con los primeros compases del preludio, la ópera se desgaja de la realidad que todos conocemos y es un simple y bello instrumento para que el nuevo Don José contemple como es su vida (sosa y aburrida en el cuartel, con poco interés sexual pese a los  intentos libidinosos  de Carmen, crispante con Micaela (la esposa del paciente, que primero no participa en la terapia pero visto el cariz sexual que impone el guión con la atrevida cigarrera por medio, decide formar también parte del elenco). Incluso aparece un contrapunto potentemente masculino, el torero Escamillo interesado por Carmen, a ver si el paciente empieza a sentir, por contraposición, algo semejante al interés por alguien con tanto atractivo como la liberal gitana. Y vaya si surge. La terapia, junto a la ópera, sigue su curso, pero el espectador (sorprendido por varios giros que el montaje teatral-terapeútico depara al paciente) es consciente que efectivamente Don José cambia. Empieza a sentir atracción por ese personaje sensual pero a la vez tierno y sobre todo libre que es Carmen. Se olvida que es parte de una representación por la que ha pagado para solucionar sus problemas conyugales y la comezón y el deseo por esa mujer va en aumento. Carmen, la actriz, se da cuenta que el paciente está yendo más allá de lo deseado y que no se está curando si no que está pasando de la apatía a una pasión patológica, y quiere parar la farsa pero el terapeuta lo impide, la acción debe continuar. En el último acto, en un giro magistral, todo parece volver a empezar. Los gestos y escenas del acto de la Tabacalera se solapan con los de la entrada al Maestranza. La terapia quiere demostrar que todo es falso y vacuo y que el paciente, después de sentir la arrebatadora pasión puede volver al mundo real, ya curado. Pero para Don José, o el burgués que es Don José, ya está todo perdido. Los celos, esa tara que marca al soldado navarro desde el estreno de la obra, se han adueñado de él. Ni la dolorida lástima de la actriz Carmen ni el desconcierto de la esposa - Micaela lo salvan. Pese a las triunfales muestras de éxito de los terapeutas, la auténtica ópera ha vencido, pero ya no se llama Carmen, se llama Don José.

Y aquí empiezan las divergencias. Comprendo todas las opiniones que se den sobre esta propuesta. Yo daré la mía. Me convenció. Me pareció un trabajo inteligente, increíble, exhaustivo y con una perfecta dirección de actores, sin más apoyos: ni proyecciones, ni luces especialmente llamativas, ni escenografías impactantes. Simplemente puro teatro. Un teatro dentro del teatro que a mi me llevó a plantearme el papel de un personaje tan antipático como el de Don José. Tcherniakov lo humaniza, lo acerca a nosotros (quizá al precio demasiado alto se podrá pensar de apartar a Carmen, la dueña de la ópera) y hasta nos hace quererlo. Una deconstrucción para crear algo nuevo. ¿Tiene derecho a cambiar un clásico para hacer un plato de nueva cocina? A mi me parece que sí, porque hay coherencia y no me parece mero capricho de regista. Opiniones habrá para todo.

Demasiadas líneas para mi gusto (aunque eran necesarias, creo) para hablar de la puesta y no centrarnos en la música. Y eso sigue siendo lo más importante. Y aquí lo fue porque, creo no equivocarme, director de escena y musical tenían una conexión clara. Pablo Heras-Casado firmó un trabajo brillante, de mucho nivel. Creo que se tiende a pensar que un director español entenderá mejor Carmen y el toque de la pandereta y la marcha del toreador será más auténtica. Heras-Casado huyó de eso. A los españoles nos hace gracia lo folklórico de Carmen pero no somos así. El director granadino no olvidó lo castizo pero centró sus esfuerzos en buscar los detalles más líricos y profundos de la partitura, para enlazar con el esfuerzo del regista en buscar la esencia de Don José. Atentísimo a foso y escenario, controló ambos espacios sin que uno dominara al otro, siendo un auténtico mago en desgranar una partitura que tiene más fondo de lo que pensamos. Aún así estoy seguro que llegará a lecturas aún más personales de estas notas con las que se le ve mucha afinidad. Impecable la Orquesta de París que cumplió sobradamente con unos pentagramas que forman parte del acervo cultural francés.

Todo el planteamiento de la representación no serviría para nada sin unos cantantes, sin un coro, sin unos figurantes, que lo dieron todo en el escenario. Stéphanie d’Oustrac cedió protagonismo actoral pero no vocal. Poseedora de un timbre de gran belleza, con seguridad en toda la tesitura aunque le falte la opulencia en el grave que lucen otras Cármenes, cantó todas sus partes con clase y solvencia. Aunque su famosa Habanera no lució como debía, no por ella si no por las exigencias del regista, estuvo maravillosa en las seguidillas y en su aria del tercer acto. Una gran actuación. Michael Fabiano no comenzó muy seguro su intervención, quizá también obligado a mostrar esa inseguridad que su personaje demanda, pero poco a poco fue afianzándose y demostrando toda su valía. Destaca su una potencia vocal envidiable, un fiato espléndido y un agudo restallante aunque casi siempre el apoyo para subir a él resulte un poco inseguro. Defendió con seguridad esa joya de aria que es “la fleur que tu m’avais jetée” pero donde se ganó completamente al público fue en el cuarto acto. Simplemente estuvo arrebatador, entregado, pasional. Pocos Don Josés he visto en esa escena con la entrega que mostró ayer Fabiano. Bravo. Con voz bien timbrada, agudo fácil casi siempre y excelente línea de canto la Micaela de Elsa Dreisig. Decepcionante el Escamillo de Michael Tood Simpson, el más flojo del cast, y que no sacó partido a su corta pero bella parte. Entre los excelentes comprimarios destacar la Mercedes de Virginie Verrez, una voz para no perder de vista. Perfecto, sin estridencias, ni volúmenes excesivos e innecesarios el coro Aedes y gracioso y cumplidor, aunque no estuviera en escena, el grupo infantil Maîtrise des Bouches-du-Rhône.

Hay cambios gastronómicos que se quedaron por el camino de la historia culinaria y otros que forman parte ya de nuestra vida cotidiana. Nunca morirá Carmen pero ¿ha nacido Don José? El tiempo lo dirá.

 

 

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