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Kenilworth pratt remigio donizetti opera

Un lugar llamado Donizetti

Bergamo. 24/11/18. Teatro Sociale. Festival Donizetti de Ópera. Donzietti: Il castello di Kenilworth. Jessica Pratt (Elisabetta). Carmela Remigio (Amelia) Xabier Anduaga (Leicester). Stefan Pop (Warney). Federica Vitale (Fanny). Dario Russo (Lambourne). Orchestra e Coro Donizetti Opera. María Pilar Pérez Aspa, dirección escénica. Riccardo Frizza, dirección musical.

Cuentan los mayores que al norte de Italia, en la región prealpina de Lombardía, existe una pequeña ciudad llamada Donizetti. Al menos, allí es donde nació el insigne compositor, creador de numerosas partituras universales y conocido por títulos como L'elisir d'amore, Lucia di Lammermoor o Don Pasquale. Por ello y gracias a la encomiable labor de la Fondazione Donizetti, Bérgamo cede su nombre al músico, el más ilustre de sus vecinos, durante finales de noviembre y comienzos de diciembre desde hace tres años. Un lugar tranquilo, amabilísimo, donde puedes no cruzarte con nadie en un paseo de cuarenta minutos desde la città bassa a la città alta, allí donde las campanas parecen anunciar contínuamente algo: el Angelus, misa de ocho, la llegada del funicular, la hora de la merienda o que la grúa se está llevando el coche de alguien. Todo entremezclado con una explosión donizettiana de primer orden: su música como hilo musical en las calles y su imagen en prácticamente todos los escaparates, adornadas con árboles y luces de Navidad. Un reducto de paz y armonía donizettiana que es pura maravilla, un oásis de necesaria tranquilidad, máxime para quien, como un servidor, vive atrapado en el bullicio y el estrépito constante de la Gran Vía madrileña.

Ese lugar llamado Donizetti es la melodía y la forma de un genio único, depositario de las formas rossinianas y creador, de algún modo, del romanticismo italiano en la ópera; el camino hacia Verdi en un estilo propio. Un genio que dió vida a más de setenta títulos, de los que en realidad desconocemos la gran mayoría. En esta edición del Festival Donizetti, se sube a escena una ópera poco conocida pero desde luego imprescindible en el catálogo donizettiano: Il Castello di Kenilworth; punto de inflexión del compositor, del mismo modo que fue Il Pirata para Bellini o Luisa Miller para Verdi, tal y como el propio Riccardo Frizza me contaba en una entrevista que publicaremos mañana. De hecho, en ella no sólo escuchamos formas, líneas de canto o situaciones que nos llevan irremediablemente a dramas posteriores como Roberto Devereux (el paralelismo surge desde su base) o la Maria Stuarda, sino también directamente músicas que luego emplearía más tarde, como es o, en un giro totalmente inesperado, las notas utilizadas para la entrada de la Reina de Inglaterra, que escucharemos a posteriori para dar paso al gran Dulcamara en L'elisir d'amore (¡Y con ese coro con el que me es imposible no retrotraerme hasta Mozart!). Con todo, desde luego es ya más la cuarta pata y la primera de su visión sobre los Tudor que el enlace con la Elisabetta rossiniana. 

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Esta reina de Inglaterra tiene en realidad contadas (pero determinantes) apariciones en escena. Eso sí, cuando la Elisabetta de Jessica Pratt se deja ver sobre el escenario, es imposible apartar la vista y el oído de ella. Su poder escénico es total. La atracción de un canto fidedigno e inmaculado, sumado a una vis dramática que nos regala el poder descubrir y redescubrir en su mejor forma un personaje y una obra que por desgracia no se representan con asiduidad en los teatros. Resulta curioso que alguien que no sabía cantar bien escriba tan bellas frases para la voz (ante la incapacidad de Donizetti por cantar decentemente en la escuela de música de Bérgamo, su padre escribió para que por favor siguiese sus estudios aunque le fuese imposible "per la sua fisica constituzione di gola"). Jessica lo tiene todo para recoger el cetro del bel canto. Y además se entrega a la causa de ayudar a los animales abandonados... ¿Se puede pedir más a una reina? ¡A sus pies! 

