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Melnikov Grau CameraMusicae

La receta del entusiasmo

Barcelona. 14/10/18. Palau de la Música Catalana. Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta núm. 2. Alexander Melnikov, piano. Mussorgsky/Ravel: Cuadros de una exposición. Orquesta Sinfónica Camera Musicae. Dirección: Tomàs Grau.

Si a una orquesta formada por músicos espoleados por la juventud, sin tiempo de caer en rutinas de burocracia orquestal, uno le suma elementos muy solventes en la mayoría de secciones, una trayectoria de algo más de una década bajo una misma dirección que mantiene la ilusión intacta, y una programación motivadora para los miembros de la orquesta que tienen la oportunidad de tocar junto a figuras de trayectoria importante… el resultado sólo puede ser convincente. 

La concentración de la temporada en sólo nueve programas también hace posible un trabajo breve pero intenso, de gran implicación, que suele dar buenos frutos. Es cierto que sus temporadas no dejan por ahora de abordar el mal llamado “gran repertorio” que estamos acostumbrados a escuchar, sin grandes riesgos más allá. Pero en un país con una gestión cultural tan nefasta como en el nuestro tenemos aún mucho trabajo por exigir a otras formaciones más responsables de esa carencia, aunque no dejemos de señalarlo. 

No hay más, no hay milagro pese a las palabras con las que se presentó la temporada de la orquesta antes del concierto. En la música no existen los milagros, aunque a algunos gestores y políticos les gustaría para no tener que mover un dedo y que baje en forma de paloma sobre su cabeza. Hay trabajo o dejadez, ilusión o inercia, criterio o arbitrariedad.   

Y por suerte o por desgracia, en la música no hay engaño que valga. Créanme que no hace falta ser ningún experto para percibirlo. En la Orquesta Camera Musicae (OCM) la ilusión se huele en el ambiente desde que pisan el escenario hasta que lo abandonan.      

En este caso especial, además lo hacían acompañados de Alexander Melnikov, un pianista de gran sentido estético y elocuencia expresiva. El segundo concierto para piano de Rachmaninov no está especialmente dentro del espectro interpretativo en el que el ruso más destaca. Melnikov no es un Lugansky ni una Buniatishvili, y los grandes espacios sonoros en pugna con una abigarrada orquestación como es la de este concierto no son el terreno en el que más ha brillado (ahí están sus maravillosas grabaciones de los 24 Preludios y Fugas de Shostakovich, sus espléndidas versiones del repertorio romántico junto a Faust...). Su lectura nos permitió disfrutar sin embargo, de una auténtica lección de musicalidad y buen gusto. Armado con un concepto muy riguroso de la obra y una pulcritud técnica asombrosa que le permitía manejar con soltura tempi vertiginosos, Melnikov arrastró a la orquesta –en especial en el allegro scherzando como un acicate para dotarla de gran respuesta y agilidad, bajo una batuta templada y muy atenta al equilibrio sonoro. Más allá de una cuerda de sonido terso en ella destacó por encima de todo una inspirada sección de maderas, con solistas de flauta y clarinete en estado de gracia. Por su parte, con una fascinante elocuencia expresiva, el solista consiguió hacer interesante incluso el manoseado Adagio y tras la ovación tuvo tiempo de dejar un par de propinas en la que destacó el sobrecogedor cierre con el Preludio op. 32 núm. 12 de Rachmaninov. Un bis que tenia sentido narrativo y no era ningún ejercicio de arbitrariedad circense, como estamos habituados a escuchar tantas veces. 

Ya en la segunda parte, con los célebres Cuadros de Mussorgsky en el arreglo orquestal de Ravel la orquesta dio un paso hacia adelante. Cualquier rastro de duda o atenazamiento se desvaneció, y se vio un Tomàs Grau reflexivo y analítico en la dirección, austero en el gesto y dándole pausa a la orquesta para recorrer todas las aristas armónicas y tímbricas de la partitura. Desde la entrada imperial y con gran nobleza sonora de los metales, una cuerda vigorosa –como única mácula algo menos de lo que debía en la cuerda grave– acompañó con solvencia el discurso melódico en el que sobresalieron de nuevo vientos muy solventes, un oboe de musicalidad y esplendoroso despliegue sonoro, fagot de soberbia estabilidad y brillantes intervenciones de un saxo dotado de gran sentido de las dinámicas. Por encima del buen desempeño de solistas y la implicación de todas las secciones que contribuyó al sólido empaste sonoro, aquí la visión de conjunto de la batuta fue sutil y de gran pertinencia estilística, y la diferenciación de capas sonoras nos permitió disfrutar de ese interesante lenguaje tímbrico puramente raveliano. La apoteosis final en el estallido sonoro de “La gran puerta de Kiev”, con dinámicas extremadas y un crescendo conmovedor fue el colofón, un lógico corolario de todos los ingredientes que describíamos al inicio, y que la OCM promete volver a traer al Palau en noviembre junto a la violinista Leticia Moreno. 

 

 

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