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Andris Nelsons Marco Borggreve

Andris Nelsons: "El director de orquesta es un místico con los pies en la tierra"

La agenda de Andris Nelsons (Riga, 1978) durante los últimos meses ha sido vertiginosa, sumando a sus conciertos en Boston y Leipzig una nueva producción de Lohengrin en el Covent Garden. Es allí donde nos citamos, en el reservado de un céntrico hotel londinense. Nelsons acude puntual y es sumamente cordial y amable durante todo nuestro encuentro. Conversador sereno y reflexivo, pasamos hora y media revisando sus próximos proyectos, sus experiencias al frente de sus dos orquestas, sus inicios, sus maestros, etc.

Creo que la ópera fue el principio de todo para usted, el origen de su vocación por la música. 

Es verdad. Mis padres eran músicos y eso me expuso desde muy temprano a estar familiarizado con este mundo. Además en Letonia hay una gran tradición de música coral, es algo presente casi en cada hogar de forma cotidiana, es parte de la identidad nacional. Con apenas cinco o seis años de edad asistí a una representación de Tannhäuser acompañado por mi padre. Fue seguramente una de mis mayores experiencias, desde todo punto de vista. Imagínese lo que supone ver algo así para un niño tan pequeño. Todavía lo recuerdo: fue algo muy excitante, místico, algo aterrador… La historia es tremenda en realidad: recuerdo que yo lloraba cuando Elisabet muere. Yo crecí en un entorno católico, además, con lo que eso añadía a la experiencia, precisamente con esta ópera. El concepto, el ideal de sacrificio fue algo que comprendí de manera inmediata ese día.

Por aquella misma época, piense que Letonia era aún parte de la Unión Soviética por entonces, recuerdo haber visto por televisión una película que me impactó mucho: el Jesucristo de Zeffirelli. Fue algo muy fuerte para mí. Junto con ese Tannhäuser, mis dos grandes experiencias musicales y estéticas, siendo apenas un niño.

Curiosamente creo que aún no ha dirigido Tannhäuser en un teatro, a pesar del amplio repertorio wagneriano que maneja.

No, es curioso. Siempre he querido dirigirla pero no se ha dado aún la ocasión. Tan sólo he dirigido algunos fragmentos orquestales en concierto. Además de las óperas tempranas de Wagner, de su repertorio tan sólo me quedan por dirigir Los maestros cantores y Tannhäuser. Me gustaría también volver a dirigir Parsifal, Tristan y el Anillo.

¿Recuerda cuál fue la primera ópera que dirigió?

Aunque quizá no lo crea, la primera ópera que yo dirigí fue El barbero de Sevilla de Rossini.

¿En serio?

No la he vuelto a dirigir (risas). Y no porque no valoré o aprecie la música de Rossini, que me parece uno de los grandes maestros de todo el repertorio. Simplemente el suyo es un estilo musical con el que no me siento tan conectado. Por aquella época dirigí también Traviata y poco a poco me fui encaminado hacia mi repertorio.

La obra de Wagner, que antes mencionaba, representa un punto central en su progresión como director de orquesta.

Sin duda. Haber tenido la ocasión de dirigir su música en Bayreuth, además, supuso una experiencia inigualable. Es un lugar único, con unas circunstancias muy especiales.

Siempre se menciona lo singular de su acústica, pero tengo curiosidad por conocer su punto de vista desde el foso, como director. Es bien sabido que los cantantes y el director no se ven como sucedería en cualquier otro teatro.

Es algo muy sensorial. Podría intentar transformarlo en palabrería técnica, pero estaría mintiendo. Por supuesto, hay que hacerse cargo de la singularidad del espacio, pero en última instancia es algo más bien mágico o místico, una atmósfera muy especial que hace que la música de Wagner allí tenga otro sentido y fluya de otra manera. Es una cuestión de confianza, sabe. En realidad todo parece pensado en contra de las circunstancias normales en las que se dirige una ópera. Por eso hacer música allí es algo así como encomendarse en manos de su artífice y en manos del talento de los músicos. Sí es verdad que desde el podio debe dirigirse un poco por delante de lo que está sucediendo en escena, anticipando apenas unas décimas de segundo más de lo habitual la partitura, precisamente por esa especie de retardo con el que la música llega a la sala. Los gestos deben ser muy claros y precisos, pero al final es cuestión de creer en lo que estamos haciendo y dejarse imbuir del espíritu del lugar.

Parece que hubiera mucho más de espiritualidad que de técnica.

A veces sí. En ocasiones uno se pregunta cómo es posible que todo se encadene y vaya al unísono, como un mecanismo bien engranado. La técnica probablemente sea lo que, sin darnos cuenta, nos ayuda a hacer música en un lugar mágico.

En Bayreuth dirigió un Lohengrin muy aclamado y estuvo previsto que dirigiera la nueva producción de Parsifal estrenada hace un par de años, pero no fue así; usted dejó la producción en el transcurso de los ensayos, por desavenencias con la dirección musical del festival. ¿Qué pasó finalmente? ¿Cómo valora aquel episodio?

Las cosas sucedieron así, no me incomoda hablar de ello pero creo que ya es agua pasada. Wagner siempre será un genio y Bayreuth sigue siendo un lugar único para su música. Me encantaría volver allí en el futuro, de veras.

