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Guinovart, el sonido como estética

Barcelona. 24/1/18. Palau de la Música. Palau Piano. Guinovart: Skyshadows, Nocturn (a Pilar Bayona), Nocturn al Clar de lluna, Nocturn a Chloe, Arlecchino. Chopin: Balada núm. 1, op. 23, Balada núm. 4, op. 52. Rachmaninov: Preludios op. 23, núm. 2 y 5, op. 3, núm. 2. Poulenc: Mélancolie, “Toccata” de Trois pièces. Albert Guinovart, piano.

Interpretar Expresar es desplazar cada nota sensible de su lugar metronómico: movimiento flotante sobre el rigor del compás y obedeciendo a nuestra inspiración sensibilidad”. Estas notas transcritas tal y como se leen en un manuscrito de Frederic Mompou sobre la expresión en la interpretación pianística, servirían para empezar a definir el horizonte estético de Albert Guinovart. Mompou se da cuenta que “Expresión” y “sensibilidad” son más palpables e inmediatas que “interpretación” e “inspiración”. Como Mompou, Guinovart sitúa en el centro la sonoridad que es la que provoca ese movimiento constante de la música, que escapa a cualquier intento de medirla y reduce la distancia entre instrumento e intérprete; una distancia que no existe en el canto. Dos músicos de arquitectura luminosa; la luz de Mompou sin embargo, es interior, rehúye y se contiene, es una impresión íntima que sólo después puede traslucirse hacia fuera. Guinovart sin embargo sitúa la luz fuera desde el principio, prefiere la exposición directa que deja al descubierto suntuosas columnas de sonido. El piano de Guinovart –como intérprete y compositor– es esencialmente orgánico, un manantial sonoro que huye de los esquematismos y tiene en la emoción concreta, carnal y colorista, su carburante. Tanto su música como su estilo interpretativo se corresponde perfectamente con su personalidad, desprende esa inmediata afabilidad cordial que no pierde el tiempo en protocolos o mediaciones. Una imagen que podremos ir perfilando durante este 2018 gracias a su residencia como compositor en el Palau, y que en esta cita nos daba la oportunidad de escucharlo como intérprete de otros compositores-pianistas, y de intérprete de su propia obra para piano. 

La meridionalidad de Guinovart está alimentada por su acento y su propia condición, pero también por haber revisitado creativamente la obra de otros en esa tradición, desde Enric Granados a Xavier Monsalvatge. Tardamos un poco en escuchar todo eso en su esplendor. Un Palau algo frío no favoreció, y la exigencia de la primera de las dos baladas de Chopin desdibujó algo esa calidez de la que el propio compositor polaco quiso beber durante su estancia en Valldemossa, como Falla subrayó en su Balada de Mallorca. En un programa perfectamente perfilado, Guinovart intercaló sus nocturnos y comenzó con su encantadora Skyshadows, nacida a la sombra de los rascacielos neoyorquinos: bajo el envoltorio sonoro del musical se trata de una poliédrica pieza que se debate entre la ensoñación romántica chopiniana, la plasticidad y detallismo raveliano y una tensión extática que nos recuerda a Skriabin. El primero de la serie de nocturnos nos trasladó al color fúnebre del Nocturn dedicado a la legendaria pianista Pilar Bayona, para el que Guinovart reservó una administración muy sutil del rubato. El segundo –Nocturn al clar de lluna– a una confesión, expresada mediante giros melódicos o progresiones de acordes que parecían escaleras al cielo, así como  un uso casi “estratégico” de la disonancia, particularmente en el expresivo colofón final. Es decir, nada se emancipa y todo se integra, porque todo viene a enriquecer las estructuras armónicas o formales: una manera de ser contemporáneo, como lo era la del recordado compositor Josep-Lluis Guzmán que nos dejó el año pasado. Un hilo de Ariadna en las tradiciones musicales de este país. 

La segunda parte fue aún más redonda, y comenzó con una convincente lectura de una selección de dos de los diez Preludios op. 23 de Rachmaninov –partitura que en el catálogo del compositor ruso viene precisamente precedida de las Variaciones sobre un tema de Chopin– y una vertiginosa y concentrada del popular Preludio en do sostenido menor op. 3 núm. 2. Vaporoso y con gran elegancia estilística, Guinovart abordó la exquisita Mélancolie de Poulenc, antes de zambullirse en la agitada Toccata de las Trois pièces en una lectura de cuidado equilibrio. En líneas generales, un Poulenc dotado de un cuidadoso idiomatismo al que Guinovart llega desde el corazón de esta música: el sonido. Y no el “manual de estilo”, si es que lo hubiera. Antes, su Nocturn a Chloe –casi una suave nana– cautivó con una escrupulosidad y un rubato embriagador. 

Ya en Arlecchino escuchamos el Guinovart más genuino. A través de fórmulas melódicas y reiterativas, y de una administración muy leve y expresiva de la disonancia, el compositor barcelonés teje un discurso donde el arlequín es un alter ego del propio compositor; como recordaba Mijaíl Bajtín, alguien capaz de hacer reír en el infierno. Una entrañable figura de origen medieval que ya en la Commedia dell’Arte encarna como nadie quien decide no abandonar la plaza del pueblo para refugiarse en la academia, y se resiste a perder el vínculo con la sencillez de la tierra y el alma popular. Como El Pessebre de Casals y Alavedra da vida a aquello inerte, devolviéndole la palabra a la espontaneidad y pureza de la fuente popular. De estructura circular, en Arlecchino el sentido melódico de Guinovart predomina sobre una danza de ritmo ternario que se combina con incisivas amalgamas. Y a través de ese sentido melódico y rítmico llega a un sonido propio y reconocible. Dos propinas volviendo a Chopin y mirando a Debussy, cerraron el recital. En este último caso un Claro de luna alumbrado con una luz elegíaca que el pianista dedicó a la memoria de Carmen Mateu. 

Vuelve a tomar Mompou la palabra: “el sentimiento puro necesita sencillez. Interpretación sencilla. Sencilla no quiere decir indiferente, faltada de expresión, sino alejada de todo efecto de artificio sea en sonoridad, tiempo o movimientos del cuerpo”. ¡Cuántos solistas deberían leer esa frase a diario! No es el caso de Guinovart, para quien esa lección ha sido más que una divisa, una segunda piel de tal forma que es capaz de llegar a lo intelectual a través del sonido. “Su” sonido también como compositor, que le permite escribir sin complejos obviando las derivas de gran parte del siglo XX. Mucho de esto se puede apreciar en “Nocturne”, la espléndida grabación para Sony Classical que ha presentado en este recital y que gira en torno a sus nocturnos, tres de los cuales escuchamos, más su Nocturn a Elisa y su Nocturn a Peralada

 

 

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