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QUIERO SER MODERNO

Munich. 26/07/2018. Bayerische Staatsoper. Verdi. Les Vêpres siciliennes. Rachel Willis-Sorensen (Hélène), Bryan Hymel (Henri), George Petean (Guy de Montfort), Erwin Shrott (Procida). Coro y Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Dirección de escena: Antú Romero Nunes. Dirección musical: Omer Meir Welber

Quiero ser moderno y me han encargado una nueva producción para un teatro de ópera de prestigio ¿qué hacer? Bueno, lo que quiero yo es impactar, que se hable de mÍ y, si todo sale bien, entrar en la nómina de los “enfants terribles” que eso me dará trabajo para mucho tiempo.¿Tengo talento? Seguramente, no voy a negarlo, pero esta obra (me he leído el libreto) no da para muchas disquisiciones filosóficas, la verdad. La historia va de una rebelión en Sicilia de sus habitantes en la Edad Media contra el invasor francés que lo que busca es que los ocupen los aragoneses (como si un yugo fuera mejor que otro, pero ahí no voy a entrar). Lo del momento histórico es una excusa muy del siglo XIX (época en que se compuso la ópera) para centrarse en lo que interesaba al público: amoríos entre jóvenes, padres tiranos y algún que otro personaje patriota hasta el tuétano. ¿Y qué hago con todo esto, y encima teniendo que meter algún ballet por medio? Pues nada, ya lo tengo: de decorados, unos plásticos negros (que la Edad Media son unos siglos muy negros y muy duros) que uso como fondo y como cortinas para todas las escenas y lugares, solucionada una cosa; cambio la época (eso está en la cartilla de “mis primeras producciones” del regista que innova), ¿qué otro momento histórico hay así de crueldad y tiranía? Muchos, difícil elegir, pero como en esta ópera hay franceses, me los llevo a todos a los tiempos de Napoleón, que era muy tirano y muy francés, seguimos; pero no pueden ir a cara descubierta, dirán que no he pensado nada...ya está, a los sicilianos les pongo una máscara con forma de calavera (que lo están pasando muy mal y son como muertos) y a los franceses les doy aspecto de zombies que están tan acabados (los van a expulsar los aragoneses) que son casi muertos vivientes. Perfecto. Me faltan algunos elementos decorativos y de acción, así, como distintos, lo tengo: hablan de una madre (meto a un figurante en una urna enorme de agua vestido de dolorosa –con corona y todo– e impacto), saco a otros dos figurantes haciendo piruetas cual Circo del Sol sobrevolando a los enamorados (eso no está nada visto) y para terminar, introduzco la figura de un migrante de los que cruzan jugándose la vida el Mediterráneo para llegar a Europa (para que el público se entere le pongo un chaleco salvavidas naranja, que lo ven por la tele todos los días) como símbolo de libertad y de lucha de los pueblos oprimidos. Como movimientos escénicos, un par de escenas a cámara lenta (puntazo), las masas que sean muchas y que se muevan por el amplio espacio, y los protagonistas también que deambulen por escena, que ellos son buenos profesionales y saben lo que tienen que hacer. Ah, se me olvidaba, y el ballet lo sustituyo por una discoteca con música modernísima pregrabada y a todo volumen (que se enteren en el teatro que soy moderno) y provoco  un poco de barullo, que a nada que pasa en escena sé que aquí unos abuchean y otros aplauden a rabiar y eso siempre sale en las crónicas. Trabajo hecho. Me voy a descansar.

Una aclaración. Perdonen mi ironía en el párrafo anterior, pero después de ver estos días producciones innovadoras de La flauta mágica o Ariadna en Naxos en el Festival de Aix o aquí mismo, en Munich, la de Orlando Paladino, donde el talento y la adaptación de la historia a planteamientos actuales, utilizando técnicas y modos modernos, deja a estas Vêpres a muchas millas.  Allí todo estaba pensado al milímetro con inteligencia, ironía y mucho, mucho talento. Aquí, en la propuesta de Antú Romero, si lo hay, personalmente, no lo veo por ningún lado.

Pasemos a la parte musical. Normalmente se oye en los teatros la versión italiana de esta ópera aunque la primera estrenada fuera precisamente la francesa, ya que Verdi quería conquistar París componiendo una grand opéra, que era lo que realmente hacía triunfar a mediados del siglo XIX. Cuatro son los papeles protagonistas y su trabajo, en general, resultó muy satisfactorio. Hélène es el personaje femenino de la ópera y estuvo excelentemente defendido por Rachel Willis-Sorensen. Poseedora de un vibrato que no molesta si no que realza bellamente su timbre, estuvo segurísima en toda la tesitura (que es amplia en este rol), siempre con voz potente y segura. Todas sus intervenciones fueron muy estimables, pero resaltaría Ami!... le coeur d’Hélène, dentro del cuarto acto, que resultó  musicalmente el mejor de la obra.

Bryan Hymel es un tenor dotado de unas cualidades vocales extraordinarias pero que no siempre dan los resultados apetecibles. Como Henri, fue el más implicado actoralmente de los protagonistas y lo dio todo en el escenario. Lástima que su punto fuerte, el agudo limpio y potente, sólo se mostrara de vez en cuando. Sin una razón comprensible para el oyente, pasaba de momentos brillantes a otros realmente muy deficientes. El centro y la zona grave no supusieron problemas para él, pero es poco tiempo el que transita su parte por estas zonas. También lo mejor (y también lo menos convincente) lo dio en el intimista cuarto acto.

Extraordinario, sin duda el más verdiano de todos los cantantes, George Petean como el jefe de los franceses (y padre desconocido hasta ese momento del rebelde Henri), Guy de Montfort. Su aria Au sein de la puissance fue toda una lección de cómo se debe cantar Verdi, que como tantas veces, compuso una parte preciosa para un padre afligido. Con timbre plenamente baritonal, bien proyectado y seguro, fue también uno de los más aplaudidos al final de la noche. Procida, el jefe de los rebeldes sicilianos, lo defendía el bajo uruguayo Erwin Schrott. Su aria de presentación, Palerme... ô mon pays! la cantó con una delicadeza, con una elegancia emocionantes, fue su mejor intervención de la noche aunque siempre estuvo dominando con su canto potente, pero que fue perdiendo tintes verdianos hasta parecerse (esto seguramente es defecto del oído del oyente) más a Fausto que a Procida. Correctos el resto de comprimarios.

Omer Meir Wellber (un director que frecuenta la Bayerische Staatsoper) dirigió con firmeza y seguridad estas Vêpres. Sin ser una versión referencial sí que se disfrutó, siempre mantuvo la tensión dramática, sosteniendo unos ritmos casi siempre vivos que aligeraron la partitura. Pese algunos puntuales desajustes con el coro (que era el de la casa y estuvo francamente bien), la conexión con el escenario funcionó. Le respaldó la siempre solvente Orquesta de la Bayerische que volvió a demostrar su versatilidad y que defiende con soltura y profesionalidad cualquier partitura por muy diverso que sea el repertorio.

Foto: Bayerische Staatsoper.

 

 

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