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UIV

ParsifalBerlin 

Humano, demasiado humano

30/3/2018. Berlín, Staatsoper Unter den Linden. R. Wagner, Parsifal. Dmitri Tcherniakov, Director de escena. Andreas Schager, Nina Stemme, René Pape, Lauri Vasar, Reindhard Hagen. Staatskapelle y Staatsopernchor de Berlin. Daniel Barenboim, Director musical.

Hace ya tres años que la Staatsoper berlinesa estrenó esta producción de Dmitri Tcherniakov para el Festival de Pascua, para los Festtage. Si entonces se hizo en esa terrible localización prestada, el Teatro Schiller, ahora se inaugura en Unter den Linden, en la remozada sede, flamante no solo por la estética sino por también por la nueva y más cálida sonoridad. Además, la oportunidad de asistir a un Parsifal precisamente en Viernes Santo, nos envuelve en un sentimiento peregrinatorio con total propiedad.

Dmitri Tcherniakov muestra en esta producción aquello que mejor sabe hacer, despojar a las obras de los componentes míticos e idealizados y traerlas al más mundano aquí y ahora, dibujando la misma trama original con trazos de despiadada realidad. El templo conserva su planta original, pero se ha invadido de elementos arquitectónicos de supervivencia, que lo convierten un submundo nada aconsejable. En la ceremonia se olvidan los símbolos, el alimento espiritual se muestra como una extracción literal de la sangre por la que además los hermanos –un hatajo de desheredados fanáticos- no parecen alcanzar la vida eterna, sino que a duras penas logran pasar el día. Las muchachas flor aparecen como colegialas alrededor de un Klingsor de modos babosos, unidos en una convivencia en la que es imposible obviar la idea del abuso. Si la versión tradicional puede leerse como una pérdida de la ingenuidad del protagonista, aquí la inocencia se ha perdido desde el momento en que acaba la obertura, a la que sucede un devenir siempre inquietante. Desposeída de gloria y misticismo, a esta versión de Tcherniakov hay que reconocerle el mérito de alcanzar cierta transcendencia y espiritualidad a través de elementos puramente terrenos.

El elenco vocal es de la calidad superior que cabe esperar para este repertorio en este festival. Andreas Schager construyó un Parsifal impecable, pleno de medios vocales, un verdadero Heldentenor que aguantó sin signos de fatiga hasta el final. La proyección es, como siempre, potente y vigorosa, pero ahora le ha añadido la sabiduría del cuidado a los matices, de las inflexiones y las sentidas dinámicas, en incluso de algún agudo fuera de control en el momento preciso. En su vertiente como actor, dio total credibilidad al viaje iniciático del personaje, desde el perdido mochilero inicial hasta el confiado líder de la secta en el final.

Nina Stemme se estrenó como Kundry el año pasado y es esta la primera vez que he tenido la fortuna de escucharla en el papel. Su calidad como wagneriana es indiscutible y sus cualidades vocales sencillamente apabullantes. Ofreció una clase de canto para el recuerdo a la que sin embargo le faltó algo. Se vio en ella la divinidad de Brunilda y la energía imparable de Isolda, pero no tanto de la polimorfa complejidad de su personaje en esa noche, torturado y necesariamente caleidoscópico.

René Pape, sigue siendo una referencia como Gurnemanz. Sin sorpresas, ofreció una vez más una actuación consumada. Tan solo una reflexión: el paso del tiempo parece haber acentuado un registro, el autoritario, frente a todos los demás. Es uno de los peligros de haberse sabido el mejor durante años. El Amfortas de Lauri Vasar estuvo solvente aunque por debajo de resto del elenco. Tiene un bonito color oscuro y una gran presencia escénica, magnética, pero vocalmente deja con ganas de algo más. La escena presenta un rey débil y cautivo desde el principio, pero aun así no hay razón convincente para que su voz en ocasiones sonara aflautada.

Con el trabajo de décadas, Daniel Barenboim se ha erigido como un wagneriano para la historia, las dudas de hace años ya ni se recuerdan y su público berlinés lo adora. Si su Tristán es sencillamente insuperable, su Parsifal es sobresaliente. Un preludio majestuoso y doliente, apoyado por el tupido sonido de las cuerdas de la Staatskappele hizo llorar a más de uno en la sala y marcó unos tiempos lentos para un primer acto que en ningún momento se vino abajo. Resolvió la aparente contradicción entre solemnidad y energía mediante una narrativa paciente, que generó una apoteosis, no en la ceremonia del primer acto como es habitual, sino en la coronación del tercero.

Al finalizar una noche para la emoción y la reflexión, la malevolencia de Tcherniakov nos muestra una turba no iluminada, sino cegada por la sospechosa gracia del nuevo Parsifal. Pero también abre un lugar para la esperanza. El beso apasionado de Kundry y Amfortas nos recuerda que la redención pudiera alcanzarnos alejada de espiritualidades e iluminaciones, y estar más cerca de lo que pensamos: en lo estrictamente humano.

 

 

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