Otro gran hecho que me llama poderosamente la atención en este Donizetti es observar como él también crea un engranaje entre primera y seconda donna, del mismo modo que lo hacía paralelamente Bellini, pero en este caso sin que ambas tengan una relación tan directa como Norma y Adalgisa un par de años después. Llama la atención que a la prima donna se la considere tal en este caso más por el orden y situación de sus apariciones que por lo que realmente canta, puesto que el protagonismo de la seconda, aquí Amelia en la voz de Carmela Remigio, es de una presencia absoluta a través de duetos y un aria bipartita que incluye la utilización de la armónica de cristal (y arpa) en una escena a lo Lucia, sin sus juegos de artificio ni tanta exhibición. El trabajo de Remigio es ciertamente bello, intachable como soprano lírica y teatralísimo, con un duo con Leicester que a cualquiera le provoca un nudo en la garganta. Una seconda sin ningún atisbo del mal entendido rol secundario que no es. 

Leicester, por su parte, fue el tenor vasco Xabier Anduaga, quien dibujó un personaje de intachable factura, impecable dicción y buena proyección, con un centro cálido de esos que Donizetti pide a gritos y un agudo limpio y redondo. Faltaría tal vez pulir los acentos y algún fraseo que queda blando, aunque en cualquier caso oírle es un placer y no quisiera hablar aquí de juventudes, que uno ya está harto de que se diga que la juventud es impedimento. La juventud ha de ser, por fuerza, siempre virtud. Anduaga, a quien este temporada le quedan por delante Italiana, Elisir y Lucia (como Arturo), se ha mostrado aquí como un fuera de serie que parece encontrar en Donizetti (más que en Rossini, diría yo) el que en estos momentos sea quizá su mejor aliado. Y si los maestros son garantías, el tenor las lleva todas: Zedda, Flórez, Chova y Palacio le han mostrado su sabiduría.

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La pareja de tenores (aquí sí, evidente herencia rossiniana y volviendo al concepto original de Donizetti, sin recurrir a un barítono) se completa con Stefan Pop, quien muy aplaudido y con razón, se mostró igualmente redondo en su quehacer como el malvado Warney, contrapunto ideal al Leicester y cerrando unos protagonistas de primer orden. Federica Vitali, quien la noche anterior ya cantó en Enrico di Borgogna, encabezó unos solventes secundarios con una Fanny que es mucho más en la acción que las habituales particchine para soprano que mismamente y de nuevo podemos encontrar en Lucia.

Todo ello habría caído en saco roto si no se contase en el foso con una batuta diría yo vital, analítica y musical, imprescindible en este festival. Palpitante, dramática y lírica, Riccardo Frizza presenta a Donizetti en todo su esplendor. Tensión y tersura a partes iguales sin exhibiciones vacuas para la galería, este es el Donizetti verdadero. Una batuta, a tenor de su repertorio y sus formas, que en realidad ya quisiera cualquier casa de ópera en España. La de enteros que ganaríamos con Frizza en nuestros fosos. Por su parte, la española María Pilar Pérez Aspa presentó una escena sobria que bien podría valer (y de hecho podríamos trazar paralelismos en escenas ya montadas) para dar vida a las obras de Tirso o Lope, lo cual no deja de ser maravilla, encontrando estos lugares comunes. El vestuario de Ursula Patzak es ajustado y precioso, y los recursos escénicos, con un escenario elevado a modo casi de tablero de ajedrez donde los designios de la reina son puesto a prueba, regala un momento especialmente acertado en su conclusión, con la soberana apartada de todo y todos, magnánima, pero sola.

Dicen que a finales de los ochenta una tal Mariella Devia cantó aquí mismo está misma ópera. No es algo que escuche con ningún tipo de recelo o pesadumbre... estamos en 2018 y hemos presenciado una maravillosa noche de ópera. Auténtico bel canto en un enclave privilegiado con un equipo que se siente, esto es así, se desvive por ofrecer a Donizetti en la mejor de sus formas. El Festival ha encontrado su forma, ahora falta que todos nos demos cuenta para darle su lugar en el mundo, a la altura desde luego del Festival Rossini de Pésaro o del Verdi de Parma. Quien se diga amante del bel canto debería peregrinar al menos una vez en la vida a Bérgamo... yo me declaro ya entregado a la causa y tachando los días para la próxima edición.

Fotos: Donizetti Opera.

 

 

 

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