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peralada 

Los orígenes del Festival de Peralada, en su 30 aniversario

Fue una feliz iniciativa la que llevó a la palestra a esta actualmente vital institución musical veraniega que es el Festival de Peralada. La feliz confluencia del sentido musical del matrimonio formado por Carmen Mateu, propietaria del histórico castillo, y de Artur Suqué, decididos ambos a dar una nueva vida a la institución que tenían en sus manos, los llevó a impulsar y dar vida a uno de las instituciones musicales veraniegas más destacadas del entorno catalán, y la única de cuantas se han formado desde entonces en las que tienen un componente importante la música cláisca y las representaciones operísticas. 

El Festival se apoyó en la personalidad y el savoir faire de un gestor vinculado a la familia Güell de Sentmenat, Luis López de Lamadrid, quien lo llevó con mano firme durante los primeros veinte años de su andadura, y quien ha permanecido en los diez años siguientes como consejero y alma de la entidad. Durante varios años se contó también con la personalidad del crítico y profesional de la gestión operística Luis Polanco (1937-2006), cuya aportación más importante fue una visión especialmente modernizadora del espectáculo operístico con apuestas atrevidas y por otra parte muy conscientes de la necesidad de no perder el contacto con el público del Festival, que por su situación geográfica y su emplazamiento tenía poco que ver con el habitual de la ópera barcelonesa, a pesar de las inevitables coincidencias sobre todo en el panorama operístico -y en menor medida también en el caso de las voces y los ballets-.

No olvidemos que a Polanco se debe el “atrevimiento” de programar una Carmen en la celebrada producción de Calixto Bieito, allá por 1999, en un trabajo que todavía hoy reaparece de vez en cuando con su inmenso toro publicitario, su cabina telefónica, su torero desnudo bailarín y su genial entrada de la cuadrilla de los toreros en el último acto -aclamada por un público que no los ve pasar, situado detrás de un cordón separador de gran efectividad-. Es obligado citar a los directores posteriores que han llevado a cabo la perpetuación del Festival recogiendo el testigo, tanto en el caso de Joan M. Gual (2006-2009) como con el actual impulsor del ciclo, Oriol Aguilà.

Los inicios del Festival

El modo y circunstancias con que se inició el Festival de Peralada hacía ya prever que no se trataba de un evento intrascendente. El día de la inauguración coincidió con la luctuosa noticia de la súbita enfermedad del tenor Josep Carreras, que había acudido al Hospital Clinic de Barcelona después de conducir personalmente su vehículo desde París. Recuerdo con toda nitidez el impacto de la terrible noticia que conmocionó a los artistas que iban a participar en la gala inaugural, y cómo la información circuló también entre el público que había acudido al Festival. 

Por otra parte,  el Festival iba a tener desde sus inicios un importante componente operístico destinado a marcar una época en la historia lírica de Cataluña. Y así fue ya en esa primera edición, con dos estrenos absolutos en España: la curiosa ópera Falstaff, de Antonio Salieri, que estuvo a punto de cancelarse por una lluvia inoportuna que afortunadamente cedió a tiempo, y la curiosa pequeña creación de Rimski-Korsakov titulada precisamente Mozart i Salieri. Algún lector recordará que esta insistencia en Salieri se debía a que en aquel momento se había hecho famoso el contencioso entre Mozart y su supuesto rival italiano Antonio Salieri (1750-1825) que la película Amadeus tanto había difundido por Europa. El equipo vocal que dio vida a este Falstaff lo formaron Enric Serra, Nuccia Focile, Dalmacio González, Carlos Chausson, Raquel Pierotti y María Gallego, con la orquesta del Liceu.

El carácter operístico del Festival se mantuvo en la segunda edición, en 1988, con un concierto inaugural a cargo de Montserrat Caballé y el tenor italiano Luca Canonici, y con una graciosísima versión escénica de L’italiana in Algeri, de Rossini, en la que el públcio se sorprendió al verse a si mismo riendo a carcajadas mientras el bajo Mustafà salía del baño envuelto en una extensa toalla. Un equipo inglés presentó un título totalmente inédito en España, el Alceste de Händel, y Montserrat Caballé hizo historia cantando su 115º título operístico, con su emotiva versión de Dido en la ópera de Purcell. Coronó este segundo Festival otra novedad casi absoluta: el Barbiere di Siviglia (¡el de Paisiello!) a cargo del célebre tenor Eduard Giménez, que tantas veces habíamos visto en el de Rossini, con la Rosina de María Gallego y el Figaro de Carlos Chausson. Dirigió Xavier Güell, con la Orquestra de los Solistes de Catalunya, con la que en estos años estaba llevando a cabo una programación mozartiana en la ciudad de Barcelona.

El tercer año

Aquel año se había dado en el Festival de Mérida una curiosa iniciativa operístico-teatral que no tendría continuidad, pero que en su momento tuvo bastante relieve: el montaje en las ruinas del teatro de una versión de la Medea de Cherubini, que Montserrat Caballé ya había cantado en el Liceu pocos años antes y que ahora volvió a cantar en medio del calor sofocante de aquel verano de 1989 (hubo días en que se alcanzaron los 50 grados) y además se hizo célebre la caída de toda una plataforma en la que se hallaban sentados la diva y sus familiares, por fortuna sin daños graves. Esta Medea se dio aquel verano, un mes más tarde, en Peralada, y contó también con el primer rol operístico –el del tenor Giasone- cantado por Josep Carreras después de superada su enfermedad. Fue una función única pero ya se sabe que los verdaderos hitos históricos rara vez se repiten. 

Otro estreno absoluto marcó este tercer Festival: el de la pequeña ópera-ballet de Puccini Le Villi, jamás representada en el Liceu barcelonés. Montserrat Caballé aparecía en ella junto al barítono menorquín Joan Pons y al tenor Bruno Sebastian. Un poco triste, en este Festival, fue la fantasmagórica aparición del antiguo divo tenor Giuseppe Di Stefano, que ofreció un par de recitales, por llamarlos de algún modo, en el claustro de la iglesia del castillo.

Otro momento clave: 1990

Este año dejó una importante estela que muchos añun recuerdan, que fue la ópera cómica de Donizetti cuyo título, para abreviar, suele citarse como Viva la mamma! en la que se hace una parodia (algo muy frecuente en la ópera italiana del siglo XIX) de los problemas empresariales de unas funciones en las que la “mamma” de la diva quiere intervenir a toda costa en los privilegios de su hija cantante. Aquí lo extrordinario fue que el barítono Joan Pons se avino a disfrazar su corpulenta humanidad con el traje de “mamma”, mientras el papel de diva caprichosa lo interpretaba Montserrat Caballé. Dirigió la orquesta el llorado maestro José C. Collado y desgraciadamente sólo se dio una función de este espectáculo que cualquier empresario con sentido del humor hubiera podido impulsar por todos los teatros de España.

Hubo ese año también un Samson et Dalila con Marjana Lipovsek y recitales importantes con Plácido Domingo, Elena Obraztsova, Carlo Bergonzi y Paata Burchuladze. Si como muestra vale un botón, el lector habrá comprobado que en estos primeros años se ponía en marcha un Festival que no es extraño que, a pesar de los numeros avatares que sacuden este tipo de eventos, ha continuada desde entonces por un brillante camino que le ha llevado a cumplir 30 años de longevidad en este año del Señor de 2016.

 

 

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