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Entre la heterodoxia y la herejía

17/08/2025. Canònica de Santa Maria de Vilabertran. Florian Boesch (barítono), Malcolm Martineau (piano). Schubert: Winterreise.  

Si el Winterreise que Florian Boesch y Malcolm Martineau nos ofrecieron este domingo dio lugar a algún tipo de consenso sin duda este sería el de su originalidad. Nada más lejos de la rutina y nada más lejos de la ortodoxia. Desde que Martineau planteó el tempo de Gute Nacht, muy ligero, nada de lo que se vio y se oyó era convencional en absoluto. Ni la puesta en escena (Boesch construye un “personaje” bastante peculiar), ni las decisiones musicales y/o estilísticas, ni las características vocales de Boesch. Y en todas estas elecciones quedó claro que Boesch y Martineau iban de la mano como un solo hombre. Hacía falta que fuera así puesto que el enfoque interpretativo de Boesch se basa (sobre todo en la primera parte de la obra) en una serie de libertades musicales que el pianista tiene que secundar. Este trabajo conjunto se produjo ya hace tiempo y, de hecho, Boesch y Martineau ya grabaron esta obra anteriormente. Por lo tanto Martineau permanece perfectamente orientado en medio de una auténtica cascada de cesuras más basadas en el texto que en la partitura, cambios de tiempo (solo en Gute Nacht hubo ya varios de ellos) y otros giros propios de una interpretación extremadamente personal.

Las audacias de Boesch se concentraron sobre todo en la primera parte, en que la libertad de la lectura llegó a cotas sorprendentes particularmente en Erstarrung. Pero no tienen que ver solo con la lectura heterodoxa (incluso herética) de la partitura, sino también en su actuación como narrador, la expresión desquiciada, las mirades fijas y la inestabilidad emocional que andaba de la ironia a la altanería o la agresividad. Este tipo de enfoque se vinculaba al estilo canoro de Boesch mediante una cierta tendencia a buscar un registro próximo al recitativo, apuesta que a su vez explica la extrema libertad rítmica de la ejecución. Todo ello, para cerrar el círculo, encaja con las características vocales de Boesch, muy alejadas (a diferencia de Ferran Albrich en la noche anterior) de la ortodoxia liederística por cuanto tiende a desapoyar sistemáticamente  los piani (que es precisamente el elemento de virtuosismo más característico de los grandes liederistas) y en cambio destaca poderosamente en la declamación en forte.

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Así que en cierto modo Boesch hizo de la necesidad virtud, evitó la sombra de Fischer-Dieskau, Hotter, Prey y Goerne, y planteó la obra con sus armas, un gran compromiso y no menos valentía. El resultado puede ser perfectamente lanzado a las llamas del infierno o aplaudido con entusiasmo como, de hecho, lo fue. Pero no da lugar a la indiferencia. El que conozca bien la obra (y en un contexto como Vilabertran no serían pocos) habrá vivido con angustia esas enigmáticas suspensiones del tiempo, ese abandono del apoyo, esas oscilaciones del tiempo sin apoyo alguno en la partitura. O lo habrá vivido con interés. Así es como lo vivió un servidor y al parecer la mayor parte del público allí presente que mostró su aprobación con bravos.

Si hay que embarcarse en semejante aventura más vale hacerlo con un marinero experto y valeroso. Malcolm Martineau es ese personaje. Un pianista que tocara la obra por primera vez con este cantante y la única ayuda de la partitura, por muy virtuoso que fuera, tendría graves problemes para seguir a Boesch. Aun habiendo trabajado la obra conjuntamente a fondo el asunto requería gran concentración. La exhibición de Martineau en este sentido fue memorable. Y la ejecución de alguna canción (Rückblick me viene a la memoria) verdaderamente antológica.

Las decisiones estilísticas de Boesch y Martineau son muy discutibles, incluso desechables en algunos casos. Pero cuando una obra es interpretada tan recurrentemente como Winterreise, cuando la cantidad de grabaciones a nuestra disposición es tan ingente, la ortodoxia puede llegar a resultar aburrida. Y si ciertas excentricidades se proyectan desde una autenticidad expresiva tan alejada de cualquier forma de rutina uno tiene la sensación de no haber perdido el tiempo en absoluto ni haberse aburrido en ningún momento. Y eso no es poca cosa.

Fotos: © Àngel Reynal