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Medea Yoncheva BerlinStaatsoper BerndUhlig

Mimetismo

Berlín. 15/02/2020. Staatsoper Unter der Linden. Cherubini: Médée. Sonya Yoncheva (Médée), Francesco Demuro (Jason), Iain Paterson (Créon), Sláva Zámeciková (Dircé), Marina Prudenskaya (Néris). Coro de la Staatsoper. Staatskapelle de Berlín.  Dirección de Escena: Andrea Breth. Dirección musical: Oksana Lyniv.

Hay cantantes de ópera que consiguen que el público los identifique, por encima de otros papeles, con uno en concreto. Suele acontecer cuando el o la cantante en cuestión ha representado en diversas, incluso muchas, ocasiones el rol al que se le une. Pero también ocurre que un personaje se apodere del artista, lo absorba, o esa sea la sensación que tiene quien lo contempla. Seguramente es al revés, el cantante se mimetiza con el personaje, pero quien está en el teatro se ve confundido por esa unión particular. Un caso como este se da entre la soprano Sonya Yoncheva y la protagonista de la homónima ópera de Luigi Cherubini, Médée. Yoncheva es, desde que entra en escena, la bruja Medea, y lo es, por encima de todo y mucho más intensamente, en el tercer acto. Un acto que es absolutamente suyo, donde domina el canto y la escena hasta casi hipnotizar al público. Y realmente es que la soprano búlgara posee un instrumento bellísimo, de gran calidad, y además lo sabe utilizar con sabiduría, matizando, creando momentos (de los muchos que tiene la obra) mágicos, especiales. Su voz es carnosa, con un centro poderoso, pero se notó en esta función cierta fatiga en la zona más aguda, aunque nada tuvo en cuenta el público que braveó la entrega, el estupendo fraseo en francés y, sobre todo, ese tercer acto, repito, estremecedor. 

El resto de cantantes cumplieron casi todos con holgura su cometido. Especialmente destacada estuvo en su aria Malheureuse princesse! Marina Prudenskaya, como Néris. Fue toda una lección de canto, elegante, perfectamente medido cada acento. Estupenda. Jasón lo defendía Francesco Demuro, un tenor con buenas cualidades, con un canto plenamente reconocible como de la escuela italiana más clásica y que fue mejorando en el agudo (un poco demasiado ligero y forzado) según transcurría la velada. Actoralmente, como todos sus compañeros, quedó eclipsado por el “vendaval Yoncheva”. Dircé, la prometida de Jasón y foco, entre otros muchos, del odio de Medea, fue una excelente Sláva Zámeciková, aunque el sobreagudo, zona que frecuenta en sus intervenciones del primer acto, sonó siempre algo turbio. Más deficiente estuvo Iain Paterson como Créon. No convenció su excesivo vibrato y una voz que parecía más bajo-barítono que propiamente de bajo. Estupendo el Staatsopernchor, un conjunto que siempre está a la altura del teatro que representa.

Luigi Cherubini fue un prolijo y longevo compositor que trabajó a caballo de dos siglos, de dos mundos muy distintos, con multitud de influencias, sobre todo clasicistas, dada su formación. Dentro de este estilo podemos situar Médée, estrenada en 1797. En un París recién salido del Terror, el Directorio de Napoleón abre una época menos turbulenta y donde los temas clásicos, provenientes de las tragedias griegas (y también de Corneille) tienen perfecta cabida. La música de Cherubini bebe de esas fuentes clásicas pero también prepara lo que vendrá, ese movimiento que, sobre todo en Alemania, se está fraguando en manos de poetas, escritores y después músicos. Esa esencia clásica está apoyada por una parte en el original francés (en el siglo XX se cantó casi siempre en italiano) con diálogos hablados (no recitativos). Pero por otra se adivinan aires renovadores en la obertura y las introducciones musicales de cada acto. Y sobre todo la calidad de la música se evidencia porque en esos momentos no cantados se pudo apreciar especialmente la estupenda dirección musical de Oksana Lyniv. El detallismo, el encaje de toda la orquesta, la interpretación certera de la partitura de Cherubini, estuvieron a gran altura. La directora ucraniana, recién venida de su trabajo en la Ópera de Múnich con Bártok, cambió completamente de registro para demostrar su valía, que es muy estimable. También contribuyó, sin duda, a la gran calidad orquestal de la representación la intervención en el foso de una de las orquestas más seguras en las lides operísticas: la Staatskapelle de Berlín. Un conjunto que, moldeado por el gran Daniel Barenboim, puede considerarse entre los mejores del mundo.

Andrea Breth firmaba la producción, estrenada la temporada pasada en esta misma Staatsoper. Su trabajo escenográfico puede servir para Médée o para muchas otras óperas de cualquier tiempo o estilo. Unos espacios-garaje giratorios enmarcan toda la obra, y los protagonistas van pasando de uno a otro mientras discurre la acción. Unos embalajes abiertos, unas esculturas de caballos rotas, pueden sugerir los almacenes donde se guardan las rapiñas de una expedición arqueológica a la que fueron tan aficionados británicos, alemanes o franceses en el siglo XIX y principios del XX. ¿Se han despertado los protagonistas de la tragedia de Medea en medio de aquel caos para recordar sus penares? Quizá. Supongo que Breth tendrá su explicación pero viendo la función nada está claro de la idea que guía su poco atractivo espectáculo.

Foto: © Bernd Uhlig

 

 

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