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Iolanta les artsMikel Ponce y Miguel Lorenzo Palau de les Arts 28 min

Bailar en la oscuridad

Valencia. 28/03/19. Palau de Les Arts. Tchaikovsky: Iolanta. Lianna Haroutounian (Iolanta). Mikhail Kolelishvili (René). Boris Ponkhasovich (Robert). Valentyn Dytiuk (Vaudemont). Geborg Hakobyan (Ibn-Haqia). Andrei Danilov (Almeric). Marina Pinchuk (Marta). Gennady Bezzubenkov (Bertrand). Olga Zharikova (Briguitta). Olga Syniakova (Laura). Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Mariusz Treliński, dirección de escena. Henrik Nánási, dirección musical.

Bailar en la oscuridad... qué complicado, o qué sencillo, resulta bailar en la oscuridad. La oscuridad de Iolanta es una verdad creada a medida para la hija de un Rey que no comprende cómo las cosas pueden ser realmente diferentes a como él las tiene aprendidas. Ahí tenían a Björk, en la maravillosa cinta de Lars Von Trier, de esas bellezas a las que acostumbraba antes de perderse por los caminos de anticristos o ninfómanas.Una mujer que se queda ciega. Y su verdad era el dolor, la aceptación y la evasión a través de la música. La belleza se alcanza cuando no se renuncia a la verdad. A la verdad real, no a la impuesta. Lo que conocemos, como le ocurre a la protagonista de Tchaikovsky, a menudo no son más que certidumbres que aceptamos como válidas porque así nos las han enseñado, así las hemos aprendido, sin cuestionarlas. Su realidad, en un comienzo, es el mundo de la oscuridad, aunque por supuesto, esta historia de Iolanta abandona pronto la senda filosófica para jugar al cuento de hadas con el macho, digo el príncipe salvador y cierta moralina religiosa de fondo. Tampoco podíamos pedir peras al olmo, que estamos en la Rusia finisecular, con Tchaikovsky y sus eternos confilctos emocionales que, como podemos escuchar en su música, le acompañarían hasta el final de sus días, pues no tardó ni un año en fallecer tras el estreno de la obra. La verdad en cualquier caso, ya saben, nos hará, como a Iolanta, libres.

En esta propuesta del Palau de Les Arts de Valencia, donde Iolanta se presenta en soledad, sin crear un programa doble como acostumbran otros teatros (en el Teatro Real pudimos verla junto a Perséphone de Stravinsky, esta misma producción se escuchó en el Met con El castillo de Barbazul de Bartók y en Rusia es tradición unirla a El Cascanueces de Tchaikovsky), se organizó un conjunto de nombres muy solvente, encabezados por la batuta de Henrik Nánási. El húngaro entiende muy bien lo que es sumergirse en la última ópera del compositor, emergiendo hacia el drama desde el lirismo. El drama como meta, el lirismo como camino. Balancearlo no siempre parece resultar fácil, pero Nánási lo consigue desde el principio. También desde el foso, a modo de tragedia griega y hasta el número final, el Cor de la Comunitat Valenciana se mostró solvente en su labor.

Ya en el escenario, Lianna Haroutounian moldeó una Iolanta bien canónica en lo vocal, con un timbre cálido y terso, especialmente lírico y atenta a las posibilidades expresivas que le permite el personaje a través de su evolución dramática. A su alrededor, el bien resuleto Vaudemont de Valentyn Dytiuk, de canto ardoroso, entregado, un tanto ligero; el Robert de Boris Pinkhasovich, con acertada línea de canto, y el Rey René de Mikhail Kolelishvili, que fue de menos a más y terminó convenciendo. El resto del reparto cumplió con su cometido, especialmente la Marta de Marina Pinchuk, todos ellos idiomáticos y con acertadas formas.

Del mismo modo que el bueno - o el maldito - Lars grabó su Oscuridad con medios aparentemente rudimentarios, pero que consiguen crear una estética propia y una belleza de gran altura, la dirección de escena de Mariusz Treliński, proveniente del Teatro Mariinsky (donde se estrenó en 1892), logran un acertado impacto visual sin grandes despliegues o vueltas de tuerca. Un cubículo giratorio adentrado en el escenario (cosas de la corbata), acompañado de sencillos recursos que nos sitúan, efectivamente, en medio del bosque. Lo mejor de toda la propuesta es sin duda la videocreación de Bartek Macias, muy pensada y técnicamente impoluta. Tan solo al final de la ópera la cosa desbarra un tanto, dejándose llevar Treliński por el espíritu naif (machista y religioso, pero naif) que encierra la obra. Número de conjunto, posicionamiento de esos que tanto se llevan en el musical, cañones de luz y bien de confeti. Podríamos decir que sí, que hemos bailado en la oscuridad y que Les Arts nos ha acercado a la verdad de Tchaikovsky.

Foto: Mikel Ponce y Miguel Lorenzo / Palau de Les Arts.

 

 

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