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Porvenir y personalidad 

San Sebastián. 05/07/2019. Teatro Victoria Eugenia. Quincena Musical. Obras de Schubert, Liszt y Stravinsky. Khatia Buniatishvili, piano.

Clase, elegancia, estilo. Me apunté esas tres palabras al terminar la primera parte de este concierto, porque resumían muy bien la impresión que deja en el espectador la labor al teclado de la joven pianista georgiana Kathia Buniatishvili (Batumi, 1987). Su sonido es minucioso, intenso, nítido, sin duda meditado. Y como artista es consciente de su poderío escénico, maneja bien su magnetismo sobre las tablas, desplegando todo un ritual, con sus poderosos ademanes, sacudiendo cabeza y brazos de una manera extrañamente genuina, como si rehuyesen a ser meros ademanes teatrales, como si verdaderamente esa fuera su manera de sentir la música que interpreta. Hay algo verdaderamente seductor en el modo en que la pianista georgiana se adueña del escenario, entablando una conexión verdaderamente magnética con los asistentes al recital.

Lo cierto es que para esta velada Buniatisvhili había escogido un programa atractivo y exigente. Un programa duro, como una etapa reina del Tour de Francia, con sucesivos puertos de primera categoría. Un programa de esos que hace difícil creer que puedan tocarse de un tirón con el mismo par de manos. La primera parte estaba reservada a un paseo melódico, con el Impromptus Op. 90 D. 899 de Schubert, seguido de los arreglos de Franz Liszt para tres populares lieder del mismo compositor (Ständchen D. 957, Gretchen am Spinnrade D. 118 y Erlkönig D. 328). La segunda mitad, en cambio, comprendía un verdadero tour de force, como antes apuntaba: de nuevo Listz, con su Mazeppa primero y con su Rapsodia húngara n. 6 en Re bemol mayor; y de remate los Tres movimientos de Petrushka de Igor Stravinsky. Ahí es nada. Una selección muy exigente desde un punto de vista técnico, pero también un reto expresivo de primera magnitud, porque no es fácil hacer que esas partituras logren ser algo más que un virtuoso amasijo de notas ejecutado con preciosismo.

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Con las piezas de Schubert de la primera parte Buniatisvhili demostró hasta qué punto es posible sostener con coherencia una lectura personal, caprichosa incluso por momentos, apoyada en unos tiempos lentísimos, pero logrando un lirismo evocador, especialmente en el Impromptus, que sonó verdaderamente inaudito, como si el tiempo se detuviera por momentos entre sus manos. Un impromptu no deja de ser una pieza de evocación improvisatoria, una partitura pues donde la fantasía y la audacia son bienvenidas. Con su enfoque de la pieza Buniatisvhili se arrojó a una piscina en la que había agua, y salió airosa. Con los lieder de Schubert, la pianista georgiana tuvo la fortuna de arriesgar de nuevo, poniendo el acento en cuanto hay de vanguardia en la patina que Listz imprimió con sus arreglos, en lugar de mirar hacia atrás, buscando el eco de la voz, que de una forma instintiva parece evocarse con los primeros acordes de estas tres piezas.

Ya la segunda mitad del recital, Buniatisvhili, logró epatar al público ejecutando con verdadero virtuosismo las dos piezas de Liszt antes citadas. Imponente la Rapsodia húngara, de una intensidad emocionante, haciendo de la forma un fondo y desplegando todo su arsenal de recursos técnicos. En cambio, los Tres movimientos de Petrushka de Stravinsky tuvieron un enfoque demasiado exterior, como si la pieza estuviera volcada en exceso hacía afuera, concebida más como una ocasión para desplegar su virtuosismo que como una pieza dotada de un alma muy singular y expresiva. Esta reducción para piano fue concebida expresamente para Arthur Rubinstein, lo que habla a las claras del extremo virtuosismo que requiere su ejecución. Pero ello no empece para tener muy presente el alma original de una obra que nació en 1911 como pieza orquestal a instancias de los ballets de Sergei Diaghilev. Lo cierto es que no logró aquí Buniatishvili recrear ese alma, como sí lo había logrado en cambio con las piezas de Liszt, aunque no cabe duda de que su versión de este Stravinsky fue sumamente poderosa y técnicamente abrumadora. 

A modo de colofón, una única propina: una sutilísima y vaporosa recreación del Claro de luna de la Suite Bergamasque de Claude Debussy. Intensidad y poesía. Un sonido elegante, bien medido, nunca demasiado edulcorado, aunque ciertamente personal. El broche a una velada que confirma a Buniatishvili como una de las pianistas con más porvenir y personalidad del panorama actual. De hecho, me atrevo a decir que lo mejor de Buniatisvhili está todavía por llegar.

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