© Martí E. Berenguer
El lirismo en el piano
Barcelona. 08/02/26. Palau de la Música Catalana. Obras de Chopin y Ravel. Yulianna Avdeeva, piano. Franz Schubert Filharmonia. Tomàs Grau, dirección.
Si el pasado diciembre Anna Fedorova asestó el golpe de gracia pianístico al cierre del año en la Ciudad Condal, el pasado domingo Yulianna Avdeeva y la Franz Schubert Filharmonia escalaron otra de las grandes cumbres de la temporada con el Concierto para piano nº 1 de Chopin. Si admitimos que Fedorova es probablemente la embajadora más emblemática hoy en día del legado de Rachmáninov, resulta más evidente, si cabe, que Avdeeva lo es, respectivamente de Chopin, algo que, como mínimo, lleva vaticinándose de 2010, cuando Avdeeva se alzó con el premio del exclusivo festival celebrado cada cinco años en Varsovia, siendo la segunda mujer –junto con Martha Argerich– en alzarse con él, tal como explicaba ella misma en la entrevista que concedió a este medio hace algo más de dos años.
Aunque ha llovido mucho desde entonces, el esperado debut de la rusa con la orquesta catalana coincide con una etapa en la que su mirada interpretativa sigue volcada con intensidad sobre el universo de Shostakóvich, como demostró el año pasado en un recital en solitario en esta misma sala. Con todo, sus incursiones en el catálogo de Chopin continúan siendo constantes y celebradas, y L’Auditori todavía recuerda la notable interpretación del Concierto nº2 del compositor polaco hace dos temporadas.
Siempre sorprende el hecho de que, a pesar de ser un amante de la lírica, Chopin, apenas escribiera alguna que otra pieza para voz y piano. Sin embargo, basta escuchar algunas de sus obras –entre las que no debería faltar el concierto que nos ocupa– para constatar una vez más que en Chopin, hay un profundo lirismo que se manifiesta a través del piano, quizá como en ningún otro compositor.
Mucho se ha escrito sobre el Primero de Chopin –es decir, el segundo, por cronología–, y en lo que respecta al mantra asociado tradicionalmente a esta obra, la supuestamente superflua orquestación, carece hoy en día de interés –o al menos, debería– más allá del mero apunte musicológico. Sencillamente, cuanto más se escucha esta obra, más se revela su poesía inherente, y también la manera en la que la orquesta, deliberadamente concebida para no imponerse, cumple su función de sostener, amplificar y realzar el discurso solista, más que la de competir con él. Esta visión, lejos de resultar impostada, se percibe como clarividentemente honesta, en sintonía con un compositor tan extraordinariamente humilde como revolucionario.

Pudo apreciarse esa concepción en la lectura de Tomás Grau, de nuevo al frente de la formación, que remó a favor de una interpretación en la que la orquesta no pretendió destacar más allá de lo estrictamente necesario, dejando que la invitada, con su colorido traje, tomara el timón y navegara por el Allegro maestoso, unas aguas bien conocidas por la rusa. Grau se adecuó bien al rubato de la solista que irrumpió con categoría antes de adentrarse en el apasionado tema principal. Recorrió la gimnasia modulante con gran precisión en los diversos surtidos de arpegios antes de alcanzar un arrebatador segundo tema, profundamente lírico y musical, coloreando los adornos con precisión, antes de adentrarse en las florituras codales que cierran la sección. Destacaron el delicado inicio del desarrollo y las cuidadas sutiles diferencias en la recapitulación, muy presentes en la mente de Avdeeva.
El célebre Romance – Larghetto transcurrió, como cabía esperar, como un bálsamo de amor nostálgico que suspendió el pulso del reloj. Con Grau sin batuta, la orquesta hiló con acierto los lazos entre el canto del piano y su acompañamiento, creando una atmósfera que sumió a la pianista en plena inspiración. El director supo extraer la fuerza narrativa de los últimos compases, mientras Avdeeva ajustaba los arpegios finales al segundo plano con mucha delicadeza. En el tercer movimiento, la pianista desplegó todo su arsenal virtuosístico con una digitación impecable, y la brillantez del piano se integró a la perfección en una orquesta atenta, guiada por un director que nunca perdió de vista ni a la solista invitada ni al metrónomo. La pianista roció la velada con una propina tan bienvenida como el Preludio nº15 del opus 28, que cerró un debut estelar y absolutamente memorable.
El programa lo completó Ravel –ahora sí, un innegable maestro de la orquestación– aprovechando su ciento cincuenta aniversario, cuyo legado ocupó la segunda mitad con una pequeña selección de Daphnis et Chloé (suite nº 2) y su celebérrimo bolero, que obligó a reforzar y recolocar la orquesta. Grau, con los tempi bien definidos, supo manejar una plantilla de considerable tamaño, y las infinitas texturas de la inmensa partitura pudieron apreciarse con claridad, con los puntos climáticos perfectamente ensayados. El Bolero gozó de la perspectiva necesaria para que su progresivo crescendo funcionara, y fue el punto y seguido de una orquesta que continua el nuevo año en plena forma.

Fotos: © Martí E. Berenguer