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Muerte y Politiké

Madrid. 22/09/17. Auditorio Nacional. Temporada 17-18 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Obras de Beethoven y Fauré. Christiane Karg, soprano. Andrei Bondarenko, barítono. Orquesta y Coro Nacionales de España. David Afkham, director.

En estos días de incertidumbre en que se ha escuchado y leído – tantas cosas se han dicho y escrito - en infinidad de ocasiones que la música y la política no deben ir ni nunca han ido de la mano - ¿perdón? –, surge un Beethoven, como siempre soberbio, para exponernos la realidad. Qué hubiese sido de Monteverdi, de Haendel, Mozart, Beethoven, Verdi o Shostakovich… de todos los grandes, sin la politiké: “de, para o relacionado con los ciudadanos”. Quizá sí, convendría hablar de politiké y no de política, en todo caso. Y es que la música ha bebido, ha surgido siempre de lo social, ¡como todas las Artes verdaderas! ¡Acción, reacción, revolución! Afirmación o negación de aquello que la generaba… y díganme si hay alguien más revolucionario en la música que Beethoven. Egmont, Wellington, su Heroica y Napoleón o la Quinta (“No es música, es agitación política”, en palabras de Harnoncourt).

Con todo ello nos encontramos con el Concierto para violín del alemán, una obra que no gustó al público, a la sociedad de su estreno y que durmió el sueño de los justos durante décadas hasta que empezó a ser rescatada por Mendelssohn. En música, como en política, es necesario saber de dónde se viene para saber a dónde se quiere llegar. David Afkham creó una atmósfera que arrancó “desde arriba”, donde se echó de menos un mayor progreso inicial. No es su batuta contemplativa en los tempi, se entiende que las recreaciones llegarán con el tiempo. Así lo demostró la semana pasada con el Mahler inaugural de la temporada de la Orquesta Nacional, con un Larghetto que apenas sobrepasó los nueve minutos de “amor”; y así lo demostró en un Beethoven muy medido, en las mismas formas que el violín solista de Frank Peter Zimmermann, conciso, pulcro, justo, de estupenda factura en la coda del primer movimiento . Mayor vuelo en ambos, una pizca de legato y mayor magia en el fraseo, un poco de revolución propia, no se hubiesen echado de más. Un Beethoven justo y válido, con momentos tan bellos como acotados.

El Requiem de Fauré supone la presentación de la muerte en una coqueta cajita de macarons. Sedoso, comedido, recogido. Una conjunción de delicadezas que David Afkham engranó de manera magistral, recogiendo momentos bellísimos - ¡qué gran trabajo en los chelos! -, sin duda potenciados por un Coro Nacional que vive uno de sus mejores momentos de la mano de su director Miguel Ángel Cañamero.

El arranque del Agnus Dei, todo el, resultó arrebatador aun con su requerida sobriedad. Estupendo, pues sin él no hubiese sido posible el éxito, el órgano de Daniel Oryazábal durante toda la obra. Magnífico el acompañamiento al buen hacer de la soprano Christiane Karg en su Pie Jesu. Correcto el barítono Andrei Bondarenko en sus intervenciones y suspenso, muy suspenso el público del Auditorio Nacional. No hubo manera de que Afkham consiguiese el recogimiento y el silencio buscados por sus manos, seguro también por el resto de músicos. Damos vergüenza.

Foto: Rafa Martín.

 

 

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