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IsabelleFaust 

Johann Sebastian Faust

Barcelona. 24/04/2016, 17:00 horas. Palau de la Música Catalana, Palau 100 Bach. Johann Sebastian Bach (1685-1750): Integral de las sonatas y partitas para violín solo (BWV 1000 a 1006). Isabelle Faust, violín.

Feliz coincidencia en poco menos de un mes de la visita de tres grandes violinistas en el Palau de la Música Catalana, después de las interpretaciones de Anne-Sophie Mutter y sus The Mutter Virtuosi, y de Viktoria Mullova (con un programa también íntegro bachiano), le tocó el turno a la aplaudida solista, la violinista alemana Isabelle Faust (n. Esslingen am Neckar, 1972). Hay que reconocerle a Faust su titánica valentía al afrontar la integral de la obra solista para violín de Bach en una tarde, aunque también es cierto que es una integral que tiene grabada para el sello Harmonía Mundi, en dos Cds (grabados en 2010 y 2012), con los que tuvo un reconocimiento internacional unánime consiguiendo varios premios discográficos, entre ellos dos Diapasón d’Or. Ello no resta mérito al programa, puesto que el grado necesario de concentración, exigencia técnica y desgaste interpretativo está fuera de toda duda y no por ser un repertorio conocido y rodado pierde dificultad y exigencia. Lo primero que llama la atención de Isabelle Faust es el sonido que extrae de su Stradivarius “Bella durmiente” de 1704, llamado así por que fue un stradivarius ‘olvidado’ en el castillo de la familia alemana que lo compró en su tiempo y que luego permaneció en una caja fuerte de un banco hasta que Isabelle Faust pudo hacerse con él gracias a la generosa contribución del banco L-Bank Baden-Württemberg, en 1990. 

Pues bien la dulzura de su sonido -parece ser que es de los pocos Stradivari que conservan el mango (mástil) original-  llama la atención desde los primeros acordes del Adagio de la sonata núm 1 en Sol menor, donde la recreación interpretativa de Faust jugó las bazas de un sonido redondo, aterciopelado, de carácter más bien introspectivo, sobretodo en el Siciliano, coronando la partita con un presto iluminado por un virtuosismo límpido y desenvuelto. Faust eligió continuar con la Partita núm. 1 en Si menor, el BMW posterior a la sonata anterior, para darle un carácter de continuidad histórico según el orden compositivo alterno escrito por Bach. Siguiendo el modelo de la suite de danza barroca que el compositor dotó a sus partitas, Faust imprimió un carácter concentrado y fluido, donde los controles del volumen se volvieron artificiosos y pulidos, sin caer en manierismo ni en una recreación fría de demostración técnica, los mil matices de volumen y homogeneidad acústica brillaron desde el Allemande inicial pasando por el vertiginoso Double, firmando una partita construía con un lenguaje propio lleno de colores y melancolía. Con la Sonata núm 2, en La menor, BWV 1003, Faust evidenció de nuevo la aportación al corpus del violín por parte de Bach, donde la riqueza del instrumento se destila en movimientos como el trascendental Grave inicial, donde la voz del violín se vuelve hondura espiritual, una expresión que parece tener que salir del alma del intérprete, así al menos lo mostró Faust, con un trinos susurrados, dando forma acústica a un estado de ánimo que hipnotizó al espectador. Volvió a demostrar su sello de gran solista en la larga fuga, donde el vigor interpretativo nunca perdió un equilibrio sonoro clave forjado desde el arco con un temperamento y control admirables. El Andante y el Allegro finales cerraron una primera parte donde quedó claro porqué Isabelle Faust es un consumada experta en la obra bachiana, ya que sabe dar voz propia, estilo y belleza, con un sonido natural, sedoso y un rigor expresivo incontestable. 

La segunda parte se invirtió el orden competitivo para poder acabar con la Partita núm. 2 en Re menor, que contiene la titánica Chaconne final, caballo de batalla de cualquier solista de violín que se precie. Antes de llegar a ese punto, una siempre concentrada Faust inició con la Partita núm. 3 en Mi mayor, con el famoso Prelude, donde reinó un carácter de ligereza y frescura que dio un nuevo enfoque al recital, de nuevo Faust ofreció mil matices desde un enfoque que supo alternar lo contemplativo, Loure, con un enfoque hasta juguetón, aportado a la celebérrima Gavotte en Rondeau, con acordes ligeros y una capacidad sorpresiva de dotar de elasticidad a la partitura con una voz siempre viva y característica. En la última Sonata, la núm. 3, en Do mayor, BWV 1005, la violinista alemana todavía mostró más armas de su arte solista con un enfoque atmosférico inolvidable. Abordó un ensoñador Adagio inicial, donde la voz solista del violín parecía irse despertando de un estado letárgico con un ritmo obstinado de gran belleza tímbrica. La fuga se desarrolló con gradaciones acústicas sobre la reconocible y contagiosa melodía subyacente, donde Bach parece jugar con el imaginario del oyente y tuvo en Isabelle Faust una cómplice ideal, dotando a las diferentes voces del violín, personalidad y soltura. Con un sugestivo Largo que acabó suspendido en el aire, finalizó el Allegro assai con una soltura refrescante como si no llevara más de hora y media de recital. La Partita núm. 2, en Re menor, BWV 1004, con la que finalizó esta heroica interpretación de dos horas de la obra para violín solista de Bach, fue una recopilación del arte de Faust, quien hiló el Allemande de apertura con ese sonido concentrado y puro que mostró durante todo el concierto. De nuevo la aparente austeridad de la partitura se dulcificó por unos acordes que rozaron lo etéreo, Courante, donde la fantasía barroca bachiana se vertió en un violín lleno de contrastes, Sarabande templada de carácter contemplativa y trascendental, en oposición a los vertiginosos acordes de una Giga en cascada, articulada con precisión cirujana hasta llegar a la conclusiva e inmensa Chaconne final. Este movimiento conclusivo, paradigmático en la obra de violín solista del corpus bachiano, se mostró como la cúspide última de un recital maratoniano admirable. Faust supo coronar su admirable labor solista con un fraseo todavía lleno de viveza y aristas, sin solución de continuidad, donde parecieron tener cabida todos los sonidos posibles del violín barroco del compositor alemán, dando voz libre y dejando fluir la belleza natural del violín. Riqueza del fraseo, ornamentaciones pulidas y desenvueltas, construcción de un carácter sensorial y trascendente, pero sobretodo el admirable dominio del estilo y la autoexigencia interpretativa de una solista de consumado arte. La ovación después de las  casi tres horas de recital, fue de menos a más, pues salir del impacto por la escucha de un concierto de este envergadura, deja al espectador entre absorto y anonadado, grande Bach y grande Isabelle Faust.

 

 

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