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Bajo el cielo de Madrid

Madrid. 10/10/2018. Auditorio Nacional. Universo Barroco del CNDM. Obras de Boccherini. La Ritirata. Núria Rial, soprano. Josetxu Obregón, dirección.

Quienes hayan pasado por Madrid habrán podido observar una cualidad (milagro) único en la ciudad. Para darse cuenta hay que elevar, seguramente, la barbilla: es el cielo de Madrid. Su luz. Única en el mundo con su claridad y brillo, incólume. Bajo ella han encontrado siempre inspiración artistas de toda condición y, en la época del Madrid goyesco, un italiano llamado Luigi Boccherini la hizo suya mientras iba y venía a su “reclusión” forzada en Arenas de San Pedro. Mi infancia, que aunque madrileño, son recuerdos de un patio de… Castilla, a la falda de la Sierra de Gredos, a orillas del río Tiétar, comprende a la perfección como un arte privilegiado como el suyo se hizo grande entre estos dos cielos que son maravilla.

Boccherini es luz. Suena a luz. A la luminosidad cristalina de una corriente que baja… y así es como suena también y como la ofrece La Ritirata con Josetxu Obregón al frente. Limpia, diríase que cuasi virginal, reluciente y clara. Es marca de la casa. Y para luz, desde luego, no les descubro nada, el timbre inmaculado de la soprano Núria Rial, en estado de gracia junto a la formación en este concierto que inauguraba el ciclo de cámara del Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical.

La tarde comenzó con una predilección del compositor: un Quinteto para cuerdas en si bemol mayor (opus 39-1), del centenar largo que escribió en la capital. Boccherini que, creó una forma genuina al sumar al tradicional un violonchelo más, que para ello era su instrumento, realizó algunas variaciones, como en la que se escogió aquí, con la adición de un violone en manos  de Ismael Campanero que, sin duda, sumó mayor riqueza, densidad y texturas a una partitura marcada en dolce; además de entroncar directa y cómodamente con la instrumentación de la segunda parte del programa.

Boccherini escribió su primera versión del Stabat Mater en 1781, a imagen y semejanza del de Pergolesi, que sin duda era el hit, el top of the pops de la época hacia el que todos miraban. Aunando introspección, drama y dramatismo, cierto punto naif en visión alla italiana, logra una obra de arte total. Como decía, Núrial Rial estuvo realmente soberbia en su cometido. Canto limpio de agudos cristalinos y expresividad total a un texto al que dotó de vida y musicalidad en todo momento. Dije una vez sobre el timbre de Elisabeth Grümmer que era la luz a través de una gota de agua. Algo parecido puede decirse del de Rial, una gota de agua suspendida en el aire, etérea y repleta de luz. Sobresalió especialmente en Quae moerebat et dolebat; en Eja Mater, fons amoris y en Virgo virginum praeclara, escogida esta última como bis final ante las ovaciones del público.

Junto a ella, el rico hacer conversacional entre los violines de Hiro Kurosaki y Pablo Prieto, el juego así mismo de este con la magnífica viola de Daniel Lorenzo, o el magisterio de Obregón en todas sus facetas con el chelo entre las manos: de nuevo conversando con Kurosaki, como solista, como director. Al decir de Mihura, quizá al final Madrid no tenga nada especial, sino que son sus gentes quienes lo hacen único. Para quienes tal vez no confíen tanto en Boccherini (si es que puede haber alguien tan osado), desde luego son estas gentes quienes pueden y saben hacerle tan extraordinario.

Foto: Gonzalo Lahoz.

 

 

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