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UIV

Dudamel Auditori2018 

Buscando la excelencia

Barcelona. 14/1/2017, 19:00 horas. Auditori de Barcelona, Sala 1 Pau Casals. Mahler: Adagio de la Sinfonía n.º 10. Berlioz: Sinfonía Fantástica. Filarmónica de Viena. Dirección: Gustavo Dudamel.

Con todos los apriorismos artísticos sobre la mesa: para muchos la mejor orquesta del mundo, para otros tanto el talento de batuta joven más importante de la actualidad y un programa que contiene dos pieza de dificultad y lucimiento como eran el Adagio de la décima sinfonía de Gustav Mahler y la Sinfonía Fantástica de Berlioz, así y todo la vuelta a Barcelona de Gustavo Dudamel no acabó de tener esa aura de cita mítica que se esperaba.

Hablar de las virtudes de la Filarmónica de Viena, es como describir la Capilla Sixtina, ¿hace falta recordar la insondable belleza y pastosidad de una cuerda imponente?, ¿el sonido luminoso y diamantino de unos vientos que refrescan la partitura que se presente? o¿ la contundencia y sonido prístino de un metal de hercúlea belleza? Pues sí, comprobarlo en directo es como presenciar la Pietà de Miguel Ángel en la Iglesia de San Pedro en el Vaticano, respirar ese sonido de apolínea belleza, esa maleabilidad legendaria de todas las secciones, palpar acústicamente la homogeneidad de un universo sonoro que se construye delante de uno y fascina con sus múltiples colores. Por supuesto la batuta que tenga que moldear y lidiar con semejante material tiene un peso y un trabajo de interpretación clave para disfrutar de una lectura y una versión que se haga valer por si misma, que tenga un mensaje y una personalidad destacable.

Gustavo Dudamel, como siempre sin partitura, eligió en su visita al Auditori comenzar con el Adagio de la novena sinfonía de Gustav Mahler, el único movimiento de su última sinfonía que completó antes de morir, y que contiene en esencia la madurez y el peso de un compositor en los albores de una nueva época y el fin de otra. Es una partitura que necesita transmitir poso y profundidad expresiva, de una exigencia en el tempo y en su construcción arquitectónica que añade una dificultad extra a un movimiento que coquetea con el Mahler más esencial y el más visionario. Un inicio en suma complejo que no acabó de cuajar por una lectura sobremanera pesante, de tempo demasiado laxo, donde los metales más que brillar, sonaron opacos en una respiración de grisáceo resultado. Dudamel alargó el sonido de las cuerdas de manera que pareció arrastrar la melodía y no construirla y edificarla, la fluidez de las secciones rayó en algún momento lo discursivo, peligro interpretativo mayúsculo en una pieza como esta.

Dudamel bordeó un abismo emocional donde se vislumbró una dispersión que por suerte no se acabó de dar; el espíritu del Mahler brilló gracias a los destellos de una flauta solista y unos vientos que florecieron en medio de un paisaje sonoro tendente al blanco y negro. Dudamel enderezó la deriva de la lectura dulcificando el sonido, las famosas estridencias inmanentes de los metales sonaron menos hirientes, más relajadas, sin manierismos en los glissandi de las cuerdas, con fortaleza e intimismo en todas las secciones para llegar a un finale lleno de la mejor melancolía del Richard Strauss de Metamorphosen. Un inicio demasiado artificioso como para conectar con un publico al que Dudamel ha regalado momentos imborrables, como aquella Alpensinfonie en el Auditori en 2012, o esa experiencia estética en toda regla que supuso su lectura de la Sinfonía Turangalila en el Palau de la Música con una Yuja Wang puro fuego a inicios del pasado 2017.

Con un público expectante y un ambiente todavía por caldear, se presentó en la segunda parte una de las obras más atractivas e icónicas del repertorio francés con la Sinfonía Fantástica del gran Héctor Berlioz. Su carácter de sinfonía programática lo convierte en un viaje alucinante a uno de los mejores testimonios del universo compositivo de Berlioz, quien escancia con originalidad y locuaz inspiración cinco capítulos que sonaron como cinco soles, esta vez sí, con una Dudamel más centrado, menos errático y mucho más comunicativo.

Desde el inicio del capítulo titulado “Sueños y pasiones” donde el espíritu dinámico de un artista soñador y exacerbado se transmitió con un juego de colores y una vitalidad orquestal remarcables. Gustavo brindó un buen control de las pulsiones musicales jugando con los contrastes y controlando el climax y anticlímax lírico con una respuesta potente y rutilante de la formación vienesa. 

Relució el trabajo del primer clarinete y la flauta solista, en el Baile-vals del Allegro ma non troppo donde palpitó un fraseo mórbido gracias a las excelencias de las cuerdas. La lectura de la transmisión del leitmotiv de la amada, los pizzicatti de cristal del arpa, una orquesta que respiró la obsesión del artista con una naturalidad embriagadora. Qué bueno es Gustavo cuando el ritmo del baile suena en la partitura, ¿sería este sello inconfundible una de las razones que lo llevaron a ser el director musical más joven en ponerse al frente de la Filarmónica de Viena en su emblemático concierto de Año Nuevo? 

El tercer capitulo titulado “Escena en el campo”, protagonizado por un radiante Adagio de bucólico espíritu sonó en el inicio poco rural y algo desenfocado, como si la luz del campo se escapara entre las brumas de un rocío entre la niebla. Así con todo el devenir del movimiento más largo de la sinfonía se enriqueció de unos contrabajos de melosos y una tersura de la sección de cuerdas muy remarcable. Los vientos salpimentaron el clima con una melancolía de original factura, a pesar de que el siempre difícil equilibro de la inspiración berliozana y su interpretación no siempre encontraron su mejor lectura. Faltó unidad y cohesión en el exigente y característico melos, la originalidad compositiva se percibió más fragmentaria que orgánica. Hubo cierta pérdida de la alquímica sonora propia de Berlioz a pesar de las excelencias de nuevo de clarinetes, flautas cuerno inglés o el puntilloso trabajo de los timbales. 

A pesar de cierta falta de incisión en el inicio del cuarto movimiento, la “Marcha al suplicio”, el control del sonido marcial bien definido y de efectivo resultado estalló con contundencia con un certero clímax final. A partir de aquí el Sueño de una noche de Sabbath surgió como si se reflejara un capricho de Goya. La estimulante capacidad sinestésica del último movimiento elevó el trabajo de orquesta y director con un sonido punzante, diamantino y a la vez de contundencia ciclópea. Tuttis de fuerza cinematográfica, golpes de contrabajos con el tema del Dies Irae como la fuerza de un macabro sino, sonido envolvente y una energía sinfónica final de irresistible resultado hicieron explotar al público con vítores y un estruendosa ovación final como merece una obra de tal calibre.

Las irregularidades de la lectura no enturbiaron un fin de fiesta coronado con dos fantásticos bises: el Vals de los Divertimenti de Bernstein en un guiño al Año Bernstein de este 2018, y como no, una contagiosa y briosa Polka, el Winterlust Polka Schnell de Josef Strauss.

 

 

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