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Connolly Schubertiada 2017 MartiArtalejo 

Palabra de Dickinson

Vilabertran. 24/8/2017, 21:30 horas. Canónica de Santa María. Schubertiada 25 años. Lieder de R. Strauss, A. Zemlinsky, H. Eisler, E.W. Korngold, A. Copland y B. Britten. Sarah Connolly, mezzosoprano. Malcolm Martineau, piano.

La mezzosoprano inglesa Sarah Connolly volvía a la Schubertíada después de su debut aquí en la edición del 2015. Presentaba un nuevo programa que estrenaba precisamente en Vilabertran y que llevará después al Wigmore Hall de Londres, entre otras prestigiosas salas. El programa bien se podría titular la evolución del lied en el s. XX pues comenzó con unos lieder de Richard Strauss para continuar con Zemlinsky, Eisler, Korngold, Copland y terminando con Britten. Un paseo intimista y colorista donde los diferentes estilos de los compositores engarzaron en una Liederabend llena de magia y sensibilidad. 

Connolly mostró su instrumento irisado, de agradable color de mezzo lírica, con un timbre de cálidos reflejos, registro homogéneo y buena proyección, pero sobretodo supo hacer brillar su gran atención al texto y la palabra, gracias a una dicción clara, un fraseo puntilloso y una medida expresividad. Sus tres primeros Strauss sonaron cuidados y elegantes. Al parecer cantaba estos lieder por primera vez en su carrera profesional, algo que no deja de sorprender habiendo cantado ya de Strauss papeles como el Compositor de Ariadne auf Naxos o el Octavian de Der Rosenkavalier

Liebeshymnus abrió la Liederabend con un tono expansivo y la voz de Connolly resaltó la belleza de sus registro grave en el lied Die Nacht, donde Malcolm Martineau vistió con atmosférica sabiduría un fraseo exacto y comunicativo. Pero fue con Sehnsucht, el último de los tres lieder iniciales dedicados a Strauss, donde la voz y el piano sonaron con mayor equilibrio y mejor compenetración. El final, acabando la hermosa última frase con un luminoso "ich liebe dich", se recogió desde las teclasdel piano de Martineau como un dulce susurro musical, inefable y preciosista.

El cambio de estilo con Zemlinsky y sus Sechs Gesänge nach Gedichtes von Maurice Maeterlick Op. 13 mostró a una Connolly concentrada y en cierto modo más austera expresivamente. Si en Die dei Schwestern o en Die Madchen mit den verbundeen Augen la voz fluyó con seductores resonancias y colores, el tono más contemplativo del Lied der Jungfrau y el carácter más intimista desde el piano de Martineau condujeron el ciclo a otro mundo más allá del tardorromanticismo finisecular, con sonidos que recordaron a Debussy y evocaron un canto más intimista, caso de Als ihr Gelibter schied o en Und kehr er einst heim

El tercer eslabón presentado en esta interesante y original primera parte lo finalizó con los Fünf Hollywood-Elegien de Hans Eisler. El carácter ecléctico, el humor irónico y el dinamismo de la obra no se acabaron de mostrar en una versión demasiado encorsetada por parte de Connolly. Le faltó incisión en el texto de Unter den grünen, flexibilidad e intenciones en Die Stadt o teatralidad en Jeden Morgen. Martineau estuvo atento al lenguaje colorista y cinematográfico de las piezas, pero no hubo aquí la misma química con Connolly, demostrada antes. De hecho el espíritu sinuoso de Diese Stadt y su final arisco o la fluidez vaporosa de In den Hügeln se percibieron mejor desde el piano, que robó aquí un tanto el protagonismo a una Connolly más impersonal. 

