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Jansons BRSO 2019 

El genio entrañable

"Entrañable, sencillo, modesto y obsesionado con la perfección". Así definía Alfonso Aijón la figura de Mariss Jansons, el ya legendario director letón, fallecido la noche del 30 de noviembre en San Petersburgo, precisamente la ciudad donde hubo de mudarse junto a su familia, tras haber sido alumbrado en la clandestinidad del gueto judío de Riga, en plena ocupación de los nazis. El pequeño Mariss llegó a Leningrado con los suyos siguiendo la estela profesional de su padre, Arvid Jansons, esa alargada sombra que siempre se proyectaría sobre el talento musical del hijo, quien creció pegado a un violín desde su más tierna infancia. Es curiosa, por cierto, la trilogía de maestros letones que se ha terminado tejiendo, desde Arvid a Nelsons pasando por Jansons, al calor del legado de Yevgeni Mravinsky, quien requirió precisamente al padre de Mariss como su asistente en Leningrado, en 1956.

Sería sin embargo Herbert von Karajan quien pondría su mirada en el talento del joven Mariss, tras alzarse éste como vencedor en el concurso de dirección promovido por el maestro austríaco, en la edición de 1971. Karajan intentó de hecho que Jansons fuese su asistente en Berlín, algo que las autoridades soviéticas no facilitaron. El joven director letón sí sería, no obstante, asistente de Karajan en Salzburgo, sumando así otra influencia determinante a su carrera, tras pasar por las manos de Hans Swarowski en Viena, agregando su nombre con ello al de tantas otras geniales batutas salidas de esas aulas vienesas, desde Abbado a Mehta pasando por Sinopoli o López Cobos. Mariss Jansons comenzaría su andadura profesional siguiendo los pasos de su padre: el mismísimo Mravinsky lo requirió también a él como su asistente en Leningrado.

La carrera de Mariss Jansons avanzó, en cualquier caso, lejos de los grandes focos mediáticos. Con su primera titularidad, al frente de la Filarmónica de Oslo, logró situar a esta formación entre las principales orquestas europeas del momento. Llegó allí en 1979 y permaneció durante dos décadas al frente, compaginando los últimos años con su mandato en la Sinfónica de Pittsburgh, donde fue llamado a suceder a Lorin Maazel en 1997. Con la Sinfónica de la Radio de Baviera mantuvo Jansons su idilio más intenso y duradero. Titular allí desde el año 2003, de nuevo sucediendo a Maazel, el maestro letón ha sido la batuta titular de este conjunto hasta su muerte, con un contrato en vigor que se extendía hasta 2024. Durante una década, y con su salud cada vez más mermada, Jansons logró la gesta de simultanear su titularidad en Múnich con su posición al frente de la Royal Concertgebouw Orchestra, desde 2004 a 2015, tomando el relevo de Riccardo Chailly. 

Desde 1996, Mariss Jansons se había mantenido con vida gracias a un pequeño desfibrilador instalado en su corazón, tras un infarto que a punto estuvo de costarle la vida mientras dirigía una representación de La bohème. Así había fallecido de hecho su padre, en el transcurso de un concierto en la ciudad de Manchester. Mariss Jansons parecía de algún modo haber retado al tiempo, con una actividad que tuvo sus altibajos en los últimos años, pero que prosiguió imparable, ampliando su repertorio, intensificando sus giras, sin dejarse vencer. Quedan ahí para el recuerdo sus tres apariciones al frente del Concierto de Año Nuevo en Viena, en 2006, 2012 y 2016, marcando escuela con su manera de conducir el vals. De entre todo su extenso repertorio es forzoso poner en valor sus grabaciones de Tchaikovsky y Shostakovich, además de algunas sinfonías de Mahler y Bruckner, en fechas más recientes y tardías, al hilo de su colaboración discográfica con las did grandes orquestas muniquesas.

Al pensar en su muerte ahora es inevitable evocar esos últimos golpes de sonido, cada vez más apagados pero constantes, con los que concluye la Patética de Tchaikovsky. Siempre se ha dicho que el corazón del compositor ruso, fatigado y hastiado ya de tanto batallar, quedaba reflejado en esos compases. El corazón de Jansons ha dejado de latir, incapaz de seguir peleando por una carrera mayúscula. Quedan en el aire así su gira por españa de este invierno y su Boris Godunov de Salzburgo, citas sumamente esperadas.

 Carisma, sosiego, dedicación, un concepto meticuloso y detallado del sonido y una dedicación tan humana como profesional a su trabajo. Esas serían las señas de identidad de Mariss Jansons en el podio, lejos de divismos y autoritarismos. Era un gran comunicador, un artífice vibrante, mucho más que un mero ejecutor meditado y firme. Recuerdo muchas noches memorables con Jansons en el podio: una inolvidable Tercera de Mahler en Viena, una colosal Sexta de Bruckner en Berlín, La dama de picas en Ámsterdam... la lista es larga y emocionante.

Los genios tienen fama de ser adustos e intratables, como recelosos, imponiendo una distancia que no es sino el caparazón que esconde una inseguridad. En cambio Mariss Jansons ha sido un genio entrañable, sincero, próximo. Un hombre sin dobleces, un músico tan directo como sublime. La sensibilidad, una idea tan manida y tan devaluada, encontraba en su batuta su expresión más natural. Su sonrisa no tenía igual. Descanse en paz un músico mayúsculo.

 

 

 

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