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¡Ay de la melancolía!

Madrid. 14/05/19. Teatro de la Zarzuela. Vives: Doña Francisquita. Sabina Puértolas (Doña Francisquita). Ismael Jordi (Fernando). Ana Ibarra (Aurora). Vicenç Esteve (Cardona). María José Suárez (Doña Francisca). Santos Ariño (Don Matías). Gonzalo de Castro (Prdouctor / Realizador / Director), entre otros. Lucero Tena, castañuelas. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro del Teatro de la Zarzuela. Lluís Pasqual, dirección de escena. Óliver Díaz, dirección musical.

“¡Ay de la melancolía
que llorando se consuela,
y de la melomanía
de un corazón de zarzuela!”

Machado apuntándonos a tantos con el dedo, una vez más. Una copla elegíaca en la línea de la lírica pitagórica que recoge el sentimiento de muchos de los que nos encontrábamos ayer en el Teatro de la Zarzuela, en el estreno de la nueva producción de Doña Francisquita firmada por Lluís Pasqual. Corazones de zarzuela latiendo a cada compás sobre el escenario y más de un melancólico llorando entre las butacas.

En su momento, Paolo Pinamonti abrió las puertas del Teatro de la Zarzuela a los grandes directores y directoras de teatro de nuestro presente para que actualizaran e insuflaran, de algún modo, nueva savia al género. Testigo que recogió desde un principio Daniel Bianco, actual director de la casa, con certeros aciertos y algún vaso que ha tendido en lo escénico hacia lo medio vacío. Es un poco el caso de esta nueva Francisquita a cargo de Pasqual, en coproducción con el Liceu y la Opéra de Lausanne. El catalán suprime los diálogos en su totalidad y traslada la acción a tres épocas y escenarios diferentes: un estudio de grabación en la República, un plató de televisión durante la dictadura y una sala de ensayos en 2019. El resultado es una suerte de cuadros deshilvanados e inconexos, sin entidad global, donde uno puede llegar a perderse. De hecho, Pasqual, que no hay duda de que es un hombre de teatro y de recursos (lo uno ha de llevar a lo otro) se ríe de ello y pone el foco humorístico en tal eliminación. Es una fórmula que funciona en el primer acto (aunque la acción tarde demasiado en tomar forma), pero que se disuelve inexorablemente en las siguientes escenas. Si la cosa aguanta es porque se cuenta con Gonzalo de Castro y María José Suárez sobre el escenario, que se las saben todas y están excelsos en su cometido cómico. Habría que ver, efectivamente, como resiste esta puesta con otros nombres dando vida a sus respectivos personajes (el de Castro, inventado) y ver cómo salen de ahí en Lausanne. Me contaba por cierto la gran Ana María Iriarte una anécdota muy divertida de cómo cantó la Beltrana en Viena, con un cólico nefrítico provocado por “los histerismos de Tamayo” y mientras enseñaba a las austriacas a “caminar como una madrileña”. Al llegar el Marabú, la Iriarte, que era mucha Iriarte, no hizo caso a nadie y se arrancó en español y lo que hasta entonces era un fracaso de función en alemán, pasó a ser un éxito atronador.

No es quien escribe un puritano devoto de ese falso dios que en ocasiones es el libreto, al menos hoy por hoy. Quiero decir, es maravilla ver a Miguel del Arco llevar Hamlet a una rave o a Paco Azorín con El jardín de los cerezos en un karaoke, pero las cosas, en la medida de lo posible, hay que hacerlas bien. Lo de Pascual, en esta ocasión y aunque el libreto original se las traiga, se queda un poco en tierra de nadie, y no precisamente en coordenadas de Pinter… de ese Pinter que dirigía él mismo en el Lliure hace una década, ¡esa maravillosa Celebració! Esta de ahora es una fórmula vacía… y manida hasta la extenuación ya. Lo del franquismo, el cine, los estudios de grabación… es de un déjà vu insoportable. ¡Él propio Pasqual hizo ya algo muy parecido en su Chateau Margaux de hace dos años! Me quedo con la idea que tantas veces he sostenido con la zarzuela: saber de dónde venimos para saber a dónde vamos, representado en este “tríptico temporal”. Es algo que recoge Doña Francisca en una de sus intervenciones, para no sentirnos perdidos y conocer el porqué de las cosas… algo a lo que no hemos terminado de llegar en esta ocasión, lógico cuando el mismo Pasqual alega que se asocia la zarzuela al franquismo para luego situarla en su época, o cuando afirma cosas como “en la ópera siempre se muere alguien y en la zarzuela no”. Los melómanos con corazón de zarzuela, ya como reflexión general de nuestro presente, no nos sentimos melancólicos, pero sí un poco perdidos.

En el foso la batuta vibrante de un hombre analítico. Una garantía y una referencia en esto de la zarzuela: Óliver Díaz. Su visión, siempre en pro de la escena, regala momentos sublimes y una necesaria coherencia en formas y tiempos. Las apariciones del Coro son, simplemente, sensacionales. El final del primer acto, cantando “Viva el jaleo y al amor abran paso los madrileños” le para a uno el corazón. Una perfecta declaración de lo que es esta ciudad. A Bianco debamos la aparición estelar (muy mal llevada en el texto por Pasqual) de una grande como es Lucero Tena, a la que tantas veces hemos disfrutado y quien protagonizó una de nuestras portadas (la megafonía del teatro anunciando el fin de los descansos también es Lucero, a propuesta del director del teatro). Sus castañuelas levantaron al público, quien la aplaudió sin descanso durante largo rato tras interpretar el Fandango del tercer acto.

Como protagonista, la soprano Sabina Puértolas se mostró sensible y acertada, con un timbre estrecho, grato, con ataques en ocasiones no muy limpios y de certera franja aguda, con una cuidada coloratura en su Canción del ruiseñor. Es una lástima que no pueda hablar de la parte dramática de ninguno de los personajes al estar cortado el texto, pero a su lado el convincente Fernando de Ismael Jordi redondeó una pareja de altura. El tenor jerezano canta con gusto y cuidado, regalando un Por el humo se sabe donde está el fuego muy bien fraseado y delineado. Obtuvo una gran ovación que, exageraciones del público invitado de los estrenos aparte, es de esperar que acabe incluso en bis en alguna de las funciones. Ana Ibarra tuvo fuerza y expresividad a raudales como Aurora, además de un persuasivo registro grave, mientras que el resto de los cantantes cumplieron las expectativas en sus respectivos roles.

Los corazones de zarzuela, vuelvo a ellos, agradecerán una tarde más como melómanos, sobre todo por las voces y el foso, aunque salgan de ella algo perdidos. Los melancólicos… no tanto.

Foto: Javier del Real.

 

 

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