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vladimir ashkenazy 

Naufragio

Hay orquestas que llegan a crear una tal simbiosis con determinados directores que, no sólo tocan especialmente bien para ellos, sino que, a través de su batuta, encuentran su sonido, su identidad. Hay múltiples casos a lo largo de la historia. El tándem entre Furtwängler y los filarmónicos de Viena o el de Karajan con Berlín, por citar tan sólo dos ejemplos ilustres, producía un sonido absolutamente reconocible e intransferible. En un orden más terrenal, en el Met de Nueva York siempre se ha comentado que la orquesta, por otro lado de excelente nivel, daba siempre un salto de calidad cuando en el podio aparecía el ahora defenestrado Jimmy Levine. Para él, después de tantos años juntos, los chicos del Met daban lo mejor de sí mismos.

Algo parecido a lo del Met sucede con Zuibin Mehta y la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino, quienes desde hace años mantienen una fructífera relación que hace que, en algunas ocasiones, uno no pueda entender al uno sin el otro y viceversa. No cabe ninguna duda de que a muchos de los que asistimos al concierto que la orquesta italiana protagonizó bajo las órdenes de Vladimir Ashkenazy el otro día en el Palau, nos pasó por la mente esta reflexión mientras contemplábamos, atónitos, el desatino que se produjo en la 7ª Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

El concierto inicialmente debía contar con la presencia de Mehta y con un programa bien distinto que incluía la Consagración de la primavera de Stravinsky. Con mucha antelación se anunció la imposibilidad de contar con el director indio por una lesión en el hombro y se anunció su sustitución por el pianista y director ruso Vladimir Ashkenazy así como el cambio de programa, que pasaba a componerse de la mencionada sinfonía beethoveniana y la 4ª Sinfonía de Tchaykovsky. Uno entiende, en principio, que el cambio de programa se produce porque el nuevo director se siente más cómodo y seguro con las obras que propone. Pero viendo cómo fueron las cosas, cuesta creerlo.

Los primeros compases del primer movimiento fueron todo un aviso a navegantes. Inseguridad en la pulsación, en el tempo, en la intención, en la direccionalidad, en definitiva en el discurso. Los acordes ascendentes hasta el primer forte fueron pálidos y sin vida. Y una sinfonía de Beethoven se construye desde los cimientos o, inevitablemente, se cae. Y Ashkenazy, en el Beethoven, no puso en su sitio un sólo ladrillo. Cuando llegamos al maravilloso Vivace la batalla estaba irremediablemente perdida. Las transiciones, básicas en el tejido sinfónico beethoveniano, fueron todas problemáticas, hasta el punto de prácticamente parar, en alguna de ellas, a la orquesta, que se veía perdida y que empezó a tener evidentes problemas de cuadratura. 

Lo curioso es que, cuando el conjunto se podía soltar y mostrar su sonido y energía, se revelaba como un instrumento de calidad, con muchas posibilidades. En definitiva, una nave a la deriva que no encontró en ningún momento el tempo ni el punto de emoción en el segundo movimiento, que se mostró ruidosa en el tercer movimiento y precipitada en el último, en el que un Ashkenazy con la cabeza metida en la partitura (porque la partitura, en su cabeza, a buen seguro que no estaba) decidió tirar de decibelios para animar al respetable. A fe que lo consiguió, ya que consiguió arrancar algún sorprendente bravo ante tal desaguisado.

Ashkenazy ha tenido una carrera un tanto descendente en los últimos años como director. Cierto que ha llegado a los 80, pero se le ve físicamente en buena forma y muchos directores a su edad han dado lo mejor de sí mismos. Inició su carrera como explosivo y dotado pianista para el gran repertorio romántico, especialmente el gran pianismo ruso para lanzarse posteriormente a una carrera como director que empezó con buenas perspectivas (especialmente brillantes fueron sus registros para DECCA de Sibelius o Rachmaninov) pero su estrella se ha ido apagando, lo cual se confirmó con la 4ª de Tchaikovski.

Se podía esperar una cierta remontada en la segunda parte puesto que las dificultades de Beethoven no son ni de lejos las mismas que las de la obra de Tchaikovsky, en la que la efusividad en el fraseo y la identificación con el espíritu ruso parecán terreno más fértil para orquesta y director. Y sin duda la cosa fue mejor. Pero en general volvió a ser una versión ruidosa y turbia, sin una mínima definición de los planos sonoros, con un fraseo de trazo grueso. El evocador tema del segundo movimiento se vio lastrado por la tremenda rigidez del brazo derecho de Ashkenazy a pesar de la calidad de las maderas florentinas.

Por fin la orquesta pudo liberarse con el pizzicato del tercer movimiento y acabar el cuarto lo más dignamente posible un concierto en el que se pudo comprobar que, al igual que un buen director puede elevar el nivel de un conjunto mediocre, la mala gestión de un director puede llevar al borde del naufragio a una buena orquesta como la del Maggio Musicale Fiorentino.

 

 

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