A pesar del difuso final de la primera parte con un Eisler al parecer todavía poco asimilado por parte de Connolly, el inicio de la segunda parte con los dos lieder de Korngold (no cantó un tercero anunciado, Gefasster Abschied) fue conmovedor. Sterbelied sonó casi declamado, susurrado con extrema dulzura por la mezzo que atendió a la canción de muerte con un tono contemplativo, con un canto íntimo y sereno, haciendo florecer el carácter crepuscular de manera irresistible. Aquí la compenetración piano-cantante fue total: respiración, color, sentimiento. Connolly deslumbró también con el segundo lied, Unvergänglichkeit op. 27 núm 5, otro Korngold que sonó resplandeciente, todavía con lo ecos románticos de un joven compositor que aún bebe de Strauss. 

Cual espejo del inicio de la primera parte, el cambio de carácter se produjo con una selección de seis de los Doce poemas de Emily Dickinson de Aaron Copland. Aquí la simbiosis entre palabra y música tuvo su cénit con una interpretación inspirada y catártica. Los poemas y el estilo característico de la poetisa Emily Dickinson tienen en las composiciones de Copland un reflejo musical de gran hondura cromática e hipnótico carácter sinestésico. Tanto el piano luminoso de Martineau como el color grave y colorista de Connolly enamoraron en una interpretación inolvidable. El telúrico inicio de Nature, the gentltest mother sonó a esa nana donde la naturaleza en la voz oscura y femenina de una mezzo se torna ideal instrumento de la madre tierra. Connolly deslizó su voz con majestuosidad, meciéndose en el tempo mágico del piano y declamando el texto de Dickinson con soberbia sensibilidad.

En contraste, las imágenes de vida y muerte de There came a wind like a bugle, sonaron vívidas y teatrales, con un canto expansivo y un piano cual campana de difuntos. La lluvia pareció presidir The world feels dusty, con un goteo expresivo y un canto cadencioso por parte de la mezzo, que lució tesitura en una canción que se ajustó a su voz como un guante. Su registro grave en la frase final And holy balms tuvo un hipnótico y reconfortante efecto sedante. De nuevo vino a la mente el universo de Debussy, como en la primera parte, con I’ve heard an organ, donde Copland parece insinuar la famosa pieza de piano La Cathédrale Engloutie y sumerge al oyente en un mundo onírico con la ayuda inestimable del texto de Dickinson. El control del volumen y capacidad de colorear el texto de Connolly se pudo comprobar aquí con la hermosa frase Yet held my breath the while, con un registro agudo que sonó luminoso y teatral, mostrando el dominio técnico y expresivo de una cantante de rotunda madurez interpretativa. El feliz guiño ‘alla’ Britten de Going to heaven, y su frescura vital frente a la muerte contrastó con el trascendente final de The Chariot. De nuevo la simbiosis Connolly-Martineau reinó para crear un final donde la palabra eternidad pareció suspenderse en el tiempo. El carácter cinematográfico de la música pareció cerrar con un fundido en negro una interpretación magistral.

¿Cómo continuar después de la grandeza conseguida con Dickinson/Copland? Si a priori era difícil mantener el nivel, Connolly supo cerrar la hermosa Liederabend con A Charm of lullabies, op. 41 de Britten, un compositor del que es una consumada especialista. Así de nuevo se pudo disfrutar de la unión perfecta y cohesión del instrumento vocal de Sarah y el piano de Martineau. Brillaron en la maternal y humana en A Cradle Song, relució la idiomática musicalidad de la mezzo en The Highland Balou, acertó con el aire de musical de Sephestia’s lullaby y profundizó en el macabro humor característico de Britten en A Charm. El final de The Nurse’s Song, casi a capella, mostró a un Sarah Connolly ensimismada con una pieza que sonó casi a espiritual negro, conectando Britten con el canto de un Gershwin o al Copland precedente.

En suma, una Liederabend original, fresca y apasionante que mostró la grandeza y el porte de una mezzo en estado de gracia para un repertorio recién estrenado que todavía brillará más en sus próximas citas. El fervoroso aplauso del público se transformó en dos preciosos Poulenc como bises finales.

 

 

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