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"Un músico de Nueva York que no se pertenece"

Philip Glass. Palabras sin música. Memorias. Editorial Malpaso.

A Philip Glass le conocemos todos, y a quien no tenga el gusto, le invito a leer la estupenda entrevista que nuestro compañero Juan José Freijo le realizaba con motivo del estreno de su Concierto para dos pianos con la Orquesta Nacional y las hermanas Labèque. A Glass le conocemos todos, decía, pero es ahora cuando se ha animado a contar los detalles de su vida y su carrera en unas memorias peculiares, que la editorial Malpaso ha publicado recientemente, bajo el título Palabras sin Música.

Descubrimos a un Glass alejado de la música, quizá por ello el título escogido, en cuyas memorias poco se recoge de ella excepto lo fundamental: aquello que la genera. Por supuesto hay espacio para el análisis del compositor de sus propias obras, pero estos momentos son los menos y siempre narrados con una extraordinaria perspectiva, a veces incluso contados casi desde la tercera persona, sin que resulten en absoluto abrumadores. Más que a un músico, que también, descubrimos aquí a un hombre de vida y, más concretamente, a un hombre de cultura. Glass absorbe desde su juventud todo lo que respira arte y creación, posee unas ansias casi sobrenaturales por descubrir y capacidad ilimitada para dejarse sorprender. Algo realmente maravilloso.

Así, los comienzos de Glass con la música surgen de este necesidad de descubrimiento, en su Baltimore natal, cuando su padre, propietario de una tienda de discos, se llevaba a casa aquellos que no se vendían para escucharlos y entender el por qué. La nueva era: discos de Bartók, Stravinsky, Schoenberg... que el pequeño Glass escuchaba cada noche, escondido, desde la escalera de su casa.

La narrativa sigue una línea cronológica muy clara, donde además leemos como su estética va tomando forma a base de todo aquello que la nutre. El jazz, no tanto el pop y el rock, aunque evidentemente se muestra abierto a ellos, la electrónica... Desembarca en la Julliard y por ende en Nueva York, donde se descubre a sí mismo y donde comienza a ser más Glass el vanguardista y menos Philip el estudiante de clásica. En todo ello, Glass se plantea cuáles son sus metas como compositor, como creador: no busca dar respuesta, no busca hacer preguntas, busca reformularlas. Es evidente que el compositor vive la música, como tantas otras cosas, como un ente cíclico donde las formas de antes toman nuevos caminos, a través de nuevos enunciados. Apasionante resulta también acompañar a Glass en su descubrimiento personal en el budismo y en sus creencias. Lecciones de vida, una detrás de otra, que alcanzan algún cénit seguramente difícil de comprender para aquellos no conozcan su esencia, como los valores de desapego y amor imparcial que llevan a Glass a sorprenderse y manifestar que no entendía como su primera mujer quiso separarse de él cuando este comenzó una relación con otra mujer.

Antes de ello recrea un viaje apasionante desde París, donde estudió con Nadia Boulanger durante un breve periodo de tiempo, hasta la India, a la que ha vuelto regularmente durante el resto de su vida. Un viaje inicial hoy por desgracia irrepetible, haciendo autoestop en rutas de camiones de petróleo por Afganistan, Irak, Pakistán... Que también influyó en su obra, especialmente de su primer periodo, con las repeticiones rítmicas de tablas, por ejemplo, que aprendió con el que fue su gran amigo Ravi Shankar.

A todo ello sumar el inneglabe aire estadounidense en las líneas dibujadas por Glass. No digo que estemos ante un Miller, un Steinbeck o un Wolfe, evidentemente, pero tiene algo de su sencillez, de su realidad, de cierta estética periodística a la hora de contar las cosas, que hacen que posea una atractividad innegable, máxime si uno ama la música y la nueva creación, en la que Glass juega un papel vital en las últimas décadas, sobre todo en la música de su país y en la corriente del minimalismo, por más que, como leemos en la comentada entrevista, renuncie a ello. De hecho la renuncia al yo es otra de sus señas. Philip Glass es un hombre hecho a sí mismo, que destila un aire que puede resultar sorprendentemente naif para muchos, pero que en realidad viene derivado de la creencia profunda de que nada nos pertenece. Todo lo ha peleado y conseguido Glass con esfuerzo. Con algo de suerte también, pero sobre todo con perseverancia. Ese es Glass, el músico que a pesar de haber ya estrenaado Einstein on the beach en el Metropolitan de Nueva York y con atronador éxito, siguió trabajando como taxista, mozo de mudanzas, o fontanero hasta bien cumplidos los cuarenta. Un músico de Nueva York que no se pertenece. Ese es Glass.

Foto: Malpaso ediciones.

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