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Tristan Bayreuth

El filtro de la discordia

Bayreuth. 01/08/2019. Festival de Bayreuth. Wagner: Tristan und Isolde. Petra Lang, Stephen Gould, Greer Grimsley, Georg Zeppenfeld, Armin Kolarczyk, Christa Mayer, Tansel Akzeybek, Kay Stiefermann. Dir. de escena: Katharina Wagner. Dir. musical: Christian Thielemann.

Quinto y último año en que se pudo ver la producción de Tristan und Isolde firmada por Katharina Wagner y dirigida desde el foso místico por el todopoderoso Christian Thielemann. Le gusta a la actual directora artística del Festival de Bayreuth subvertir de alguna manera la simple lectura del libreto de las óperas de su bisabuelo. En esta, su segunda producción firmada en el Festspielhaus, e igual que hizo con sus Meistersiguer, en ese caso pintores y no cantores, aquí el amor está presente desde el inicio y el filtro es un mero símbolo de algo irrefutable. 

En efecto si en el primer acto las interminables escalas laberínticas que separan a los enamorados lo son solo físicamente porque anímicamente ya están enamorados desde el pasado, los monólogos de Isolde, las inquietudes de Tristan o los recelos de Brangäne y Kurwenal, no sirven sino para intentar impedir lo inevitable, lo que ya palpita en el interior de los dos amantes a fuego y que un mero filtro, sea de muerte o de olvido, solo sirve para reafirmar una pasión incontrolable y eterna. 

Katharina usa el símbolo del filtro, que ambos amantes tiran por encima de sus manos sin beberlo, como una autoafirmación de un amor que está por encima incluso de la lectura somera del libreto. ¿Es realmente importante si lo beben o no si dentro de sus cuerpos ese amor fluye y crepita desde el más profundo de sus almas? La polémica está servida. 

Para muchos es un sinsentido contrariar lo simbólico del filtro y sin embargo, ¿no está en la alquímica esencia incontrolable del amor el verdadero filtro que se adentra en sus seres desde ese primer encuentro en que ambos saben que ya nunca podrán amar a otra persona?. 

Hay recordar que ese primer encuentro, ocurre antes del inicio de la ópera, Isolde cura al malherido Tristan sin saber en primera instancia que es el asesino de su marido…pero el amor y la muerte ya han cumplido un destino que los llevará al más allá en un tercer acto desolador.

Katharina Wagner lee esta incontrolable historia de amor con un nihilismo gris y onírico, jugando en el segundo acto con una cárcel donde los dos amantes se refugian el uno en el otro, sin importar ya nada ni nadie. Los juegos de luces, la creación de una atmósfera irreal y una entrega que va más allá de lo terrenal juega aquí con imágenes en vídeo, en la estela de una Bill Viola, en un dúo de amor que trasciende la escena y apunta a un final-principio donde el amor fracasa en el mundo real y solo es posible en una realidad alternativa. Esa es la redención que otorga esta puesta en escena.

El tercer acto es la confirmación de un amor fantasmal, demandante y trágico, con la imagen evanescente de varias Isoldas que buscan y encuentran a un Tristan moribundo y vencido por una realidad que lo ha superado hace ya mucho tiempo. La muerte del amante es casi patética, la llegada de Isolda desesperada y trágica contrasta con un escenario desnudo y convencional. Los personajes se mueven como marionetas manejadas por un destino que se ríe de ellos en la famosa escena final. Katharina profundiza en un destino cruel y monótono donde Isolde sobrevive a Tristan para llevar un matrimonio errante con un Rey Marke al que sigue ida como una autómata muerta en vida.

Ligeramente abucheada al saludar al final de la representación junto a su equipo escénico, este último año de esta producción de Tristan und Isolde de Katharina Wagner deja un poso de ligero amargo teatral. Menos lograda que su anterior producción en Bayreuth, unos Meistersinger donde la figura de Beckmeser cobraba un protagonismo inusitado y sorprendente. Este Tristan pasará como una producción estimulante, que no brillante, a la espera del próximo título, sería el tercero en la verde colina para Katharina, según los rumores, un Parsifal en 2022, presumiblemente con Christian Thielemann al podio y con Piotr Beczala como caballero del Santo Grial.

