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turandot liceu 20A Bofill

Transformar la tradición

Barcelona. 07/10/19. Gran Teatre del Liceu. Puccini: Turandot. Iréne Theorin (Turandot). Jorge de León (Calaf). Ermonela Jaho (Liù). Alexander Vinogradov (Timur). Toni Marsol (Ping). Francisco Vas (Pang). Mikeldi Atxalandabaso (Pong). Chris Merritt (Altoum). Entre otros. Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Franc Aleu, dirección de escena y videocreación. Josep Pons, dirección musical.

"Aquellos que mantienen viva una tradición no son los que se conforman, sino los que la transforman". Esta máxima de Robert Gerhard (de quién ahora se cumplirán 50 años de su muerte) es la que parecen haber abrazado en el Gran Teatre del Liceu al cumplirse 20 años desde su último renacer "físico", tras el fatídico incendio que arrasó el teatro en 1994. Dar aquello que la sociedad demanda en su propia evolución, tal y como su director general, Valentí Oviedo, explicó en rueda de prensa la misma mañana de ayer, cuando se abría su temporada 2019-2020 con una nueva producción de Turandot, de Puccini. Cerrar un círculo. Remozar la fachada, darle aún más vida a su edificio, recuperar las wagnerianas vidrieras del Carrer Sant Pau... y volver a la ópera con la que renació de sus cenizas. Respetar la tradición viviendo el presente.

Puede verse como algo un tanto extraño eso de acudir a Puccini para las grandes galas. Fuera de Italia y el comercialismo, al menos. Alguna obra aún más simbólica para la casa o una partitura más intelectual - o intelectualoide - suelen escogerse para las fechas señaladas. Y es que tendemos a infravalorar a Puccini. En lo musical, la sombra de Verdi era más que alargada y al otro lado de los Alpes, Strauss era mucho mejor considerado por los eruditos. Posteriormente, sin embargo, parece ser el de Lucca quien cerró la puerta tras de sí en esto que llamamos ópera italiana. Creo que aún no hemos aprendido a valorar lo suficiente a Puccini, sobre todo al pasar demasiado por alto su aportación dramática a la tradición italiana. Tras la parola scenica en el Macbeth verdiano, la siguiente revolución teatral en la composición del país vecino tiene nombre y apellido: Giacomo Puccini. Por supuesto, también los de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, a quien llevó de cabeza desde Manon Lescaut a Madama Butterfly, pasando por Tosca y La bohème. Su implicación en el libreto, en el drama, llegó a ser desquiciante. Tras ellos, Giuseppe Adami, un tanto alejado de los resultados de aquellos, pero con el que firmó Il tabarro, La rondine y la incompleta Turandot. En realidad, reduciéndolo a una síntesis elemental, la regla de Puccini era bastante básica... y muy efectiva: hacernos a nosotros, el público, cómplices de lo que ocurre sobre el escenario. Un recurso tan antiguo como Pulcinella. ¿Quién no ha sufrido de pequeño, o de adulto, sabiendo donde se esconde el malo y la ración de cachiporra que le va a caer después? En el drama pucciniano ocurre un tanto lo mismo. Nosotros sabemos ciertos "secretos": que Mimì esta enferma, que Manon nos va a llevar a todos de cabeza, o que Pinkerton es malaje. Y luego Tosca que, como obra, es la efervescenica de la connivencia y el efectismo. Sí, Puccini es un efectista, un dramas y un teatrero, pero era el mejor en todo ello.