Actualmente es titular de la Gewandhausorchester de Leipzig, que es también la orquesta titular del teatro de ópera de esta ciudad alemana. ¿Tiene planes para dirigir alguna ópera allí, en el foso?

No por el momento. Es algo que hemos hablado, pero en realidad son dos instituciones distintas, por más que la orquesta sea la misma. Además la Ópera de Leipzig tiene a Ulf Schirmer como maestro titular, quien precisamente está dirigiendo todo el catálogo de óperas de Wagner y Strauss, en un proyecto que se extiende creo hasta 2022. Por lo tanto mi encaje en ese foso, con una agenda también muy comprometida, no es fácil; pero es algo que estamos hablando y ojalá en el futuro sea posible.

Es actualmente el director titular de dos de las orquestas con un sonido más reconocible a nivel mundial, la Sinfónica de Boston y la Gewandhausorchester de Leipzig. Me gustaría que me hablase primero del sonido de la Sinfónica de Boston.

Trabajar con ambas orquestas al mismo tiempo es algo muy interesante para mí. La Sinfónica de Boston puede decirse que es la formación orquestal más antigua de Estados Unidos. Hay quien sostiene que es la Filarmónica de Nueva York, pero en realidad ésta no comenzó como una orquesta de gran formato. La Sinfónica de Boston es en realidad, como tal, la orquesta sinfónica con más historia de Estados Unidos. Va camino ya de los 138 años. Boston como ciudad es además uno de los centros culturales e intelectuales más apasionantes de América. Ahí están Harvard, el MIT, nuestra orquesta y también una enorme actividad deportiva. La calidad de vida allí es increíble. Es un lugar de referencia para investigación en medicina, entre otras muchas cosas. Le cuento todo esto porque no creo en modo alguno que la Sinfónica de Boston sea un fenómeno aislado sino todo lo contrario, una parte muy importante y bien integrada de la vida cultural de la ciudad. 

Hay una gran tradición musical y eso se percibe. Desde los tiempos de Koussevitzky hubo una apuesta importantísima por la nueva creación. En su etapa al frente de la orquesta se estrenaron muchas obras, encargos específicos de la Sinfónica de Boston: el Concierto para orquesta de Bartók o la Sinfonía de los salmos de Stravinsky, sin ir más lejos. La orquesta atravesó un período más alemán, podríamos decir, con Erich Leinsdorf al frente. También Arthur Nikisch pasó por allí durante un breve lapso de tiempo, a finales del siglo XIX. Es muy importante también la impronta de los maestros franceses que estuvieron al frente de la Sinfónica de Boston, como Henri Rabaud, Pierre Monteux o Charles Munch. Y todo esto se refleja en el sonido de la orquesta, que tiene esa brillantez y hondura tan germanas y al mismo tiempo una flexibilidad y sensibilidad más típicamente francesas. Es realmente algo muy particular.

Sabe, alguien me dijo que si quería escuchar la Sinfonía fantástica de Berlioz del modo más parecido a como el compositor la había concebido, no debía escuchar una orquesta de París sino la Sinfónica de Bostón (risas). Es una broma, por supuesto, no quiero menospreciar en absoluto las orquestas francesas, pero sí es cierto que nuestra formación de Boston tiene una personalidad muy singular. En la sede tradicional donde la orquesta ofrece sus conciertos, el repertorio francés ha tenido siempre un peso específico muy notable. Esta influencia progresiva se percibe aún hoy en el color y flexibilidad de nuestra orquesta, que es capaz de ofrecer un sonido suave y transparente, sin dejar de lado ese brillo tan típico de las orquestas americanas. Pensemos en los Boston Pops, sin ir más lejos. Es una mezcla única y creo que el sonido final es muy reconocible. Si no fuera por esa delicada paleta de colores, la orquesta no sería capaz de bregarse con idéntica fortuna con el repertorio alemán, la música francesa o las composiciones contemporáneas. 

Yo me siento en verdad muy afortunado. Por ejemplo, la manera de tocar Shostakovich que tiene la Sinfónica de Boston es algo difícil de explicar con palabras. Estamos acometiendo la integral sinfónica para Deutsche Grammophon y la intensidad de sus versiones es increíble. Pero aún más increíble es cómo entienden el sarcasmo y el doble sentido de esta música tan honda y dramática. Lo mismo podría decir de su manera de entender la música de Mahler…

Recuerdo muy bien la Sexta de Mahler que ofrecieron hace dos años en el Musikfest de Berlín, con la Sinfónica de Boston. Fue una versión fantástica.

Volvemos de hecho este mes de septiembre con la Tercera de Mahler. Con este compositor en particular hay una dificultad constante, la necesidad de mantener la tensión durante casi hora y media de música prácticamente ininterrumpida. No concibo de hecho la música de Mahler sin esa tensión constante. Recuerdo que Bernstein decía que es necesario tocar cada nota de Mahler al cien por cien. Y estoy plenamente de acuerdo. No hay ningún pasaje donde quepa relajarse y pasar por encima como si fuese una sección de transición, menos relevante. Es una música muy egocéntrica, desde un determinado punto de vista. Pero si consigues que una orquesta se entregue todo el tiempo al cien por cien, la elevación que se alcanza no tiene parangón.

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