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 Callas Traviata

Maria Callas. La voz de la tragedia.

En el 40 aniversario de su fallecimeinto.

Convertida hoy en un icono de resonancias “warholianas”, con toda la mercadotecnia sacando el máximo provecho de sus glorias y sus tragedias, Maria Callas es a buen seguro uno de los pocos nombres vinculados a la lírica que el gran público conoce y reconoce, junto a los de Caruso, Pavarotti y Domingo. Se reconocen su nombre y su rostro, no tanto así su voz, mucho menos popular de lo que pudiera pensarse. Incluso hay quien sostiene que el timbre de Maria Callas era ingrato. Lo único que parece generar un consenso unánime es que su instrumento era único: por su extensión, por su flexibilidad y por el modo carismático y memorable en que su dueña lo supo explotar. 

La carrera de Callas fue breve -no tanto como a veces se exagera- pero intensa. Hija de emigrantes griegos, Ana María Cecilia Sofía Kaloyerópulos nació en Nueva York en 1923 pero su madre la llevó consigo a Atenas muy pronto. Fue allí -tras falsear su edad para entrar al conservatorio- donde conoció a quien sería su maestra, la gran soprano turolense Elvira de Hidalgo. Ella forjó a la Callas, como la propia solista reconoció en numerosas ocasiones: Elvira de Hidalgo le hizo sentir el sonido que producía y dominarlo de un modo único. 

Se ha hablado mucho de la revolución que Callas supuso para la lírica a finales de la década de los cuarenta y comienzos de los cincuenta del pasado siglo. Lo cierto es que dejó perplejo a todo el mundo cuando alternó Elvira de Puritani y Brunilda de Walküre en La Fenice de Venecia, en 1949. Con un instrumento amplio y pastoso, un punto agrio pero brillante, de indudable extensión y personalidad, demostró que el repertorio para ella no tenía límites: Bellini y Wagner no eran dos extremos antagónicos sino territorios paralelos, con vasos comunicantes.

Antes de esto se había curtido ya en Atenas con un repertorio exigente, cantando Tosca, Cavalleria rusticana, Fidelio o Tiefland. El episodio decisivo que encauzó la trayectoria profesional de Maria Callas fue su encuentro con Giovanni Zenatello, tenor ya retirado y que por entonces dirigía la Arena de Verona. Debutó allí en 1947 con La Gioconda, bajo la batuta de Tullio Serafín. En aquel tiempo conoció también a su primer esposo, Giovanni Battista Meneghini, un acaudalado industrial italiano, quien ejerció a un tiempo de padre y esposo. Tullio Serafín cogió a Callas de su mano y la hizo debutar en La Fenice como Isolda, donde triunfó también al año siguiente como Turandot, antes del sonado “sucesso" con Puritani y Walküre de 1949. Fue también Serafín el responsable de su debut en América, en una gira al Teatro Colón de Buenos Aires, donde Callas cantó Turandot, Aida y Norma

En 1950 llegó por fin para ella el esperado debut en la Scala de Milán, nada menos que como Aida, en unas funciones que Renata Tebaldi no pudo llevar a cabo. Tras una primera y tibia acogida, la Scala terminó rendida a los pies de Maria Callas, a la que pronto se apodó “La Divina”, como tiempo atrás se dijera de Claudia Muzio. El coliseo milanés fue a partir de entonces el hogar de la incuestionable diva, amén de otros sonados triunfos como los que encadenó ese mismo año de 1950 en el Bellas Artes de México, con Norma, Aida o Rigoletto, entre otros títulos.

A partir de aquí, la leyenda: su Traviata, su Lucia di Lammermoor, su Sonnambula, su Bolena, su Norma, su Medea… Son los años del mito viviente, el que encandiló al productor musical de EMI Walter Legge, pero también a Herbert von Karajan o Leonard Bernstein, a Luchino Visconti, a Carlo Maria Giulini y a Giuseppe di Stefano. Todo lo que se diga sobre la Callas de los años cincuenta es poco. Lo único que le hace justicia es escucharla boquiabiertos y admirados.

El último tercio de esta década supuso no obstante el comienzo del fin, el inicio de un progresivo eclipse donde se amalgamaron la decadencia vocal y la depresión personal. Callas protagonizó algunos sonados episodios que le granjearon una imagen de diva déspota y caprichosa, como el celebre escándalo en Roma, cuando dejó la representación de Norma ante el Presidente de Italia, al no sentirse en forma para continuar la función. Un año antes había propiciado el debut de una jovencísima Renata Scotto de apenas 23 años, cuando Callas deja Edimburgo renunciando a cantar una quinta función de La sonnambula no contemplada en su contrato. Si hacemos caso a las informaciones al respecto, el destino quiso que fuera precisamente en Venecia, al abandonar Edimburgo, donde conoció a Aristóteles Onasis, en una fiesta de Elsa Maxwell.

A partir de aquí, se diría que el trágico final de Maria Callas pareciera concebido para un guión cinematográfico. Poco a poco su actividad profesional fue declinando, cada vez más cuestionada. 1965 fue el año de la caída final. Se ha exagerado seguramente el episodio junto a Fiorenza Cossotto en la Norma de París, en el mes de mayo. Lo cierto es que al caer el telón, Callas se desplomó inconsciente. Ese año haría, no en vano, su última representación teatral, con una memorable Tosca en el Covent Garden, contando apenas con 41 años de edad.

Abandonada por Aristoteles Onasis en 1968, la depresión se adueño de su existencia. Encadenó varios proyectos sin éxito, como la Medea de Pasolini o algunas tentativas en dirección de escena, con I vespri siciliani. Sus clases en la Juilliard School de Nueva York y una última gira junto a Giuseppe di Stefano, en 1973 y en franca decadencia, son el último testimonio de su voz. Tras esto, Callas se recluyó finalmente en su casa de París hasta que su corazón dejó de latir, tan cansado de vivir como fatigado por los medicamentos que Callas se administraba por entonces, de manera casi adictiva. Aquel 16 de septiembre de 1977, hace hoy cuarenta años, se fue una mujer que de algún modo ya había decidido irse mucho antes, cuando se sintió “sola, perdida y abandonada”.

El recuerdo contemporáneo de Maria Callas es el de un mito, donde se amalgaman su talla como artista y su perfil como personaje público, a medio camino entre las páginas de cultura y las páginas de sociedad. Lo cierto es que buena parte del repertorio belcantista, tal y como hoy lo conocemos, sería impensable sin el ahínco con el que Maria Callas apostó por recuperarlo. Y la dimensión teatral de este arte sigue pagando tributo a la revolución que ella supuso en los escenarios. Yo les confieso que sigo sintiendo un nudo en la garganta y una sensación increíblemente placentera cuando escucho la voz de Maria Callas. Suena a tópico manido, pero cuando ella canta sigue pareciendo que el tiempo se detiene.

 

 

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