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KazushiOno MayCircus 

¿En el buen camino?

Barcelona. 25/11/17. Auditori. Casablancas: Tres Interludios. Brahms: Doble concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, op. 102. Abel Tomàs, violín. Arnau Tomàs, violonchelo. Shostakovich: Sinfonía núm. 5 en re menor, op. 47. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Kazushi Ono.

Podrá extraviarse o no, habrá detalles por mejorar, pero si siguiera el camino que la OBC de la mano de su director titular Kazushi Ono mostró en el último programa, diríamos que sólo puede llegar a buen puerto. 

Y ello desde los Tres Interludios (2011) estrenados hace cuatro años por la Orquesta Sinfónica del Vallés; un fascinante tríptico orquestal de Benet Casablancas que se reencontraba con la orquesta con la que trabajó en su residencia durante dos temporadas (2013-2015) en el Auditori, para que por primera vez pusiera esta obra en sus atriles. La partitura del compositor catalán, dotada de una poderosa expresividad y austera pero precisa en la administración de un lenguaje sinfónico atravesado por el camerístico, logra concentrar atmósferas de elocuente dramatismo sin necesidad de derrochar virtuosismo. Con una atmósfera que nos resulta cercana a su concierto de cámara para clarinete Dove of Peace. Homage to Picasso (2010) el tríptico concentra momentos de gran belleza en cada uno de los interludios, universos autónomos que no obstante comparten elementos en la exposición del rico material temático. Un meditativo Pastorale de gran refinamiento tímbrico, seguido de un contrastante, rítmico y vigoroso Scherzo y un profundamente emotivo Memento e Corale escrito a modo de tombeau, según el propio compositor bajo el impacto del desastre nuclear de Fukushima, redondean una composición cuya principal fuerza reside en la lógica de su propia necesidad interna, que comienza y finaliza con una inflexión de serenidad. Meritoria la lectura, en la que faltó pulir algo los metales en la entrada y en cierto momentos del Scherzo, para poder alcanzar el grado de ajuste que sí ofrecieron en Memento e corale, en especial las trompas. Fue también en los primeros compases del mismo cuando se echó en falta mayor presencia de la cuerda grave. A subrayar no obstante en positivo, dentro del protagonismo que la obra demanda de las maderas nos queda la delicadísima intervención solista del oboe, así como de un clarinete que rindió a gran nivel, o las flautas que respondieron con soltura técnica y sentido estético hasta el maravilloso unísono final junto al clarinete en el que se disuelven. Porque si algo brilló por encima de todo fue el rendimiento de solistas sobre el que pivotó la dirección de Ono, que logró implicar las distintas secciones, acentuando los detalles con naturalidad y logrando dotar de fluidez al discurso. Un desempeño muy aplaudido por una buena entrada –pero mejorable– del Auditori antes de que salieran los hermanos Tomàs del Cuarteto Casals con el Doble concierto de Brahms. Precisamente del Casals es el encargo a Casablancas que se estrenará en mayo de 2018 en el Auditorio Nacional de Madrid, el Cuarteto de Cuerda nº 4 “Widmung”.   

Más allá de las históricas dificultades de comprensión que experimentó, la partitura de Brahms presenta una notable exigencia virtuosística para violín y violonchelo por separado, pero también dificultades para alcanzar un equilibrio y balance necesario en el tratamiento de ambos como si de un sólo instrumento se tratara, fragmentando frases, alternando preguntas y respuestas... Tanto en uno como en otro aspecto, el violín de Abel Tomàs y el violonchelo de Arnau Tomàs ofrecieron una interpretación de altura: un sonido homogéneo, sin grietas, dotado de un lirismo y frescura sin máculas. La cualidad concertante resulta decisiva para afrontar una pieza de gran riqueza textural, y por su parte la orquesta, que en demasiadas ocasiones no tenía una misma comprensión de frases y articulación que el dúo de solistas, no ofreció la misma rotundidad ni cuidado en dinámicas o intensidad. Un andante regado de dudas y desajustes fue el momento más desafortunado, alcanzado en el vivace final un empaste muy logrado y consistente. Una invención bachiana a dos voces como bis fue ovacionada como también lo fue su consistente Brahms que cerró la primera parte. 

La emocionante y trabajada versión de la célebre Quinta de Shostakovich (hasta 6 veces se oirá esta temporada en las principales orquestas del país) fue la última sorpresa agradable. Ono recorrió con paciencia de relojero las entrañas de esta poliédrica anatomía del alma que el compositor ruso traza, donde el progresivo incremento de la tensión conduce, en el límite del desarrollo y la reexposición, a puntos culminantes de gran fuerza en los que el director japonés eligió la exposición directa. Los riesgos que así se asumen de desequilibrio y efectismo son grandes. El asedio constante y tan mahleriano de elementos nuevos junto a la aceleración de tempi le permite a Shostakovich administrar magistralmente la tensión, pero ello demanda una dirección vigorosa y plástica que encuentre una íntima complicidad como así fue en este caso, particularmente afortunada en el grotesco vals del allegretto. La enumeración de virtudes que concurrieron es larga: agilidad en percusión, estabilidad en metales, pulcritud en maderas, afinación en violines y violas, espléndida precisión de violonchelos y contrabajos en el primer movimiento, prestancia de piano/celesta... Podríamos afirmar, sin desmerecer el resto de movimientos que fue un Largo antológico, de esos que se suelen escuchar en pocas ocasiones. 

Antes de acabar, un largo pero necesario excurso que desbarata este final feliz. Las notas al programa, siendo muy generoso, diría que estaban llenas de vaguedades e imprecisiones. Por otra parte, coronadas por una oposición tan superada como reduccionista entre “progresistas” y “conservadores” –una especie de callejón sin salida en el que se metían voluntariamente– de nuevo no hacían prácticamente referencia a la obra del compositor actual: en este caso, con una simple alusión a Casablancas fuera de lugar rematada con un despropósito inexplicable en relación a Schönberg: “hoy en día algunos seguidores de sus ideas, como Casablancas, son de los más programados en nuestros auditorios. ¿Progresistas o conservadores?”. Consciente de las propias limitaciones y con tanto por aprender, no me atrevería a hacer ninguna referencia de no ser porque no es ni la primera vez, ni la segunda, ni la tercera... que nos encontramos con algo tan flagrante sin que nadie deje constancia de ello. Será el signo de nuestra época, pero ¿eso significa que lo tengamos que aceptar sin más? ¿Es posible seguir ese buen camino si hay que recorrerlo en un entorno musical cada vez más empobrecido? Por una vez, hagamos el ejercicio de mirarnos al espejo: empecemos a afrontar preguntas antes de que sea demasiado tarde para formular respuestas.

 

 

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