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Claridad en la tormenta

Barcelona. 20/10/18. Auditori. Gubaidulina: The Light of the End. Bruckner: Novena Sinfonía. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Robert Treviño.

Con un programa interesante y bien elaborado el joven director estadounidense Robert Treviño, titular de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, hizo su debut con la OBC. Lo que más sorprende en su dirección es la madurez y solidez de sus conceptos, que transmite con invariable firmeza a la orquesta: sin duda se trata de mimbres que presagian crecimiento en los próximos años.    

Por otra parte, las dos obras eran un traje a medida del director: si la obra de Sofía Gubaidulina la ha trabajado y la conoce bien, el lenguaje de Anton Bruckner es uno de sus caballos de batalla. The Light of the End es una obra que ya tiene década y media de recorrido aunque no llegó hasta el año pasado a España, en manos del mismo director dirigiendo la OSE: fue necesario que le otorgaran la IX edición del Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento para que una orquesta la pusiera en los atriles. 

Se trata de una partitura que sigue la misma organización retórica de gran parte de su producción, donde se suele plantear –en términos más o menos evocativos– una trayectoria platónica de ascensión espiritual. De escritura sólida y orquestación fascinante, se abre con un inquietante paisaje sonoro que fue magníficamente conducido por flauta, arpa y campanas. Con delicadeza y buen tratamiento del matiz desde la batuta, la orquesta fue capaz de materializar esa atmósfera subyugante a partir de entonces, y las cuerdas convertidas por la escritura de Gubaidulina en una inmensa máquina de viento, respondieron bien a la constante oscilación en las dinámicas. Tras esa primera sección, en los siguientes bloques destaca un interesante uso de los cuartos de tono que libera el espacio acústico de los doce semitonos desdibujando los contornos y evocando una inquietante sensación de inestabilidad. Un discurso atmosférico sobre el que el metal tiene un papel decisivo: la sección de la orquesta respondió con una participación destacada, nobleza de sonido y estabilidad en los solos de trompa y tuba en diálogo con un violonchelo que hizo uso de un amplio vibrato expresivo. 

Treviño dio siempre relieve a la tensión expresiva de la obra, lo que redundó en mayor claridad a pesar de su carácter fragmentario. En los últimos bloques, la partitura sigue una administración muy shostakovichiana de las maderas, sobre el doloroso lirismo de una cuerda bien matizada que perfiló perfectamente ese ambiente trágico y apocalíptico de la obra, junto la presencia algo abrumadora de las campanas y la prodigalidad tímbrica de la percusión, que por otro lado mostró gran prestancia. 

La brizna esperanzadora llega en la luminosidad final, con una rememoración radiante del inicio en la flauta, sobre la atmósfera refulgente que suscitan en la percusión la cortina y las campanas tubulares. No hay duda de que Gubaidulina es heredera de la famosa sentencia de Kandinsky sobre la música como “la más inmaterial de las artes”, y fue esa dimensión inmaterial lo más logrado por la orquesta. 

También la personalidad y la obra de Anton Bruckner están imbuidas de una profunda espiritualidad en su caso religiosa, aunque su contexto sea la antesala del traumático derrumbe de unos valores que se creían eternos durante la Belle Époque. El compositor austriaco dedica su Novena Sinfonía a Dios (dem lieben Gott) mientras pocos años antes Nietzsche adelantaba una estocada que ya latía en Los hermanos Karamazov. De hecho el drama inacabado de Lev Tolstói Y la luz brilla en las tinieblas –perfectamente contemporáneo de esta Novena y para el que Stefan Zweig se atrevió a escribir un famoso epílogo titulado “La huida hacia Dios” recreando los últimos días del escritor ruso– donde el errante y extraviado protagonista clama al cielo, podría ser un telón de fondo literario del espíritu trágico de la sinfonía. Aunque lo terminó engullendo, la fe protegía a Tolstói del absurdo que le rodeaba y Zweig no pudo aferrarse a nada cuando se suicidó. Bruckner, católico, se aferró a un monumento sinfónico desmesurado en muchos aspectos, pero concebido con una maestría y oficio incontestable. Un carácter débil y dubitativo oculto tras una magnificencia sinfónica como pocas. 

Su estructura densa y abigarrada y con peligro de hacerse espesa procede de ese mundo, y así parece entenderlo también Treviño a juzgar por su traslación sonora. Una dirección imaginativa y estimulante que determinado por las condiciones primó la precisión del detalle por encima de las grandes visiones de conjunto, buscó el refinamiento y el valor de la línea melódica. 

La batuta fue más minuciosa que arriesgada, en particular con la cuerda en materia de entradas y matices dinámicos en un primer movimiento que si bien dio como resultado gran limpieza en el sonido, hizo peligrar en ciertos pasajes la fluidez. Más meritorio fue el sonido compacto logrado, más allá de la crudeza de sonido del metal, en ocasiones desarraigado de la cuerda, al que nos arroja la acústica de la sala. La alta prestancia de los metales con unas sólidas tubas Wagner y trombones de sonido poderoso contribuyó a un excelente final en toda su genuina intensidad. 

Treviño se esmeró en dotar de gran densidad a los silencios y materialidad a los ataques, pero el Scherzo, conducido con excesiva lentitud, fue cayéndose y tendiendo hacia la pesadez. La orquesta mostró aquí una respuesta poco ágil en accelerando y sufrió desajustes. Sin embargo, desde el primer compás el tercer movimiento concentró gran parte de las virtudes que la batuta quiso trasladar a la formación, en un adagio leído desde un enfoque emotivo pero nada afectado, con una cuerda aquí muy vigorosa. Bajo una dirección que hizo respirar a la obra, la formación abrió ventanas en el seno de esa intrincada arquitectura sinfónica y logró conmover en muchos momentos, hasta ese final que se diluye. Así quiso mantenerlo el director fundiéndolo con el silencio, pero esa incontenible necesidad de hacerse notar en nuestra época lo impidió con un aplauso hiriente. 

Una obra truncada por la muerte, con los insuficientes bocetos del cuarto movimiento y que con buen criterio se interpretó incompleta. En suma una lectura de enjundia y armada de lucidez que pone un granito de arena más para que en este país se valore la obra sinfónica de Bruckner como se merece, y que tanto todavía cuesta de hacer entender. Sólo podemos aplaudir y felicitar la invitación de Treviño y la composición de un programa sugestivo, con la partitura de una compositora viva y un reto notable para la orquesta, lejos del tedio y la rutina que ofrecen otros programas. 

 

 

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