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  • © Agathe Poupeney / OnP
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Vino nuevo en odres viejos

París. 17/03/2016. Opéra de París. Palais Garnier. Tchaikovsky: Iolanta. Sonya Yoncheva (Iolanta), Alexander Tsymbalyuk (Rey René), Arnold Rutkowski (Vaudémont), Andreij Jilihovschi (Robert), Vito Priante (Ibn-Hakia), Elena Zaremba (Martha), Gennady Bezzubenkov (Bertrand), Roman Shulakov (Alméric), Anna Patalong (Brigitta), Paola Gardina (Laura). Tchaikovsky: El cascanueces. Marion Barbeau (Marie), Stéphane Bullion (Vaudémont), Alice Renavand (La mère), Aurélien Houette (Le père), Nicolas Paul (Drosselmeyer), Takeru Coste (Robert), Caroline Bance (La soeur).  Dir. escena: Dmitri Tcherniakov. Coreografías: Arthur Pita, Sidi Larbi Cherkaoui y Edouard Lock. Dir. musical: Alain Altinoglu

Tratando de artes escénicas en última instancia todo se reduce a dos preguntas: ¿Hay una propuesta? Y si es así, ¿funciona? Cabe responder a ambos interrogantes con un sí rotundo en el caso de este programa doble armado por Dmitri Tcherniakov con Iolanta y El cascanueces, retomando el encargo original a Tchaikovsky por parte del director de los teatros imperiales rusos, Ivan Alexandrovitch Vsévolojski.

Ambas obras, desde luego, participan de un mismo sustrato musical, de un pathos común y son, no por azar, dos de las últimas composiciones de Tchaikovsky. El principal obstáculo teatral para unirlas radica precisamente en no poder contar con la misma protagonista en ambas obras, desdoblándose como soprano primero y como bailarina después. Tcherniakov resuelve el inconveniente con agilidad, incorporando ya desde el principio a la bailarina/Marie como una suerte de alter ego de Iolanta, de modo que cuando El cascanueces comienza no empece lo más mínimo asumir la transición entre ambas obras, dentro de esa convención tácita a la que Tcherniakov nos invita desde un primer momento, elaborando en realidad un libreto nuevo para El cascanueces. La transición propiamente dicha, en términos escénicos, está resuelta con una agilidad que asombra, ejecutándose el ballet sin solución de continuidad al concluir la última nota de la ópera. Así las cosas, un talentoso Tcherniakov parece empeñado en llevar la contraria a la consabida parábola sobre el vino nuevo y los odres viejos. Y es que consigue retomar un programa doble original, casi llevado por un afán filológico, pero visitándolo con ojos contemporáneos, con un lenguaje inusitado. El resultado final está llamado a convertirse en un clásico. 

En términos escénicos, en el caso de Iolanta fascina en todo momento una dirección de actores sobresaliente, clásica al fin y al cabo, de un intensidad a flor de piel. En cambio, fatiga un tanto el recurso de Tcherniakov a desarrollar cualquier libreto en un contexto doméstico, con esa consabida escenografía -de su propio cuño- que ya hemos visto, con leves diferencias, en su Macbeth, en su Don Giovanni o en su Traviata, con un salón burgués donde transcurre toda la acción. Respecto al ballet, los amantes de la danza clásica probablemente hayan puesto el grito en el cielo al ver que una pieza con mayúsculas como es El cascanueces se convertía en manos de Tcherniakov y tres coreógrafos (Arthur Pita, Sidi Larbi Cherkaoui y Edouard Lock) en un espectáculo que funciona más bien bajo las claves y coordenadas de la danza contemporánea. Lo cierto es que la propuesta es operativa y emociona, al margen de algunas coreografías que quedan por debajo del interés general de la velada. Tcherniakov introduce aquí un sinfín de imágenes inquietantes, incluso siniestras, sobre el paso del tiempo, la degradación del amor y los afectos, etc. Las coreografías más esmeradas e intensas, a mi entender, son las que llevan la firma de Sidi Larbi Cherkaoui. La pareja protagonista, la bailarina Marion Barbeau como Marie y el bailarín Stéphane Bullion como Vaudémont rinden a un nivel espectacular, destacando asimismo la labor de Alice Renavand como La mère. Tanto Bullion como Renavand son étoiles de la compañía de danza de la Ópera de París.

En el foso Alain Altinoglu expone una dirección musical espléndida, generando un sonido de sugestiva fragilidad, suave y tenue pero cargado de emotividad y tensión, en las antípodas de una recreación fácil y gruesa del melodismo de Tchaikovsky, tan dado a labores de brocha gorda. La orquesta de la Ópera de París rinde con esmero aunque sin brillantez, bien espoleada por Altinoglu pero sin alcanzar cotas de virtuosismo.

A pesar de anunciar una indisposición (seguramente para cubrirse las espaldas ante el más mínimo desliz, ya que había cámaras grabando en la sala) la soprano búlgara Sonya Yoncheva recreo de forma espléndida la parte protagonista de Iolanta, que sienta como un guante a sus modos vocales y actorales. Intérprete esmeradísima, conecta de forma soberbia con el lenguaje actoral que promueve Tcherniakov, detallado e intenso. El resto del reparto congregado para esta Iolanta funciona con solvencia, destacando el buen hacer de Vito Priante como Ibn-Hakia y de Alexander Tsymbalyuk como René. El tenor Arnold Rutkowski, como Vaudémont, expone unos medios apreciables aunque todavía por domeñar.

 

 

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