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Clemenza Glyndebourne Rittershaus 

Miradas al pasado

Glyndebourne. 03/07/2017. Festival de Glyndebourne. Alice Coote, Anna Stéphany, Michèle Losier, Clive Bayley, Richard Croft, Joélle Harvey. Orchestra of the Age of Enlightenment y Coro de Glyndebourne. Dir. de escena: Claus Guth. Dir. musical: Robin Ticciati.

Visitar el Festival de Glyndebourne es una experiencia que roza lo novelesco. Si el mundo de la ópera ya está construido sobre un cúmulo de tradiciones, aquí se le añaden las propias de lo más granado de la clase alta del Reino Unido. Praderas de esmóquines, pajaritas singulares, picnics de sillas plegables combinadas con copas de finísimo cristal, tartas de cereza, champán y una media de edad más alta que en ningún evento que recuerde, nos muestran en directo los restos de un mundo que creíamos prescrito. Pero, más allá de divertimentos antropológicos, hay algo que el festival debería ofrecer: una excelente representación de Mozart, fuera de toda duda. Es esta su razón de ser y, sin embargo, no ha sido este el caso en la producción que hoy nos ocupa.

Esta Clemenza de Claus Guth es uno de los tres estrenos de la temporada estival. El director alemán es uno de los creadores más reconocidos en la actualidad, que pasea sus producciones por los grandes teatros europeos. Recordemos que, por ejemplo, en Madrid hemos podido ver recientemente su Parsifal, su magnífica Rodelinda y que repetirá para abrir la próxima temporada con Lucio Silla. Guth nos muestra otra vez su particular lenguaje escénico, tan reconocible: los elementos arquitectónicos, la división del espacio en dos niveles superpuestos, las oportunas proyecciones y la conjunción de exteriores e interiores. Pero si en anteriores ocasiones habíamos visto una propuesta clara y bien ejecutada, esta Clemenza parece extraviarse una vez que se plantea la interesante idea inicial: la amistad infantil entre Tito y Sesto como origen de los conflictos de la trama. Hay imágenes sugerentes en esos interiores destinados a los entresijos del poder, o en esos exteriores poblados de trigo maduro donde se revive el pasado y se despliega el universo emocional de los personajes. Pero la apuesta no acaba de conectar con el drama interno de los protagonistas y, aunque los cuadros fascinen visualmente, una sensación de distancia y extrañeza domina la representación. 

En el plano vocal destaca por encima de todos el soberbio Sesto de la mezzo anglofrancesa Anna Stéphany. Posee muy notables competencias técnicas, pero lo más fascinante de esta cantante es en la total credibilidad con la que encarna un rol de pantalones. Los géneros se desdibujan en su actuación, dejan de ser relevantes. La combinación de las agilidades y ese control de las dinámicas tan femenino junto a una dicción eminentemente masculina se funden con una naturalidad como pocas veces hemos observado. 

Alice Coote no acaba de construir una Vittelia completa, funciona en los aspectos dramáticos, expresando una feroz ambición a través de su poderosa zona media y baja, pero no logra un convincente registro mozartiano, faltaría continuidad en la línea de canto y más delicadeza en el fraseo. Completa el trio protagonista el Tito de Richard Croft, empático y también solvente en los aspectos teatrales, con una finura algo trivial en lo vocal y tendencia a engolar en la zona alta. De entre los secundarios hay que destacar la emotividad y el precioso color de la voz de Michèle Losier como Annio; esta fue sin duda la tarde de las mezzos travestidas.

La Orchestra of the Age of Enlightenment a las órdenes del joven Robin Ticiatti ofreció una actuación enérgica de timbres añejos. Estuvo reforzada por la evocadora actuación de los solistas, una deliciosa interpretación en las maderas y un muy atractivo continuo –algo tan difícil de conseguir- nacido de la fusión del clave y el cello. El Coro de Glyndebourne se mostró vigoroso y rotundo como voz del pueblo, actuando con unas coreografías descaradamente inspiradas los trabajos Sellars –pensemos en un homenaje su insuperada Theodora en este mismo escenario hace ya dos décadas.

En definitiva, hay elementos interesantes en esta producción oscura y nostálgica que, con los cantantes adecuados y algunos retoques en la dirección de actores, puede generar ese acercamiento emocional que hemos echado de menos y alcanzar entonces todo su potencial. Algo que esperamos que ocurra en las próximas temporadas para que, entonces sí, merezca totalmente la pena una visita a este genial y extravagante reducto de otra época, el Festival de Glyndebourne. 

* Esta Clemenza di Tito está disponible on-line aquí.

 

 

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