La cuestión es cómo dar vida a la obra de Puccini, cuando la propia obra ha superado a Puccini. Cómo enfocar Turandot ante el desbarajuste que aún presentaba antes de fallecer su compositor. La trama, ciertamente, es un sinsentido... o así lo entendemos algunos. La actitud de Calaf queda bastante lejos de lo que debería ser un cabal heroísmo y la concepción del amor, visto desde el presente, dista mucho de cualquier sentimiento sano y verdaderamente libre. Y su nombre es amor, dice Turandot en el copia-pega final creado por Alfano, pero no es amor. La única que parece haber conocido ahí algo realmente parecido al amor -el amor como sumisión, así que tampoco es válido- es Liù. Que todo ello termine bien, es difícil de comprender y, por eso, la lectura que Franc Aleu realiza de todo ello dota de una dignidad mayor a la obra. No desvelaré nada, pero su visión de la protagonista como una mujer víctima de una sociedad machista, que lo es, me parece plenamente acertada. Unida al "juego" de la doble realidad con las gafas del mundo impuesto en el que vivimos atrapados... viven, quiero decir y lo que debería ser, añade coherencia al planteamiento. Quizá, entre tanta tecnología y videocreación, los personajes queden algo subdesarrollados, pero lo cierto es que dicha "vanguardia" tecnológica es una maravilla visual. Frente a trabajos de colegas un tanto desacertados en este ámbito, llámense Livermore en Norma, Finzi Pasca en Carmen, o Maestrini en Barbiere (por citar algunos ejemplos que me vienen ahora a la cabeza), la concepción de Aleu es de un nivel técnico impoluto y al mismo tiempo se fusiona a la perfección con el escenario, a la altura de Kosky en La flauta mágica. La escena de la luna, esa otra cara de la luna wagneriana, ¡es de una poética sublime!

Por su parte, Josep Pons se enfrentaba, aunque parezca mentira, a su primer Puccini operístico. Es seguramente el puccini al que mayor jugo pueda sacar el maestro barcelonés. Este es el puccini de los efluvios debussinianos, el más vanguardista... y esta es pues, la Turandot más vanguardista, en ese sentido, que he escuchado. Pons abre la orquesta. Quiero decir, la disecciona, la limpia de polvo, paja y efusivas costumbres. Enemigo del almibar, crea atmósfera sin renunciar a los detalles analíticos, a las texturas. Este de Pons es, ciertamente, un puccini que se acerca a la Petrushka (o su equivalente Pulcinella) de Stravinsky, comentado al principio de estas líneas. Sin comparaciones y sin precisamente chauvinismos, pero en cierta medida Pons vendría a ser nuestro Boulez particular. La batuta, además, estuvo muy pendiente de cuidar a los cantantes, como pudo verse ya desde el Nulla sono... una schiava, mio signore de Liù y la noche acabó con una orquesta cuyos profesores se felicitaban y abrazaban entre ellos. Lo normal, podría decirse, pero no es tan habitual.

Sobre el escenario, un reparto de altura que cumplió con sus respectivos cometidos. La Liù de Ermonela Jaho se muestra enamorada, pero segura de sí misma, en una voz que da lo mejor de sí en los pianissimi de su partitura, además de una acertada vis dramática, siempre acompañada por el Timur de Alexander Vinogradov, uno de los grandes bajos internacionales de nuestros días, de timbre redondo y noble. Una pareja de secundarios de lujo, además de unos convincentes Toni Marsol, Francisco Vas y Mikeldi Atxalandabaso como los cómicos - o siniestros - Ping, Pang, Pong. Otro lujo asiático es la aparición de Chris Merritt como el Emperador Altoum, cuyo timbre sigue reconocible.

Como protagonistas, el Calaf de Jorge de León es la entrega total. El ardoroso héroe pucciniano encuentra en la voz del canario uno de sus mejores intérpretes, con un tercio superior, además, de verdadera y penetrante pegada. A su lado, la Turandot de Irene Théorin, más princesa de hielo que nunca y que ha venido a convertirse en la nueva diva de la casa tras la retirada de Edita Gruberova. Un relevo un tanto insólito, en un teatro, en cualquier caso, que sigue mirando hacia el futuro, transformando tradiciones. ¡Felices re-20!

 

Foto: Antoni Bofill.

 

 

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