© Naomi Baumgartl
El maestro de canto
En la vida de todo melómano hay cantantes con los que se experimenta una conexión especial, un plus de feeling emocional que articula vivencias y genera casi una dependencia, una cierta adicción, en una búsqueda constante de sus grabaciones en vivo y sus registros discográficos de estudio. En este sentido, en mi caso particular, si tuviera que mencionar a tres cantantes que marcaron de una manera indeleble mi afición por la ópera citaría, sin duda alguna, a Mirella Freni, a Nicolai Ghiaurov y al recién desaparecido José van Dam.
El cantante belga poseía un instrumento bellísimo, de un color aterciopelado, con un genuino timbre de bajo-barítono, una vocalidad fronteriza que rara vez se determina con tanta claridad como en su caso. Van Dam era además un intérprete elegante, genuino representante de una escuela de canto ya en extinción. Tuve ocasión de entrevistarle en Madrid, en ocasión del Sprecher de Die Zauberflöte, en la temporada 2012/2013. Me encontré entonces a un hombre sencillo y amable, generoso en la conversación, con una memoria llena de anécdotas y vivencias incomparables. Hoy en día atesoro aquella entrevista como un bellísimo y valioso recuerdo.
Visto con perspectiva el vasto repertorio que el cantante belga llegó a afrontar durante su larga trayectoria, es verdaderamente asombroso que llegase a cantar Sarastro -con Karajan a la batuta, poca broma...-, habiendo sido un Figaro de referencia durante varias décadas. Pero es que Van Dam fue también el primer San Francisco de Asís de Messiaen, y entretanto fue Boris Godunov, Don Quijote, Simon Boccanegra, Falstaff, Felipe II, Jochanaan, Amfortas, Hans Sachs, Escamillo, Méphistophélès...
Así las cosas, José van Dam fue una voz de referencia para casi todas las grandes batutas de la segunda mitad del pasado siglo XX: Karajan, Solti, Maazel, Levine, Nagano, Plasson, Abbado, Pappano, Marriner, Rattle...
En 1988, Van Dam protagonizó un largometraje titulado Le maître de musique, encarnando a Joachim Dallayrac, un aclamado barítono, ya en el ocaso de su carrera y gravemente enfermo que, antes de retirarse, decide transmitir su legado a dos jóvenes talentos, Sophie y Jean. José Van Dam era exactamente eso, un maestro de canto. La profesión está hoy de luto y las redes sociales se llenan de mensajes entrañables de cantantes, de todo signo y condición, recordando la bonhomía del cantante belga y su mayúscula trayectoria profesional.