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Kaufmann DasLied Sony

Dos por uno

Jonas Kaufmann canta "Das Lied von der Erde" de Mahler con Jonathan Nott y la Filarmónica de Viena

Mahler: Das Lied von der Erde. Jonas Kaufmann. Jnathan Nott, dir. musical. Wiener Philharmoniker. Sony. CD.

Antes del largo parón de cuatro meses que le mantuvo alejado de los escenarios para curar un hematoma en sus cuerdas vocales, el tenor alemán Jonas Kaufmann (Múnich, 1968) grabó una singular versión de Das Lied von der Erde de Gustav Mahler, al hilo de una serie de conciertos con esta obra en Viena y París, el pasado mes de junio con la Filarmónica de Viena. Jonathan Nott se hizo cargo de estos conciertos y de la subsiguiente grabación, si bien el elegido en origen había sido el italiano Daniele Gatti que tuvo que suspender su participación en este proyecto. La grabación tiene un doble interés: por un lado es una foto fija del estado vocal de Kaufmann antes de ese citado paréntesis en su agenda; y en segundo lugar, más obvio, es un testimonio singularísimo en la medida en que el tenor alemán asume las dos partes vocales, la del tenor y la parte más grave asociada a menudo a altos, mezzo-sopranos o barítonos. A buen seguro es el primer intérprete en atreverse con esta azaña.

Como el propio tenor relata en las notas al CD, en una entrevista con Thomas Voigt, la fascinación de Kaufmann por esta partitura se remonta a su juventud, cuando con apenas veinte años de edad descubrió la mítica grabación de Otto Klemperer con Fritz Wunderlich y Christa Ludwig. De inmediato se hizo con la partitura y durante años soñó con poder cantar, al menos, la parte de tenor. No sería sino más tarde, cuando se produjo su cambió vocal, en la senda del tenor que hoy conocemos, cuando Kaufmann fantaseó con interpretar las dos partes, precisamente -relata- cuando Christa Ludwig le habló de su voz comparándola con un violonchelo. Al margen de esta hipérbole, lo cierto es que el instrumento de Kaufmann posee una oscuridad, en parte natural, en parte debida a su colocación vocal, que cuadra bien con el tono y color que reclaman las canciones graves de este ciclo mahleriano.

Kaufmann ya ha interpretado antes esta partitura -con Abbado sin ir más lejos, en 2011-, esta suerte de ‘sinfonía' (así la definía el propio Mahler) que poco tiene que ver con otros ciclos de canciones al uso en los que la orquesta respalda y acompaña a las voces. Gustav Mahler comenzó a componer esta partitura poco después del fallecimiento de su hija María Anna, con apenas cuatro años de edad, a causa de un brote de difteria. La obra es un fresco plagado de contrastes que termina con un sobrecogedor Abschied a modo de marcha fúnebre. La partitura exige mucho de las dos voces prescritas, y aun mucho más si cabe cuando todo ello lo asume un único solista. Habrá quién vea en esto una excentricidad, un exceso más preocupado por el récord discográfico que por el resultado artístico. Algo de eso hay, no nos engañemos; pero la lectura musical es sumamente respetuosa y seria. 

En algunas canciones, singularmente la tercera, la cuarta y la quinta, la voz de Kaufmann no suena todo lo liberada y flexible que cabía esperar; al contrario, hay a algunos puntuales sonidos más ásperos, tensos y duros que delatan una fatiga, un cierto sobreesfuerzo muscular. Falta sobre todo ese aire ligero, casí etereo y por momentos desenfadado que Wunderlich -por citar una referencia incontestable- conseguía conferir a estas piezas. Paradójicamente Kaufmann convence más en las partes graves, donde suena más natural, menos forzado y haciendo gala de una media voz mucho más medida y genuina.

En todo caso lo que más convence del tenor alemán es su buen hacer en el fraseo, cultivando un legato de buena factura, cuajado de inflexiones dinámicas, en un canto variado, voluntarioso y que impide considerar este reto, esta suerte de dos por uno, como una presuntuosa tentación comercial sin mayor valor artístico. Estamos ante un muy buen Mahler, de eso no cabe duda. Más trágico que preciosista, Kaufmann gana la partida por la expresividad. Prueba de ello es el Abschied final, expuesto con valiente y lograda desolación.

Esta grabación se llevó a cabo en la Sala Dorada del Musikverein de Viena, con Christopher Alder como productor y con Philip Krause como ingeniero de sonido. Como no podía ser de otro modo a estas alturas, la toma de sonido es espléndida y singularmente rica en detalles por cuanto hace a la orquesta, poniendo en valor el estupendo trabajo de Jonathan Nott, mahleriano consumado. En sus manos la Filarmónica de Viena suena de lujo, pero el suyo es un lujo a menudo anónimo, cosa que viene siendo cada vez más frecuente en su caso, perdido ya ese sonido reconocible de antaño -cosa semejante ha sucedido con la Filarmónica de Berlín en tiempos de Rattle-. Ejecución pluscuamperfecta, por momentos virtuosa, pero un tanto impersonal de no ser por el buen hacer de Jonathan Nott, que ofrece una lectura intensa, honda y vigorosa. Azares discográficos, por cierto, hacen que Nott tenga ahora mismo en el mercado dos nuevas grabaciones de Das Lied von der Erde, la presente y otra recién salida del horno en el sello Tudor con la Sinfónica de Bamberg, su orquesta titular hasta el año pasado.

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