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Incompleta satisfacción

Madrid. 15/06/2018. Auditorio Nacional. Die Bassariden, de Hans Werner Henze, con Sara Fulgoni (mezzosoprano), Sean Panikkar (tenor), Nikolai Schukkof (tenor), Mark S. Doss (barítono), Marisol Montalvo (soprano) y otros. Orquesta y Coro Nacionales de España. Dirección: Kent Nagano.

Desde hace unos pocos años la Orquesta y Coro Nacionales de España tienen a bien proponer dentro de su temporada de abono la interpretación de una ópera en versión concertada lo que no hace sino enriquecer la propuesta de la entidad para con sus abonados. Partamos de la base de que disponer del Teatro Real, del Teatro de la Zarzuela y otras iniciativas líricas privadas y/o públicas no es obstáculo alguno para tal iniciativa porque el mundo operístico es tan amplio que siempre hay algún recóndito agujerito por el que hacer una propuesta novedosa.

Este año, tras las más de repertorio Der fliegende Holländer y Elektra era The Bassarids, de Hans Werner Henze, que pudo verse escenificada en el Real hace dos décadas y que, como el resto de la obra lírica del compositor, se mueve entre el lenguaje moderno de la época en la que fue compuesta y la tradición de una obra que cumple precisamente este año medio siglo de existencia.

En consecuencia, la propuesta solo podía recoger parabienes. La lástima fue que la entidad organizadora decidió no incluir en el concierto los hoy imprescindibles sobretítulos, a los que estamos acostumbrados e intuyo que necesitados. Y teniendo en cuenta la complejidad de la obra de Henze tal decisión solo ha de considerarse como un error de primera magnitud. Ello per se no explica el importante abandono de sus localidades por parte de una parte significativa del público, presupongo que sorprendido; ya sabemos que la música denominada contemporánea –aunque la obra que nos ocupa ya tenga cincuenta años- exige al público una atención y una disposición especiales pero si además la palabra es tan importante y si la comprensión de la misma se torna imposible…

En cualquier caso el balance es positivo. Vocalmente la función tuvo un nivel notable, destacando sobremanera la labor del tenor paquistaní Sean Panikkar en la ardua responsabilidad de encarnar a Dionisio. Su canto adornado y exigente en tesitura no es sino reflejo del espíritu de su personaje que camina por la reivindicación del placer y de la libertad. Una voz hermosa y bien proyectada que destacó por encima de todas las demás. En el lado masculino el resto de voces, Mark S. Doss (Cadmo), Nikolai Schukoff (Tiresias) o Franco Pomponi (Penteo) cumplieron con mayor o menor brillantez.

Por el lado femenino cabe destacar la segunda parte (la ópera, a pesar de estar compuesta en un solo acto fue cortada por mitad para descanso del respetable) de Mihoko Fujimura (Ágave) en la que sacó a relucir una voz poderosa, de graves rotundos y que recordó a la mezzosoprano que fue referencia en el mundo wagneriano apenas hace unos años. Complicada la tesitura a la que hizo frente la soprano Marisol Montalvo (Autonoe) y de escasa relevancia Sara Fulgoni (Beroe).

Junto al mencionado tenor asiático cabe destacar la labor del Coro Nacional en una parte de tanto relieve como la del solista más exigido, mientras que Kent Nagano justificó el viaje con una labor sobresaliente con la batuta: excelente en la exigencia a la orquesta, equilibrado en los planos de la misma y quizás, de colocarle algún pero, inclemente con solistas que en algunas ocasiones –y por ello de dotar de cierta dramatización a la representación- fueron colocados entre músicos, en partes interiores del escenario.

The Bassarids puede entenderse casi como una sinfonía con palabras. La obra tiene una estructura sinfónica con su división en cuatro movimientos que han de interpretarse sin interrupción alguna y donde la masa orquestal juega un papel decisivo, destacando en este sentido la labor encomendada a metales y percusión. En esta última sección hablamos de nueve solistas que hicieron frente a más de una veintena de instrumentos distintos, destacando la presencia de ¡cinco! estructuras distintas de vibráfonos y similares. Estaban presentes en la plantilla orquestal dos pianos, dos tubas, dos arpas, celesta y dos mandolinas mas la cuerda y viento habituales, lo que nos describe un grupo orquestal de enorme tamaño y que suponía para cantantes una barrera casi infranqueable en distintos momentos, al estar todos ellos situados dentro del mismo plano físico. La ausencia de foso tuvo, así, una relevancia evidente.

El concierto competía con el sacrosanto Mundial’18 de fútbol y hay que decir que el aspecto del Auditorio no era nada malo al comenzar el mismo; no así al final, donde por las razones ya apuntadas al comienzo de la crónica se “empujó” al personal hacia la calle al negársele el seguimiento de un texto tan interesante. En cualquier caso no somos pocos los aficionados que agradecemos la iniciativa de la OCNE, iniciativa que, por cierto, no tendrá continuidad en la temporada 2018/2019. Una lástima.

Foto: Rafa Martín / OCNE

 

 

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