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No todo es Meier, por desgracia

Madrid. 05/06/16. Auditorio Nacional. Temporada 15/16 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Obras de Salonen, Mower y Mahler. Waltraud Meier, mezzosoprano. Robert Dean Smith, tenor. Miguel Romea, director.

Si la memoria no me falla, fue Leonard Bernstein quien bautizó Das Lied von der Erde como “la sinfonía más grande” de Mahler. No es una plaza fácil esta partitura. Ya desde el comienzo se nos muestra como un canto a la vida, a la muerte (siempre contrastante), tan singular como personal. No encontrarán música igual ni que se le parezca. Ahí tenemos la inicial Canción báquica, con ese arranque en ascenso; un revulsivo, un canto que se eleva con fuerza ya en los primeros compases. Toda una demostración de fuerza, de ardor, que acompaña a las palabras “Dunkel ist das Leben, ist der Tod” (“Sombría es la vida, también la muerte”), cada vez más agudas en la voz del tenor que las pronuncie en un efecto que da qué pensar y que parten a quien escucha el alma en dos. O debería dividírsela en dos.

No fue lo conseguido en el Auditorio con la Orquesta Nacional el pasado fin de semana, tampoco parecía ser lo buscado. Hay muchas fórmulas para acercarse a Mahler, muchas de ellas válidas, pero todas las que intenten mostrarlo desde su exterior, fracasarán. Y esta fue una de esas ocasiones.

Si un par de meses atrás hablaba del Mahler expuesto pero no sentido de Vladimir Jurowski al dirigir su Séptima sinfonía, algo parecido podría decirse ahora de esta Canción de la Tierra en manos de Miguel Romea, quien no parece encontrar sus mejores formas en la hermenéutica mahleriana. Fue este un Mahler llano y de elevados decibelios que apenas dejó aire y espacio a los solistas, sin elevación posible. Tampoco entre los atriles. Un Mahler compacto, impositivo y contundente, expuesto pero no revelado. Mahler visto y sentido desde el exterior, dejando la misma sensación de quien contempla una despedida desde la distancia, sin formar parte de ella.

Como solistas el tenor Robert Dean Smith, sobrepasado por la orquesta y sin posibilidad para la matización en la empresa de hacerse oír, y la mezzosoprano Waltraud Meier, toda una diosa consagrada del canto y único atractivo sobre el papel para acudir a esta cita con la Orquesta Nacional. Aunque también fue devorada por la formación, inaudible en muchos momentos, encontró instantes para el recuerdo en "Der Einsame im Herbst", con un interiorizado y sentido "Mein Herz ist müde…" y sobre todo con la Despedida, “Der Abschied”, donde sus "Ewig… Ewig…" perdurarán en la memoria auditiva del Auditorio. Pero no todo es Meier, por desgracia.

Previo a esta segunda parte, que se me hace raro no haya dirigido David Afkham, una primera, víctima de la huida desmedida que en ocasiones se produce del sota, caballo y rey. A un monolítico Helix de Salonen se sumó el Concierto para flauta de Mower donde el instrumento de Juana Guillem no terminó de sonar lo limpio que debería y donde se hicieron más que evidentes las raíces e influencias jazzísticas del compositor. Un programa sin ton ni son.

 

 

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