Las prestaciones musicales tuvieron al maestro Christian Thielemann como principal reclamo de la función. Tiene el director berlinés la increíble capacidad de otorgar colores, atmósferas, dinámicas y climas que seducen al espectador desde el primer acorde. Si bien la obertura fue de una dulzura extrema, el dúo de amor del segundo acto fue implacable, inevitable, con una fuerza sonora digna de un torbellino mágico que solo desde el foso de este Festspielhaus es posible crear. Cuerdas magmáticas, metales poderosos, maderas ensoñadoras, con una paleta de colores infinita que sabe recrear en todo momento por encima incluso de las prestaciones de los solistas vocales, muchas veces todo hay que decirlo, sobrepasados por el crisol cromático de una orquesta sinfónica en estado de gracia. 

Tristan Bayreuth2018 EnricoNawrath

Efectivamente, no es que las voces grandes y sonoras de Petra Lang (Isolde) o Stephen Gould (Tristan) fueran tapadas por la orquesta, en esta acústica única aquí eso no pasa nunca con ninguna voz, la realidad es que ninguno de los dos estuvo a la altura de una lectura sinfónica compleja de interminables colores. Petra Lang comenzó chillona y descontrolada. Su ascensos al agudo, tambaleantes y de crispada afinación, se fueron amedrentando con un segundo acto más calmo a pesar que con Lang hay que acostumbrarse si o sí, a un timbre incisivo, metálico y muchas veces agrio. La mezzosoprano alemana sabe sin embargo dotar a su fraseo de encendida pasión, y puntuales momentos de dulzura, parte central del dúo del segundo acto, pero, en suma, uno se pregunta cómo es posible que con una orquesta y lectura musical en ese estado de inspiración se confíe en una voz tan irregular y de sonidos tan poco eufónicos. Su Liebestod fue correcto sin más para una Isolda compacta pero de sonido continuadamente errático.

Hay que quitarse el sombrero con el heldentenor Stephen Gould, pues este año ha doblado como Tannhäuser (cantó las seis funciones programadas) y Tristan (cantó tres de las seis funciones, las otras las protagonizó Stefan Vinke). El cantante de EE.UU, nacido en el estado de Virginia en 1962, demostró las tablas, estilo y fortaleza de un instrumento que no pierde fuelle ni potencia y que sabe administrar con una profesionalidad admirable. A la exigencia de ser el protagonista de la nueva producción de Tannhäuser estrenada este verano, de una exigencia actoral a la par de la musical, el hecho de haber afrontado este Tristan en sus tres primeras funciones ha sido una gesta que hay que subrayar y felicitar. Tanto el pasional minnesinger como este enamorado eterno se consideran junto al Siegfried del Ring los tres papeles de tenor más duros y exigentes de todo el repertorio de tenor wagneriano y Stephen Gould los afronta con una pasmosa facilidad.

El paso del tiempo le ha hecho perder brillantez, el timbre suena más bien mate, y Gould nunca ha sido un cantante que destaque por la variación de colores en la expresión, que suena más bien monótona que matizada. A pesar de todo el fraseo está siempre presente, la capacidad de apianar y control del aire son más que notables, y con todo fue un digno Tristan con un tercer acto intachable de una seguridad vocal a todas luces admirable.

Georg Zeppenfeld mostró de nuevo su privilegiado instrumento, voz oscura de tesitura segura con hermosos graves cavernosos y agudos seguros y brillantes. Su monólogo, quizás algo frío a nivel expresivo por temas de producción, estuvo, esta vez sí, a la altura de una respuesta orquestal de primer nivel. El bajo alemán es un asiduo en Bayreuth que ha encontrado en él una voz de hermosas resonancias wagnerianas y que siempre recuerda al canto de la época de oro del Festival. 

La Brangäne de Christa Mayer, cantante muy querida en Bayreuth, no pasa de una acertada aproximación para un personaje que tiene en el segundo acto unas intervenciones inolvidables. Mayer firma con convicción sus llamadas de atención a los dos amantes pero sin seducir ni emocionar con un timbre además demasiado parejo al de Lang. Voz siempre presente que ha ganado en homogeneidad y potencia, fue una Brangäne resolutiva y correcta.

El Kurwenal de Greer Grimsley destacó por un timbre atractivo, de color oscuro y con búsqueda de matices sobretodo en un tercer acto donde se hizo notar con convicción. Del resto del reparto cabe mencionar el remplazo de Raimund Nolte como Melot por indisposición de última hora, por un seguro y generoso Armin Kolarczyk

Eberhad Friedrich saludó los honores como director del coro masculino, siempre brillantes, coloristas y teatrales.

 

 

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